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Pues el texto refiere a las doce tribus de Israel y va sobre la geografía de Palestina que aparece en la Biblia #porqueyolovalgo #pesquisaseindagaciones #catalogando #trabajando #reto2018 (en Campus Catalunya (URV)) https://www.instagram.com/p/Bnq4VMtDbCw/?utm_source=ig_tumblr_share&igshid=79ql51gb93ca
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#lluvia que no impide el #relax #verano #fresquico #reto2018 (en Perlora)
Falten les #sardines. Prau de la #festivaldelasardina2018 #Candas #Asturies #folixaasgaya #quellevesenesafaldaquetantuvueluledas #reto2018 (en Candás)
Reto tres. Un rebelde.
i
Las piernas comenzaban a arderle debido a la gran distancia recorrida, la respiración estaba agitada y podía escuchar los latidos de su corazón resonando con fuerza en sus oídos. Pero ¿qué podía hacer un niño como él? Sólo tenía doce años. A esa edad, las únicas preocupaciones que quería tener era que sus notas comenzaban a decaer, que el niño que le gustaba no le hacía caso y que su camisa favorita ya le quedaba grande.
En cambio, sus problemas se habían resumido a una simple frase: el gobierno le había lavado el cerebro. No sólo eso, además a su familia. A esa pobre familia que no conocía también.
—¡Hijo, hijo! ¡Andrew, por favor detente! ¡Ellos sólo te quieren ayudar!
¿Qué sólo le querían ayudar? ¡Ellos querían lavarle el cerebro! ¡Ellos querían torturarlo como lo habían hecho en aquel centro, y quería controlarlo y reducirlo a ser no más que un simple robot! En cambio, sólo grito un: —¡No me llamo Andrew, mi nombre es Ezequiel! —Su voz se rompió a mitad de frase, de tanto gritar y llorar, ya estaba lastimado.
Pero no le importó, mucho menos cuando diviso los bordes de la ciudad. ¡Libertad! Lograría salir de aquella pesadilla de una vez por todas. Podría luego buscar a su hermano y a sus padres, luego podría regresar por su peluche, luego…
Sus pensamientos se vieron cortados al estrellarse bruscamente contra una pared que no podía ver. ¡Pero! El bosque se veía más allá, y furiosos golpes comenzó a dar en contra de aquello que no podía ver.
—¡No, no, por favor déjenme salir! ¡Por favor, se los ruego, no me dejen aquí! —Entonces escucha los pasos amenazantes de una señora que dice ser su madre y no lo es, y el zapato negro lustroso de un señor que es todo menos amigable.
—¡Por favor, hijo! —Rogó la mujer que era pelirroja. Todos en aquella familia eran pelirrojos. Y Ezequiel quería llorar de frustración. ¿¡Cómo podía ser su hijo si no compartían al menos una característica física!? —¡Él sólo te quiere ayudar, Andrew!
—¡No soy Andrew! ¡Yo soy Ezequiel! ¡Mi nombre es Ezequiel! ¡Ezequiel, Ezequiel, Ezequiel, Ezequiel, Ezequiel! —Gritaba, sufriendo, llorando interna y externamente, sintiendo su corazón partiéndose en mil pedacitos.
Entonces el señor llegó hasta ellos, con sus zapatos negros brillando, con su traje negro como la noche y su rostro impasible. La mujer se acercó hasta él, llorando, y él la abrazó del cuello. No, no la estaba abrazando, la estaba ahorcando.
—¡NO! ¡Déjala, déjala! —Gritó Ezequiel, asustado. Observaba el rostro de aquella mujer, que perdía el color, que sus ojos se llenaban de lágrimas y luchaba en vano por librarse. Entonces giró el rostro, y una sonrisa lastimera le dedicó al niño, exhalando su último aliento. El hombre la dejo caer y con lentitud se acercó al niño, sin prisa alguna. No tenía a dónde escapar.
