Nanina era mi tía favorita. Tenía 36 años más que yo y nunca se había casado ni tenido hijos. Vivía sola en Quequén con sus dos ovejeros alemanes: Manito y Coki. Siempre se encargó de mis abuelos. Cuando estaban enfermos se volvió a Buenos Aires a ayudarnos a cuidarlos, aunque en realidad era la única que los cuidaba. Su comida favorita eran los choripanes con mucha criolla y siempre hacia chipas para los mates, que tomaba ridículamente dulces.
Nunca una mala palabra o un mal trato, siempre sonrisas y siempre amor. Si no podía traer regalos, se los inventaba para que no nos sintiéramos mal. Nanina juraba que éramos iguales, que si la ponías a ella de chiquita al lado mío no íbamos a poder diferenciar una de la otra. Mamá decía que era porque estaba sola y como no tenía hijos quería parecerse a alguien.
Nanina me contó cuentos de duendes y hadas hasta que cumplí 15. Me regalaba libros en los que podía participar y cómo sabía que me encantaba leer siempre me regaló libros. Cuando nos fuimos de viaje a su casa nos regaló 4 collares iguales de corazones, para que siempre estuvieramos con ella y ella con nosotras.
Hace mucho no venía y hace mucho no la extrañaba, pero ahora la extraño. Ahora espero que vuelva todos los días y que todo sea mentira. Que en realidad siga allá en Quequén, con Manito y Coki, tomando mates en la playa, en remera corta por más frío que haga. Que siendo Junio me va a mandar una foto casi metida al mar diciendo que tenemos que ir. Atendiendo su panadería todos los benditos días.
Me costó entender porque una persona tan alegre se podría hacer semejante cosa, como una persona con tanta vida y tanto para dar pudiera terminar así. Pero ahora lo entiendo. Cuando uno está solo todo cuesta más, y Nanina era muy sola. Me encantaría volver y acompañarla en todo lo que no se sentía acompañada. Pero no puedo, asi que en su honor, juro nunca más dejar solo a nadie. Ni a un ser querido, ni a uno despreciado, porque nadie se merece terminar solo y en el fondo del mar.









