Puedo sentirlo, no ha dejado de mirarme desde que subí al metro. Entre excusa y excusa se ha colocado justo detrás mío, por más que busco evitarlo siempre encuentra el modo de colarse junto a mis nalgas. Su respiración se vuelve áspera y entrecortada; comenzó a tocarme el trasero con un dedo, ahora puedo sentir su mano entera.
Una señora menea la cabeza, otra viejita dice que es mi culpa, que no debería de usar falda en transporte público. ¿Qué tiene de malo mi falda? Cubre mi rodilla y llega hasta mi cintura, me he puesto unos mallones negros para evitar que expongan mi bragas cuando me alcen la falda. Tengo calor, estoy incómoda y no me puedo mover.
Siento como el bulto de sus pantalones crece cada vez más cuando lo talla contra mí. Su aliento hediondo me marea, las palabras laceran como si fuera hierro caliente.
- Mamacita, pero sí estás bien buena. ¡Ay chiquitita! Esa conchita se me antoja tanto que nada más de verte siento que me vengo.
¿Por qué no traje la mochila grande? Esa siempre me cubre las nalgas y me ayuda a empujar a los idiotas como él. Su mano se desliza por dentro de mi falda, su dedo busca mi vagina.
¡Grita! ¡Grita MALDITA SEA!
Quiero llorar, quiero que se quite, quiero bajarme, pero la gente no me deja mover. ¿Dónde están los caballeros de brillante armadura? ¿Por qué nadie hace nada? El chico de la esquina nos está viendo, se ríe y murmura a su amigo que eso me gano por puta, alguien decente no se viste como yo.
Empujo al tipejo con mi codo, quiero lastimarlo, quiero morirme. Su otra mano ha entrado en acción, acaricia con ligereza mi pecho izquierdo mientras refunfuña que todo se sentiría mejor si no tuviera la chamarra. ¿Por qué nadie me ayuda? ¡Todos ven y nadie hace nada! Mamá tenía razón, debí haberme llevado unos pantalones.
¡Bájate! ¡Bájate en la siguiente estación! Sus pantalones se humedecen mientras gime con su aliento pestilente. El metro se frena de modo tan abrupto que nos caemos, entonces mi cuerpo recobra su vida y lo patea en las costillas.
-¡Eres un cerdo de mierda! ¡Ojalá te mueras pronto, imbécil!
Corro tan rápido como puedo, me duelen las rodillas de la caída, me siento sucia. ¿Dónde está la policía cuando más se le necesita?
-Oficial, un hombre me venía tocando en el vagón.
-¡Chale mija! Es que con esa ropita ni te puedo defender, además ya arrancó el metro y toca cambio de turno. Si te metes a internet puedes...
-¡Chinga a tu madre, pendejo!
Llego a casa hecha un mar de lágrimas, mamá quiere saber qué sucede, pero no le puedo decir, yo provoqué esto. Le digo que me caí en el metro y me lastimé mucho, mañana iré al doctor para que no siga preguntando.
Esta historia es ficticia para mí, pero es una realidad que han vivido muchas mujeres mexicanas en su día a día. ¡BASTA YA! El acoso no es nuestra culpa, nosotras no provocamos, nuestra vida no gira en torno a tu pene. Tenemos derecho a caminar sin que nos chiflen o nos quieran alzar las faldas, no tienen por qué tocarnos. Soy mujer, soy libre de transitar con calma y seguridad.