—Mi nombre es Ezequiel, tengo doce años, mi cumpleaños es el 23 de diciembre, mis padres se llaman Helen y Alfonso, tengo un hermano y su nombre es Gustavo. —Conforme el hombre se iba acercando, la desesperación recorría sus venas y se apegaba más a aquella pared invisible, deseando que por favor se lo tragará. —¡No soy Andrew! ¡Yo soy Ezequiel, Ezequiel, Eze---
La frase no acabo pues el primer golpe del hombre llego, dándole de lleno en el rostro. Y entonces perdió el conocimiento, con el puño del hombre como última imagen.
ii
La imagen del monitor era fuerte y clara. En ella se veía una familia que consistía en un padre pelirrojo, un chico moreno y un par de gemelas con cabellos como el fuego. Todos comían alegremente en la mesa, hablando, riendo, sonriendo.
—Andrew, pásame la sal. —Pidió el señor.
—Sí, papá. —Respondió el niño, con la mirada perdida, pero una sonrisa en los labios.
Un señor observaba con aburrimiento la escena, escribiendo unos últimos detalles en el reporte que reposaba en su escritorio.
—Creí este resistiría… —Musitó, firmando y cerrando el caso para siempre. Otro rebelde suprimido.
Reto dos. Prohibido salir de madrugada.
Advertencia: There is something going here. ¿Terror? Lo intenté.
i
Canterkin era una ciudad peculiar en un país común. Mientras en el resto del país en invierno nevaba, ahí el sol radiaba con toda su fuerza en el lugar. Llovía doscientos días de los trescientos sesenta y cinco del año, y si algún turista llegaba a visitar (muy rara vez, los caminos para hacerlo eran un desastre y mucha gente se daba por vencida al perderse) aseguraba por Dios que el sonido de las aves era raro. Además, de que hay leyes bastantes raras: los árboles de navidad sólo se podían decorar con esferas azules, la gente que tartamudeaba era exiliada, y, la más importante era que se tenía prohibido ver por las ventanas de tres a seis de la madrugada.
Era la regla más importante. Los niños dormían en habitaciones sin ventanas; los adultos dormían con máscaras y tapones y muy rara vez se veían casas con ventanas.
Era una ciudad rara, pero para la pequeña Lilian, aquel lugar era su hogar. Canterkin era el único lugar que conocería en toda su vida, y nunca le vio nada de raro aquel lugar infernal. O al menos, eso fue hasta que, a los ocho años, rompió la ley más importante del lugar.
ii
Estaba jugando a las escondidas después de un largo día de escuela con sus amigos. Sin embargo, estaba molesta. Se burlaban de ella diciendo que no podía esconderse bien, que siempre escogía los lugares más obvios y que mejor se limitará a encontrar a los otros. Molesta, les gritó que esta vez se escondería bien y nunca le encontrarían.
Y así fue.
Los niños, cansados después de buscar a Lilian por una hora, dejaron la escuela pronto olvidando el tema de que nunca la habían encontrado. Ah, las privilegiadas mentes infantiles… En cambio, Lilian, creyendo que el juego seguía, no se movió dentro del armario de la sala de ciencias de los niños de secundaria. Un día, había visto a dos niños grandes abrir la puerta con un truco de mano y encerrarse ahí. Lo logró hacer, y paciente, espero y espero hasta que terminó por caer dormida.
Y entonces Dios dijo: que las almas se alcen y hagan una fiesta.
iii
Los gritos perturbadores, las risas escalofriantes y los jadeos y gemidos estremecedores le hicieron despertar de golpe, sudor frío recorriendo su espalda y abrazándose a sí misma.
No sabía cuándo se había dormido, mucho menos que hora era pero lo único que sabía es que debía de llegar a casa, y pronto.
Temblorosa, abrió la puerta de golpe y salió a trompicones del armario, jadeante y sin comprender nada. Porque, ¿ella no estaba jugando en la tarde? ¿Por qué el cielo estaba teñido de rojo? ¿Por qué era un rojo deslumbrante que le hacía entrecerrar los ojos? ¿Por qué…
“Oh mi Dios el monstruo me va a comer.” Gritó tan fuerte como nunca lo había hecho en su vida. Ni siquiera gritó tanto cuando su hermano menor le vomitó. Dando media vuelta, intentó correr lejos de las ventas del salón, gritando, agitando brazos, incapaz de borrar de su memoria aquel… monstruo.
