Don Perfecto Vanagloria
¿Vio cómo está el clima? A mí no me importa. Me preocupa, sí, lo que pueda llegar a pasar en Navidad. Dios me libre del agua a la hora del brindis, momento que espero, a cronómetro, para refregar mi visión particular del mundo ante vecinos en cuero, choborras y alguna que otra nami calzada en punta cuyo fracaso anual derive, durante el balance, en guiño cómplice para con el que escribe, un pesado fenomenal.
Así que acá andamos, evitando el racconto con la última chispa de rebeldía estudiantil, anacrónica como Don Perfecto, jardinero de Lomas del Millón que ya se había muerto como tres veces en 1998.
Cuentan por ahí que el viejo dejaba armado el arbolito hasta bien entrado agosto, época en que, picaflor como ninguno, dirimía sus andanzas en una ceremonia de poda simbólica, personal, acaso coherente con su mundito de pasto, pero no para sus contemporáneos, quienes le envidiaban tanta impunidad ante el protocolo de la felicidad universal, regido por colosos de péndulo y un pedazo de papel.
Medía el tiempo en años-árbol, sí. Y brindaba solo. Sin embargo, para fines del Siglo XX, ya había descubierto que en diciembre no se terminaba nada, burlando, de esta manera, a su enemigo el reloj, pero, también, a su amiga la guadaña.
Como ahora, cuando, por enésima vez, me explica que el limonero quedó mutilado por una buena razón que ya no recuerdo, aunque, seguramente, tiene que ver con un ejército de hormigas.
Y yo me voy. Con la cabeza baja; levantándola y bajándola hasta aquel punto que no está, pero va a estar. A donde se llega por mil caminos; dejando atrás. Teniendo aguante para alcanzar la pequeña gloria; la de todos. Y con las ganas intactas, a pesar de haberme comido el verso mil veces como creyente, estudiante, laburante y votante.













