#23 La condición mortal
El bulevar periférico. Henry Bauchau. Pre-Textos: 2012. 256 págs.
“Un ser misteriosamente despertado a su condición mortal” es la definición que el belga Henry Bauchau hace sobre la muerte de alguien. La novela El bulevar periférico es una inserción en el mundo de la mortalidad a partir de la agonía de su nuera Paule, enferma de cáncer, a quien el narrador visita constantemente en el hospital, y el recuerdo de su amigo durante la milicia: Stéphane.
Curiosamente, aunque Stéphane, a quien conoció en el ejército en 1940, debería tener su edad mientras la Paule de 1980 es joven, en la mente del narrador se han invertido los roles y Paule exhibe su calvicie por culpa de la quimioterapia mientras Stéphane, ahora un espectro, muestra un pelo rubio intenso, el dorado de la eterna juventud. El narrador no oculta la admiración por Stéphane, no solo su mejor amigo sino el hombre que sacó lo mejor de sí, que lo llevó a escalar y le enseñó a hacerse hombre, y finalmente le dio una gran lección moral. El inolvidable Stéphane. La historia de su vida, dinámica, deportiva, eternamente joven, se engarza con las visitas al hospital, donde ronda la desesperanza y luego la muerte. Todos debemos saber que el ser humano es un “animal moribundo”, como lo describe Philip Roth, pero existen formas distintas de cumplir con esa condición mortal. La de Paule es el declive lento, el ingreso hacia la oscuridad de la noche paso a paso, con la posibilidad no solo de despedirse de los demás sino también de comprender qué es la muerte o el proceso hacia ella. El de Stéphane, en cambio, es un viaje por vía rápida, una muerte joven, una vida cegada en medio de una guerra, defendiendo una postura que dignifica la vida, pues desde la clandestinidad es un héroe de la Resistencia. En realidad, ambos son heroicos en su enfrentamiento hacia lo desconocido. La heroicidad de Paule implica el dolor, la de Stéphane el honor. Pero una vida –o una muerte- se corresponde con la otra.
Si el verdugo de Paule es el cáncer, el de Stéphane se resume en un hombre que es su némesis, su negativo, significativamente apellidado Shadow. Stéphane pertenece a la resistencia y Shadow a las tropas de la SS. Uno y otro juegan una partida de ajedrez, donde Stéphane es el Rey blanco y Shadow la Dama negra, pues va en su caza. Hacia la mitad de la novela, las visitas del narrador a Paule se turnan con sus visitas a la celda donde Shadow sobrevive a la guerra y agoniza también. El aspecto de él es el de un ser horrendo, a quien todos le temen, aún herido y vencido. La imagen misma del fin. Shadow goza con su propia imagen de condenado, y describe al narrador lo que quiere saber: cómo fue la muerte de Stéphane, a quien encontraron arrojado en un río. Justamente en un río, él, que podía trepar cerros enormes pero no era capaz de nadar y le tenía fobia al agua.
Sin embargo, a pesar del horror de que le describe Shadow, el narrador entiende algo profundo de tanto leerse a sí mismo: “Fue Shadow, fueron sus ojos los que descubrieron en Stéphane a un gran hombre desconocido. Yo solo había visto en él a un hombre guapo, a un magnífico alpinista, a mi amigo. Incluso prefería no saber que me quería. Y si hoy lo quiero de verdad, ¿a quién se lo debo, sino a Shadow?” Los contrarios se vuelven complementarios. Para que Stéphane exista como un héroe, para que su valor adquiera dignidad, necesita un Shadow vengativo y cruel que lo persiga. Para que la vida humana tenga sentido, necesitamos la muerte.
Y es así. Aquel bulevar periférico, la circunvalación que rodea París a la que alude el título literalmente (aludiendo a los viajes del narrador hacia el hospital, pero también al pasado y a la conciencia de sí mismo), un lugar tantas veces transitado, conduce a la muerte pero también a la aceptación de la condición mortal, que es un modo de reafirmar la vida. No en vano el narrador lee durante toda la novela, citando frases en voz alta, el libro Historia de la muerte de occidente de Philippe Ariés, donde lee el título de un capítulo (“La muerte domesticada”) que le parece inaceptable. Hasta que lo acepta.
Sobre la carátula
Puedo decir que compré este libro sin conocer a Bauchau pero seducido por la prosa, por la historia y también por la carátula. Aquella calle que parece desierta, pero que se deduce muy transitada por las grietas, y aquel hombre desolado que esconde su cabeza en sus brazos. Una imagen magnífica.
Otras carátulas
La carátula de la edición francesa es un desperdicio, con aquella silueta de un hombre de cabeza cuadrada en una jalea de colores, como un helado derretido. No entiendo.
Calificación
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