Era todo lo que en sus peores pesadillas había visto. Una cosa que tenía siete patas, que su consistencia era gelatinosa pero tenía pelos por doquier y de su cuerpo salían y entraban cosas. De su boca mil dientes afilados colgaban y no tenía ojos, pero su nariz era gigante, y olía a la pequeña. Olía su miedo.
Estampado contra la ventana del lugar, sus manos peludas y viscosas golpeaban sin tregua el vidrio, queriendo devorar hasta el último gramo de miedo que desprendiera la niña.
La niña, sin embargo, logró escapar de ahí, corriendo con desesperación por los pasillos. Pero su escuela eran prácticamente ventanas (una ironía: mientras en las casas era una locura tener ventanas, establecimientos de ese tipo estaban inundadas de ellas) y ahora no paraba de ver monstruos de todas formas, de todos los colores, de todas consistencias, de todo lo imaginable y de lo inimaginable.
—¡Mamá ayúdame! ¡Papá! ¡Dios! ¡Quién sea, por favor! —Gritaba desgarrándose la garganta de la desesperación, sintiendo que el aire no le llegaba correctamente a los pulmones. Sintiendo su corazón oprimirse y su estómago encogerse. Sintiendo mocos y lágrimas y saliva caer por todo su rostro y hacer un desastre. —¡Por favor, ayuda!
Salió de la escuela tropezando, cayendo, llorando, desesperada. Y en algún punto, el reloj gigante escolar marcó las cinco de la mañana y el mundo se detuvo. Y ahora estaba en medio de un patio y ella observaba con terror lo que se supone nadie debía de ver. Observaba de lo que se suponía sus padres le protegían.
Y los monstruos estaban de fiesta, gritando y alabando, y Lilian no pudo comprender cómo todo este tiempo ella nunca pudo escuchar y ver. Pero ahora estaba en medio del círculo, Y miles de pares de ojos la ven. No, un millón. No, dos millones. No, ahora son garras. Ahora, la están partiendo a la mitad. Ahora, está en el aire, y ella está gritando.
—¡MAMÁ! ¡MAMÁ! AYU… AYÚDAME… NO QUIERO… MAMÁ… ME DUELE… ME DUELE MUCHO… MAMÁ POR QUÉ NO ME BUSCASTE YO TE QUERÍA MAMÁ NO QUIERO MORIR MAMÁ NO QUIERO ME COMAN NOQUIERONOQUIERONOQUIERO.
Pero ya es tarde, su cabeza aplastada contra el concreto cesa los gritos y los demonios celebran y bailan y entonces Canterkin es una fiesta porque hay festín, y los demonios no pararán hasta el amanecer.
iv
El alcalde erecuta al despertar, sobando su estómago aún recostando en la cama, y cierra los ojos, relamiéndose los labios. Ah, los menores son más ricos, sin duda.
Entonces, se levanta y comienza su día.
Reto uno. Un pacto con el diablo.
Advertencia: Mención de asesinato y sangre. Leer con precaución.
i
La vida de un hombre en decadencia, y para su pequeña mente humana, sentía que era el fin del mundo. Nunca más podría salir de aquel agujero de miseria que estaba sintiendo ahora mismo. Y sufría, sufría mucho, y las lágrimas ya habían marcado su camino por el rostro demacrado del hombre de mediana edad.
Su vida había ido en picada cuando su empleo perdió, acto seguido su esposa pidió el divorcio y se llevó con ella a su hija. Entonces sus amigos comenzaron a esfumarse uno por uno, y en la desesperación, se aferraba a lo que fuera. Pero nadie quiere a un fracasado cerca, mucho menos a uno tan egoísta y repugnante.
Aprieta con fuerza el mango del cuchillo que sostiene mientras repetidas veces apuñala el cuerpo ya inerte del mendigo que tuvo el infortunio de encontrarse en su camino de desesperación. Y entonces ríe, una risa completamente desquiciada y que desagarra su garganta. Su cabeza da de vueltas y en su nariz explota el olor de sangre y lo hace caer rendido sobre el cuerpo. Entonces las lágrimas vuelven a correr por su camino.
¡Y maldice a todos y cada uno de los que le dieron la espalda! Él no tenía la culpa, ¿verdad? Él sólo había intentado hacer lo correcto, él sólo había dado su mejor esfuerzo, él sólo… él sólo quería ser feliz. Despotricando contra la vida, contra sus relaciones, contra el mismísimo Dios, una sombra se aparece, impotente, a su lado, sobresaltándolo y provocándole un grito de auténtico de terror.
