Una tarde gris de invierno
me encontraba desolado
sobre libros inclinado
traduciendo… ¡vaya infierno!
Textos médicos, novela,
manuales de instrucciones,
libelillos de oraciones
náufragos, alguna esquela…
Acababa reventao
noche sí, noche también
hasta que, para mi bien,
descubrí —my god!— la TAO.
«Introduzca usted sus datos,
su nombre y su dirección,
su empresa y su orientación
sexual. ¿Tiene usted patos?».
[Intermedio de tres horas
en que el wízar va y me instala
en la compu de la sala
el programa y sus mejoras].
«¡Bravo, traductor barí!
¡En la senda de la vida
la traducción asistida
te ayudará! Clica aquí».
Clico. Al punto se despliega
una ventana emergente:
«¡Compre usté buen detergente
de “La gallinita ciega”!»
¡Dios mío, Señor! ¿Qué es esto?
¡Por las llagas de los santos!
¡Espanto de los espantos!
¡Qué carajo más molesto!
A la mierda este cacharro,
cachivache del demonio
que me ha regalado António…
Voy a fumarme un cigarro.
A los días, Tonho Dias
recibía este correo:
«Queda com isto, que é feo.
Salutações. Buenos días».