If you’re doing an ask game, can I get 1 for Silver?
Hi!! tysm for the promp!!
"An overheard conversation about your OC"
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Langhorne paced his quarters, the lantern's light casting stretched shadows that danced along the cabin walls in sway with the ship.
Each step let out a soft creak against the floorboards. His fingers twitched and his hands wrung the hem of his coat, muttering rehearsed words under his breath.
"My girl—" He rubbed his temple, pressing his fingers between his worry lines. His mouth remains open, but all that comes out is a unsure squeak that, with great effort, managed to dislodge from his throat. He tugs at the cuff of his sleeve, his thoughts restlessly withering as doubt crept in. What was he to say? That she was falling back? That she wasn't getting better?
A sharp knock at the door startles him. He glances over, the door opening wide to reveal the dreary-skinned quartermaster — Presna.
She raises her one brow, her skin pulling taut around the deep scars around the other eye socket. She surveys him like a hawk, her one sharp eye creased slightly at the inner corner.
"Halley." She greets him, her voice gravelly and stern. She steps in, the door shutting behind her with a soft click. She inhales, "Tis' everything alright?"
"Merry," he huffs, a thin smile pressed at the corner of his lips. "My mind is rather occupied, is all."
Presna's pose remains rigid, her shoulders squared and tensed as she watches Langhorne seem to squirm beneath her ladened gaze. Her brow creases as she scrutinises over his fidgeting, her tongue tracing over her yellowed teeth. "Silver, I presume?"
Langhorne stiffened at her words. His face betrayed him before he could give an answer. His gaze drops from her face down to her feet, his lips curling into a scowl.
She thins her lips, squinting her eyes before shaking her head with a sigh. "You are too soft," her glare remains unyielding, "Again."
Langhorne remains silent.
"Your leniency is what almost had her killed. What almost killed you." She lets out a sharp huff of exasperation, shaking her head as she steps forward. "I fear your greatest concern is coming true. She's becoming like him— "
"Rid the thought," Langhorne snaps, straightening his shoulders. "She is not — and will never — be like him."
Presna glares at him with her singular, piercing eye. She watches his newly bolstered confidence shrivel away, watches his belief in his own words grow scarce by the second. She watches his sureness turn to fear.
"Are you not exhausted? Believing the same falsehood of your own invention? She's rampant, like an animal, and yet you do little but look on? Is she no longer a daughter to you?" She pauses, chewing on her lip for a moment. "I warned you when it 'twas him, and I am warning you now that it is her. Do something, or I will."
Langhorne's breathing grows heavy. Presna steps back to give one last cursory glance, before turning around to open the door. She strides out, the wind pulling and slamming the door shut in her absence. His head spins, his stomach lurching with the burden of guilt, and he's forced to find a place to sit.
Desde el año 2012 con la prohibición de las corridas de toros en Bogotá el debate ha estado en su realización. Sin embargo, esta industria tiene múltiples actores que se han visto afectados directa o indirectamente por la falta de las corridas de toros. Entonces, ¿Qué ha pasado con las personas que vivían de la temporada en La Santamaría?
Por: Andrés Montenegro
En el libro Los Toros en Santafé, escrito por Daniel Ortega en 1924, se relata que el 29 de julio de 1810, pocos días después del grito de independencia, se realizó la primera corrida republicana. Desde ese momento la fiesta brava se convirtió en parte fundamental de la nueva República de Colombia. 202 años después, bajo la resolución 280 del 14 de junio de 2012, el Instituto Distrital para la Recreación y el Deporte (IDRD) revocó el contrato 411 de 1999 por el que “se entregaba en arrendamiento a la Corporación Taurina, la Plaza La Santamaría por 6 fechas durante los meses de enero, febrero y marzo hasta el año 2015”. En su momento se criticó a la administración de Gustavo Petro por impedir las corridas pero las declaraciones oficiales aludían que no se estaba prohibiendo explícitamente el desarrollo de las corridas, sino que se daba continuidad a un mandato constitucional que prohíbe cualquier acto que involucre la tortura o el maltrato animal.
Más allá de la reglamentación técnica o de los conceptos morales la fiesta brava es una industria. Rubén Prieto perteneciente a la Unión de Toreros de Colombia (Undetoc) dice que cuando se realiza temporada taurina en el país se generan cerca de mil 500 empleos directos y casi 10 mil indirectos, “El toreo no es sólo lo que se ve en el ruedo, hay que tener en cuenta el transporte del toro de lidia, la contratación de los toreros, la publicidad, el arriendo de las plazas y todos los que se benefician de las faenas”. Luego de la puesta en vigor de la resolución que deja sin piso a la industria ¿Qué ha pasado con las personas que vivían de la temporada en La Santamaría?
La manzana de la discordia en el tema son los toros.
En junio de 2012 el gobierno distrital le propuso a la Asociación Colombiana de Toros de Lidia que se evitara la muerte del animal, propuesta que fue rechazada enfáticamente. “Las personas acuden a la plaza esperando ver un espectáculo completo como lo conocen desde siempre, ofrecerles una corrida a medias sería engañarlos”, dice Jorge Gutiérrez, de la Ganadería DosGutierrez. Quien además añadió que, si bien Bogotá es una plaza importante en el país, se ha logrado hacer frente con otros eventos cercanos “Una de las opciones son las fiestas en Boyacá; son más cerca a la capital y el transporte de los toros es menos costoso, eso sí, las ganancias se reducen a la mitad”.
