#73 La albacea
El cineasta Pier Paolo Pasolini es un mito del siglo XX que dejó no solo películas y obras literarias, sino también en su presencia en la cultura italiana. Su abrupta muerte no hace sino alimentar ese mito. Es difícil acercarse a un personaje tan grande, con tanta bibliografía, y decir algo nuevo. Emanuele Trevi supera el reto (aunque raspando, hay que decirlo) en este híbrido literario donde Pasolini es un fantasma o una sombra que ha abandonado en la vida dos seres inacabados: su novela Petróleo y su albacea -antes amiga y actriz fetiche- Laura Betti, la Loca.
Algo escrito no es una novela ni una memoria, tampoco una crónica ni un ensayo, sino todo ello a la vez. Es, para decir lo obvio, la historia de un joven que entra a trabajar en la Fundación Pasolini en una vieja casona en Roma, comandada por la ex actriz Laura Betti. Su misión es muy simple: recopilar las entrevistas de Pasolini, desde las más célebres hasta las escondidas. Su obstáculo es la presencia de la Betti, o la Loca como él lo llama, degenerada en un ser abusivo, obeso, violento y sádico, a quien los colaboradores no le duran porque les pone apodos (a Trevi lo llama "putilla"), los trata denigrantemente o, si no renuncian pese a todo, los amenaza con un cuchillo en la garganta por menos que nada.
También está la novela Petróleo, una novela inconclusa de Pasolini, en la que estaba trabajando antes de su muerte y por la que el protagonista se obsesiona. Como es conocido, Pasolini le dedicó su esfuerzo final a la escritura de esta novela tremendamente ambiciosa y experimental, condenada a quedar fragmentada e inconclusa incluso si no hubiese un crimen mediante. La novela (que se publicó póstumamente en 1992) obsesiona al protagonista Trevi y bien vale la pena, por estar cerca de ella, soportar con estoicismo o masoquismo los arrebatos violentos de la Loca. Petróleo, dice el narrador, es "un testamento en todos los sentidos, como un rito más que como una novela". Su ambición es tan grande y su causa tan comprometida que desafía la moda de la literatura por entretener que predomina en la actualidad, de acuerdo a Trevi.
Mientras el narrador se introduce en la deslumbrante épica de la novela inacabada, por su lado pasa Laura Betti llena de frustración y deseo de venganza por el envejecimiento del mundo que amó y la propia vejez. Ella no se resiste a perder su estatus de actriz fetiche y va por el mundo como un personaje decadente, fuera de lugar, rodeada de una corte también de fin de era. Las reuniones, despilfarros, viajes a Grecia y fiestas como la que realizó para ver los resultados de las elecciones italianas en las que ganó Berlusconi, una nueva decadencia.
Sin embargo, más allá del retrato de la pasión de Pasolini, del choque social e ideológico entre la cultura italiana contemporánea y la de mediados de siglo, del chismorreo, de la cultura pop vista desde una ventana (desde Moravia hasta Marlon Brando, de Bertolucci a Nanni Moretti) y del retrato de un desmoronamiento teñido de drama de Hollywood con una Bette Davies de labios mal pintados y sobrepeso como Laura Betti, Algo escrito en realidad es una novela de aprendizaje. Emanuele Trevi pasa por su educación espartana y descubre lo que es importante en un escritor: la rabia. La misma rabia que motivó el arte desafiante de Pasolini, la rabia contenido como tabla de flotación de la Loca y la rabia como motor para la creación de su propia obra en el protagonista, que muy simbólicamente deja la casona del fondo Pasolini y a su directora violenta cuan do publica su primer libro: la lección ha sido aprendida.
Sin embargo, más allá del retrato de la pasión de Pasolini, del choque social e ideológico entre la cultura italiana contemporánea y la de mediados de siglo, del chismorreo, de la cultura pop vista desde una ventana (desde Moravia hasta Marlon Brando, de Bertolucci a Nanni Moretti) y del retrato de un desmoronamiento teñido de drama de Hollywood con una Bette Davies de labios mal pintados y sobrepeso como Laura Betti, Algo escrito en realidad es una novela de aprendizaje. Emanuele Trevi pasa por su educación espartana y descubre lo que es importante en un escritor: la rabia. La misma rabia que motivó el arte desafiante de Pasolini, la rabia contenido como tabla de flotación de la Loca y la rabia como motor para la creación de su propia obra en el protagonista, que muy simbólicamente deja la casona del fondo Pasolini y a su directora violenta cuan do publica su primer libro: la lección ha sido aprendida.
Aprendida, digamos, a medias, porque más allá de lo exitosa que ha sido la obra (15 traducciones) y de lo brillante e ingeniosa que resulta muchas veces, para leer de una sola sentada, queda al final la sensación de que esta versión caricaturesca de una mujer en quiebra, mientras el joven escritor aprende a escribir, es algo que carece de la rabia que tenía Pasolini en sus películas, poemas y en su propia vida; asimismo, lo experimental de Petróleo buscaba salir de las formas literarias para cuestionarlas, mientras que el híbrido literario que leemos en Algo escrito tiene más el sabor del producto bien hecho, de la narrativa de entretenimiento que tanto criticó el narrador y que, al parecer, ha ganado la batalla no solo a Pasolini sino también a la mujer que alguna vez tuvo poder y creía en algo, y ahora solo es una caricatura de la frustración por el fracaso de los sueños de cambiar la historia que motivó el mejor arte de mediados de siglo XX, como el cine de Pasolini.













