Хелоу всем! Я к сожалению жива💔 кратко - я пыталась самовыпилится — не вышло + у меня гнил порез на бедре и на животе парочку. до жира доходили . Вся моя семья думает что я шизик, я стала пугливым тревожником , у меня осталось 4 друга, ЗАТО. я прокачала свой скилл в рисовании и писательстве😽💖 Вот вам мои новые арты и персонажи!!
ЛАВРЕНТИЯ ХЕРУВИМСКАЯ
(лидер культа-личности в честь неё же , основанной на католичестве — бессмертная и проклятая небесами личность, «посланница Божья». Гниёт заживо. 2 метра ростом. Цундере и яндере одновременно)
Лаврентий Херувимский
(Старший брат Лаврентии, «Крёстный отец всех сект и фанатиков Всея Руси». Ультра-религиозный протеирей, основатель секты «Горящее Сердце Христово». 215 сантиметровый мужик - настоятель монастыря в Тайге. Самый трушный яндере из всех)
В будущем, дропну с ними истории! Проверяйте профиль мой, пожалуйста, я не умерла🙏
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Sus ojos ausentes se perdían en la ventanilla del confesionario, por donde se podía vislumbrar la silueta del sacerdote. Sus manos le temblaban ligeramente, pero evitó mirarlas. Las sentía pegajosas. El olor metálico estaba impregnado en su piel. En su memoria. Todavía podía sentir la humedad cubriendo sus dedos.
Ella no era una mujer de fe. No era una persona creyente. Pero había entrado en la capilla buscando redención. Por una vez, quería confiar en las palabras sagradas y entregarse a la voluntad de Dios. Dejar que la fe la consumiera, como consumía todo.
—¿En qué has pecado, Hija mía? —habló el sacerdote—. Permite que Dios Todopoderoso sea quien juzgue tu falta. Anda, habla.”
—Maté a un hombre, Padre.
Matamos a un hombre santo, susurró la voz en su mente, pero ella no se atrevió a articularlo. La boca le sabía a tierra. Sus ojos se humedecieron, pero no se dejó amedrentar por sus pensamientos. La voz reía y con voz de terciopelo, repitió, matamos a un hombre santo. Díselo. El hombre santo no verá a Dios.
—Hija mía, ¿qué te orilló a tal abominación? —preguntó él, alarmado.
—La traición, Padre. ¿Y sabe qué es lo peor?
Una traición nunca viene de un enemigo, la voz se burló. Ella se mordió los labios. Apretó los puños y sintió las uñas clavarse en sus palmas. Estamos condenadas al último círculo, Teresa.
—¿Hija? ¿Te encuentras bien?
—Maté a un hombre, Padre. Amigo íntimo de mi familia. Mi madre…
Tu madre, la harpía.
—Mi madre iba todos los domingos a misa. Fue su amigo a quien maté.
—¡Por Dios Misericordioso! —exclamó el sacerdote—. ¿Te arrepientes, Hija? ¿Sientes remordimiento por tu fechoría?
No.
—Sí, Padre.
El sacerdote murmuró el Ave María, persignándose repetidamente con la cabeza baja. Ella se levantó en silencio y se acomodó el cinturón con tranquilidad, extrayendo el arma de su bolsillo. Se acercó a la entrada opuesta del confesionario a paso lento, con la navaja en la mano.
Hazlo ahora. Encuentra la redención ante los ojos de Dios.
Ella abrió la puerta y el sacerdote la miró exaltado. Él sostenía un rosario con fuerza mientras se sujetaba el pecho.
—¿Teresa?
Con un movimiento ágil, le abrió el cuello de lado a lado. La sangre saltó, pero ella cubrió la herida con su mano. Se arrodilló ante él y lo miró con ojos compasivos. Él intentó tragar. Trató de alejarse, pero iba perdiendo sus fuerzas.
—Perdóneme, Padre —susurró casi con ternura—, pero he pecado. Maté a un hombre.