—¿Haréis un trato conmigo, humano despreciable? —Al sonreír, ve sus peores pesadillas, y se desmaya convulsionando, la risa del ser maquiavélico resonando en su cráneo.
ii
Estruendosa carcajada inunda la amplia oficina. Oficina además que se encuentra en el penthouse. La silla está girada en dirección hacía la ventana, los edificios recibiéndole. Al hombre le encanta ver por ahí la ciudad entera a sus pies, disfrutando de las vistas de los seres diminutos que corren por las calles con las preocupaciones pesándoles en los hombros, con las caras llenas de angustia y cada paso que dan lleno del más absoluto temor.
Regresa del mundo de sus pensamientos para continuar con la conversación por teléfono que había dejado a medias, volviendo a reír fuertemente y colgando él, satisfecho por el rumbo que tomaba todo. ¡Su vida era perfecta! Pocos recuerdos quedaban ya del ser miserable que había sido hace un par de años. Ahora, hombre ejemplar y poderoso era, todo el mundo postrándose ante él, lamiendo la suela de su zapato sin pensárselo.
Continúa pues con su trabajo, feliz de haber conseguido todo eso en su vida.
Pero la felicidad es momentánea, y su oficina completa vibra. De sus estantes se caen los numerosos premios que ha conseguido con el paso del tiempo, de sus paredes caen las fotos de él con sus diferentes propiedades. En la mesa de billar se desordenan las pelotas. El horror no le hace pensar bien, y su único pensamiento es “terremoto”.
Muy lejos de la realidad estaba, y se da cuenta de lo que pasa cuando escucha una risa inundar las seis paredes (un estilo de arquitectura moderna) de su oficina. Los colores se le van de la cara, y su pulso acelera. Aprieta con fuerza los puños, y siente unas irremediables ganas de vomitar. Entonces, la figura que le persigue en sus pesadillas, en cada paso que da, en cada acción que da, se materializa ante sus ojos y la respiración se le corta.
—¡Tiempo sin vernos, querido! —Esa frase trae todo menos jovialidad, y el estómago se le encoge. Su cuerpo aplasta contra su silla reclinable, intentando desaparecer en ella. Aquella acción sólo provoca una nueva ronda de carcajadas—. ¡Pero mírate! ¿Es que no te alegra ver un viejo conocido? Me duele, ¡yo no he podido parar de pensar en ti!
Ante cada que paso da para acercarse a su escritorio, el lugar tiembla. O él está temblando, o las dos cosas. El terror lo ha hecho paralizarse y no puede respirar correctamente.
—¡Q-qué haces aquí! —Exige saber, señalándolo con un dedo—. ¡Di-dijiste que nunca nos volveríamos a ver! ¡La-la-largo! —Tartamudea, sus acciones siendo dirigidas por el miedo que le infunde la presencia de aquel ser oscuro.
—¿Así recibes a tu salvador? —Inquiere sin atisbo de la fingida alegría con la que se presentó, y de un simple manotazo manda a volar el escritorio que los separa, mandándolo hasta el otro lado de la oficina.
El hombre entonces grita, terror en sus facciones, en sus ojos, en cada movimiento que hace. La criatura materializa un pie entre la masa oscura que es. El pie, fundado en un largo tacón, pisa sin ningún remordimiento el pecho del hombre. Aúlla de dolor, incapaz de poder respirar bien ante la presión.
—Escucha, maldito. —Dice la criatura, acercando sus ojos rojos hasta el rostro del hombre, esbozando una sonrisa lo suficientemente aterradora que le hace estremecerse de pies a cabeza—. Vengo a ofreceros un trato.
—¿Trato? —Pregunta después de un rato, confundido. Y asustado.
—Necesito tu ayuda. —Responde sin rodeos el demonio, ejerciendo un poco más de presión sobre el pecho del humano—. A cambio, os regresaré vuestra alma.
