“PROMOVIDA” A LA GLORIA, MADRE QUERIDA
Hay momentos en la vida en que el dolor se adueña de todo nuestro ser, ante “aparentes pérdidas” de nuestros seres queridos. Digo “aparentes pérdidas” porque no encuentro otra forma de expresar la muerte de un ser querido que tiene a Jesús como su Señor y Salvador.
Hace casi 8 meses atras mi madre fue “promovida” a la gloria. No era una mujer joven pero a sus 86 años, era muy independiente y muy lúcida en sus conversaciones.
Por unos días me vi envuelta, junto con mis hermanos y familiares, en un dolor muy fuerte que aún suelo sentir al recordar esos momentos en que mi madre, en la sala de emergencias, luchaba por su vida.
Dios me premió dándome una madre, no perfecta, pero que me amaba y me lo hacía saber. Me visitó en muchas ocasiones y trataba dentro de mi limitado tiempo, pues trabajaba como muchos de ustedes, de hacerle pasar buenos momentos conociendo lugares o yéndonos de compras. Era muy inteligente y le gustaban las competencias. Varias veces fue campeona en la iglesia, aprendiendo versículos de memoria.
He querido recordarla mediante este artículo porque mi madre fue una bendición para mi vida. Me hubiera gustado hacer más cosas con ella pero creo que siempre nos quedamos cortos expresando nuestro cariño a los seres que nos dieron la vida.
Todo esto sucedió en Perú. Tuve que viajar lo más rápido que pude y en el camino, mi oración al Señor era que pudiera expresarle una vez más, cuanto la quería pero no fue posible. Los coágulos formados en su cerebro no le permitieron reconocerme pero aún así se lo dije muchas veces. Era una mujer de oración y algo muy peculiar en ella es que no deseaba ser una preocupación para nosotros, sus hijos. Ella había arreglado su funeral con anticipación pagando todo sus gastos funerarios; quizás pensando que con el dolor de su partida era más que suficiente.
Muchos años atrás perdí a mi hermano mayor con un cáncer que se lo llevó en nueve meses y nueve meses después mi padre muere de cáncer también.
El dolor es una constante en nuestra vida, vivimos cada día con dolor o viendo el dolor en otras personas. No siempre son pérdidas pero alteran nuestro ser muchas veces mejorándolas o haciéndolas insensibles.
El dolor es sinónimo de aflicción, angustia, tribulación que como seres humanos pasamos cada día aquí, en este mundo pero es este dolor y el gran amor de Nuestro Señor que lo motivó a darse por nosotros. Por esa razón es que debemos ansiar mejorar nuestras vidas mediante las experiencias de dolor que hay alrededor nuestro.
El Señor no se hubiera acercado a la viuda de Naín, que había perdido a su único hijo, si no hubiera visto su dolor y se hubiera compadecido de ella (Lucas 7: 11-17)
Las mismas palabras que le dijo a ella, nos está diciendo a nosotros ahora: “No llores”.
El dolor pasará y quizás no desaparezca pero necesitamos aprender de ella siendo mejores seres humanos, más sensibles, más perdonadores y menos juzgadores.
Les agradezco que hayan compartido mi dolor al leer estas líneas. Mi oración es que cada dolor sea una enseñanza para nuestras vidas. Algún día, cuando estemos en la presencia del Señor todo esto acabará y nuestras lágrimas Dios mismo las enjugará.