Según Luis Fernando Salcedo, de la Asociación Gremial de Toro de Lidia, en el país existen 44 ganaderías dedicadas exclusivamente a la cría de este tipo de toros y la falta de faenas en Bogotá no ha afectado tanto como se esperaba. “Las ganaderías dedicadas a esta actividad tienen una muy buena infraestructura que les permite hacer frente a la falta de corridas de primera categoría como las de Bogotá; además, algunas de estas ya tienen experiencia en el transporte de toros por lo que los 500 o 600 ejemplares que se necesitan al año están cubiertos”. Las implicaciones económicas de la falta de corridas en Bogotá afectan a los ganaderos sobre todo en la manutención de los ejemplares, Según Alirio Onzaga, Zootecnista de la Universidad Nacional, el costo de un toro de lidia empieza con el casi millón y medio de pesos del pellet de semen (suspensión de semen de hasta 6 mililitros) del ejemplar que se desea “para mantener los 450 kilos que debe pesar el toro. Mensualmente se invierten 3 millones de pesos en alimentación y unos 400 mil pesos en servicios veterinarios”. Para Jorge Gutiérrez, independiente de la falta de evento en Bogotá, lo que los afecta más es el pago del impuesto predial, ya que mantener la extensión de tierra que requiere el toro hace que el impuesto sea costoso.
La plaza ya no ve las luces
Desde que se firmó la resolución que impide las corridas, el Distrito dio la administración de la Plaza de Toros al IDRD, que la ha utilizado para eventos promocionados por la ciudad como la instalación de una pista de patinaje sobre hielo, entre otros. El IDRD consideró que la plaza debía tener refuerzos estructurales por su mal estado por lo que se entregó al Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), entidad a cargo de los arreglos desde abril de este año. “Nosotros recibimos la plaza con unos daños estructurales importantes, como en el soporte de las graderías. La idea es reforzar toda la estructura para garantizar que pueda ser utilizada como un espacio para eventos culturales. Gracias al Ministerio de Cultura, el contrato quedó pactado en 6.500 millones de pesos y se espera que a finales de este año, o máximo en marzo del 2016, el escenario esté en las mejores condiciones”, dice Mónica Bernal, portavoz del IDPC.
Antes de la prohibición, la plaza de toros recibía un dinero por los derechos de utilización del espacio y por los trámites legales para realizar las faenas “Al distrito se le pagaban cerca de 7 mil millones de pesos por los trámites y el arriendo; - dice Rubén Prieto miembro de Undetoc - a eso súmele el dinero por persona del abono de las entradas y el porcentaje de participación por la publicidad. En 15 años la entidad le ha donado a Bogotá cerca de mil millones para que invierta en parques y ese dinero ya tampoco lo recibe la ciudad” puntualiza.
Ya no se escucha Olé ni se vende manzanilla
Para garantizar una corrida completa, es decir la muerte de seis toros a mano de tres toreros, se necesitan cerca de 22 personas, entre toreros, banderilleros, picadores, ayudantes y puntilleros. Humberto Segura miembro de Undetoc argumenta que “En la actualidad la mayoría vive del rebusque y ha dejado la profesión como un pasatiempo. Un banderillero no tiene como irse a Manizales a la feria, allá tienen su propia gente. Los verdaderos afectados son todos los muchachos que querían vivir del oficio y ya no tienen como. Acá en Bogotá se estaba pensando abrir una escuela de tauromaquia, como en Cali, pero ya no tiene respaldo económico”
“Yo vengo a la plaza porque es mi pasión pero ya no puedo vivir de esto. La platica que me llegaba en temporada me servía mucho para cuadrarme en el año pero uno aprende a acomodarse a lo que toca. Al que levanta los toros o al dueño de la plaza no le afecta que quiten las corridas, es más ni siquiera a los toreros porque ellos nunca se quedan en un solo lugar. Los verdaderos afectados somos todos los que vivíamos de la temporada”, puntualiza un banderillero que prefiere que lo llamen “La Saeta”.
Cerca a la plaza de toros hay un lugar emblemático y parada obligada para quienes disfrutan de la fiesta. El rincón taurino, ubicado la calle 27 con sexta, tiene las paredes llenas de carteles viejos que anuncian las corridas más famosas, y al fondo suena un pasodoble a un volumen tan bajo que parece silencio. Jaime Mosquera, su propietario, dice que lo que le falta a la sociedad es aprender a convivir con el gusto de los demás. “Yo no puedo decir que vivía de los toros porque mi negocio funciona todo el año, y todo el año entra gente, pero durante la temporada, el ambiente era otro. Uno ya conoce a los que vienen, siempre había música y ruido, ahora no. Hay productos que no vendo porque no interesan como el preparado de manzanilla para las botas, los recordatorios o las botas mismas que siempre se tenían para alguien que la olvidó en casa. Afortunadamente no he pasado necesidad pero como la mayoría, contaba con ese dinero de temporada para ajustar mis cuentas. Muchas personas no ven eso porque siempre es más fácil ver los toros desde la barrera”