La estupefacción se hace presente en sus ojos, y le mira a los ojos, incapaz de formular palabra. ¿Su alma? ¿De vuelta? ¿Eso significaría que todos los tormentos que la vida de lujos y riquezas le trajo serían disipados? Y por un momento estuvo tentado a decir que sí, quería su parte humana, quería gritar y decir que sí, que sus riquezas no podían llenar el vacío en su cuerpo. Extendió los brazos a la criatura oscura, lágrimas corriendo por sus mejillas. Pero entonces, el brillo en sus ojos perdió.
No. No. No.
Él ya había perdido hace mucho su parte humana. A él ya no le importaban cosas tan banales como sus sentimientos o su vida después de aquello. Regresó la mirada a los ojos que, expectantes, le observaban en todo momento.
—¿Me quitarás mis riquezas?
—Es un precio que debéis pagar. Vuestra alma es la firma de nuestro pacto. Sin ella, perderéis lo acordado. Pero eso no importa, ¿verdad? —Una mano repugnante y viscosa materializo para acariciar el rostro del humano que ya no lo era, lo que provoco un estremecimiento en éste, de completo asco—. Habéis experimentado lo que es vivir sin vuestra estúpida humanidad, seguro la queréis de vuelta.
El humano se quedo callado entonces, pensando seriamente sus palabras. Luego negó con la cabeza repetidamente, erráticamente, la ira corriendo por sus venas. Apartó de un manotazo el pie sobre su pecho (que fácilmente se desintegro en el aire, pues el demonio no esperaba aquel cambio) y se levantó de la silla, los dedos enredando en sus cabellos con desesperación.
—¡Cómo puedes hacerme esto! —Gritó, iracundo, escupiendo y pateando cualquier objeto que se encontrase por el suelo—. ¡He trabajado por conseguir esto! ¡Me ha costado sudor, sangre y lágrimas! ¡NO PUEDES VENIR Y QUITARME TODO! ¡MALDITO DEMONIO! ¡ENGENDRO! ¡LARGATE AHORA MISMO SIN NO QUIERES QUE…! ¡NGH…!
La frase a medias se queda, pues el demonio le ha tomado de la mandíbula con una sólo mano y lo alza, sin esfuerzo alguno. En sus ojos se refleja el terror y la súplica. “Suéltame, perdón, suéltame. Por favor no me mates. Nomequieromorirnomequieromorir no quiero que me comas yo. Todavía. Me queda. Por favor.”
Pero el demonio ya no escucha, y esboza su tenebrosa sonrisa, aquella que le persiguió desde el primer encuentro, y habla potente, cruel, horrible. —Entonces, pereced.
iii
Galilea no estaba pasando una tarde agradable. Había llegado tarde a su trabajo, su café se había regado sobre su traje blanco, y el archivo en el que había estado trabajando todo el mes se había perdido. Además, su jefe le había gritado al enterarse, golpeándola incluso, y ahora un moretón comenzaba a hacerse presente en su pómulo.
Se permitió ponerse los audífonos cuando las ganas de llorar eran inevitables, y se relajó al ritmo de una banda de rock cualquiera. Con los ojos cerrados y la respiración comenzando a ralentizarse, hasta que unos gritos de horror traspasaron sus audífonos aprueba de sonido ambientales. Se levantó de un salto, quitándose los audífonos y encaminándose a la puerta de su jefe.
—¿Se encuentra bien, señor? —Pregunta a la par que con sus nudillos toca la puerta. Pero no responde, y decide abrir para observar el interior.
La imagen con la cual se encuentra es una que se quedará por siempre en su memoria, incluso décadas después, cuando el Alzheimer la haya atacado, su única memoria será esa.
La oficina echa un desastre, de pies a cabeza. El escritorio está al revés, tirando hasta un extremo, los cables de la computadora rotos. Los vidrios de las ventanas están cuarteados, y las luces del techo están caídas. Pero aún no he llegado a la peor parte.
Se cubre la boca y la bilis sube por la garganta cuando ve el cuerpo de su jefe hecho… un desastre. La sangre mancha el piso en su totalidad, parece que sus huesos se han desvanecido, y sus órganos están esparcidos por el suelo. “El rostro, oh Dios mío, el rostro”.
Galilea sale corriendo de ahí gritando; el rostro sin cuencas, pero con la expresión de terror más profunda que ha visto en su vida grabada a fuego en su memoria.