Reto uno. Un pacto con el diablo.
Advertencia: Mención de asesinato y sangre. Leer con precaución.
La vida de un hombre en decadencia, y para su pequeña mente humana, sentía que era el fin del mundo. Nunca más podría salir de aquel agujero de miseria que estaba sintiendo ahora mismo. Y sufría, sufría mucho, y las lágrimas ya habían marcado su camino por el rostro demacrado del hombre de mediana edad.
Su vida había ido en picada cuando su empleo perdió, acto seguido su esposa pidió el divorcio y se llevó con ella a su hija. Entonces sus amigos comenzaron a esfumarse uno por uno, y en la desesperación, se aferraba a lo que fuera. Pero nadie quiere a un fracasado cerca, mucho menos a uno tan egoísta y repugnante.
Aprieta con fuerza el mango del cuchillo que sostiene mientras repetidas veces apuñala el cuerpo ya inerte del mendigo que tuvo el infortunio de encontrarse en su camino de desesperación. Y entonces ríe, una risa completamente desquiciada y que desagarra su garganta. Su cabeza da de vueltas y en su nariz explota el olor de sangre y lo hace caer rendido sobre el cuerpo. Entonces las lágrimas vuelven a correr por su camino.
¡Y maldice a todos y cada uno de los que le dieron la espalda! Él no tenía la culpa, ¿verdad? Él sólo había intentado hacer lo correcto, él sólo había dado su mejor esfuerzo, él sólo… él sólo quería ser feliz. Despotricando contra la vida, contra sus relaciones, contra el mismísimo Dios, una sombra se aparece, impotente, a su lado, sobresaltándolo y provocándole un grito de auténtico de terror.
—¿Haréis un trato conmigo, humano despreciable? —Al sonreír, ve sus peores pesadillas, y se desmaya convulsionando, la risa del ser maquiavélico resonando en su cráneo.
Estruendosa carcajada inunda la amplia oficina. Oficina además que se encuentra en el penthouse. La silla está girada en dirección hacía la ventana, los edificios recibiéndole. Al hombre le encanta ver por ahí la ciudad entera a sus pies, disfrutando de las vistas de los seres diminutos que corren por las calles con las preocupaciones pesándoles en los hombros, con las caras llenas de angustia y cada paso que dan lleno del más absoluto temor.
Regresa del mundo de sus pensamientos para continuar con la conversación por teléfono que había dejado a medias, volviendo a reír fuertemente y colgando él, satisfecho por el rumbo que tomaba todo. ¡Su vida era perfecta! Pocos recuerdos quedaban ya del ser miserable que había sido hace un par de años. Ahora, hombre ejemplar y poderoso era, todo el mundo postrándose ante él, lamiendo la suela de su zapato sin pensárselo.
Continúa pues con su trabajo, feliz de haber conseguido todo eso en su vida.
Pero la felicidad es momentánea, y su oficina completa vibra. De sus estantes se caen los numerosos premios que ha conseguido con el paso del tiempo, de sus paredes caen las fotos de él con sus diferentes propiedades. En la mesa de billar se desordenan las pelotas. El horror no le hace pensar bien, y su único pensamiento es “terremoto”.
Muy lejos de la realidad estaba, y se da cuenta de lo que pasa cuando escucha una risa inundar las seis paredes (un estilo de arquitectura moderna) de su oficina. Los colores se le van de la cara, y su pulso acelera. Aprieta con fuerza los puños, y siente unas irremediables ganas de vomitar. Entonces, la figura que le persigue en sus pesadillas, en cada paso que da, en cada acción que da, se materializa ante sus ojos y la respiración se le corta.
—¡Tiempo sin vernos, querido! —Esa frase trae todo menos jovialidad, y el estómago se le encoge. Su cuerpo aplasta contra su silla reclinable, intentando desaparecer en ella. Aquella acción sólo provoca una nueva ronda de carcajadas—. ¡Pero mírate! ¿Es que no te alegra ver un viejo conocido? Me duele, ¡yo no he podido parar de pensar en ti!
Ante cada que paso da para acercarse a su escritorio, el lugar tiembla. O él está temblando, o las dos cosas. El terror lo ha hecho paralizarse y no puede respirar correctamente.
—¡Q-qué haces aquí! —Exige saber, señalándolo con un dedo—. ¡Di-dijiste que nunca nos volveríamos a ver! ¡La-la-largo! —Tartamudea, sus acciones siendo dirigidas por el miedo que le infunde la presencia de aquel ser oscuro.
—¿Así recibes a tu salvador? —Inquiere sin atisbo de la fingida alegría con la que se presentó, y de un simple manotazo manda a volar el escritorio que los separa, mandándolo hasta el otro lado de la oficina.
El hombre entonces grita, terror en sus facciones, en sus ojos, en cada movimiento que hace. La criatura materializa un pie entre la masa oscura que es. El pie, fundado en un largo tacón, pisa sin ningún remordimiento el pecho del hombre. Aúlla de dolor, incapaz de poder respirar bien ante la presión.
—Escucha, maldito. —Dice la criatura, acercando sus ojos rojos hasta el rostro del hombre, esbozando una sonrisa lo suficientemente aterradora que le hace estremecerse de pies a cabeza—. Vengo a ofreceros un trato.
—¿Trato? —Pregunta después de un rato, confundido. Y asustado.
—Necesito tu ayuda. —Responde sin rodeos el demonio, ejerciendo un poco más de presión sobre el pecho del humano—. A cambio, os regresaré vuestra alma.
La estupefacción se hace presente en sus ojos, y le mira a los ojos, incapaz de formular palabra. ¿Su alma? ¿De vuelta? ¿Eso significaría que todos los tormentos que la vida de lujos y riquezas le trajo serían disipados? Y por un momento estuvo tentado a decir que sí, quería su parte humana, quería gritar y decir que sí, que sus riquezas no podían llenar el vacío en su cuerpo. Extendió los brazos a la criatura oscura, lágrimas corriendo por sus mejillas. Pero entonces, el brillo en sus ojos perdió.
Él ya había perdido hace mucho su parte humana. A él ya no le importaban cosas tan banales como sus sentimientos o su vida después de aquello. Regresó la mirada a los ojos que, expectantes, le observaban en todo momento.
—¿Me quitarás mis riquezas?
—Es un precio que debéis pagar. Vuestra alma es la firma de nuestro pacto. Sin ella, perderéis lo acordado. Pero eso no importa, ¿verdad? —Una mano repugnante y viscosa materializo para acariciar el rostro del humano que ya no lo era, lo que provoco un estremecimiento en éste, de completo asco—. Habéis experimentado lo que es vivir sin vuestra estúpida humanidad, seguro la queréis de vuelta.
El humano se quedo callado entonces, pensando seriamente sus palabras. Luego negó con la cabeza repetidamente, erráticamente, la ira corriendo por sus venas. Apartó de un manotazo el pie sobre su pecho (que fácilmente se desintegro en el aire, pues el demonio no esperaba aquel cambio) y se levantó de la silla, los dedos enredando en sus cabellos con desesperación.
—¡Cómo puedes hacerme esto! —Gritó, iracundo, escupiendo y pateando cualquier objeto que se encontrase por el suelo—. ¡He trabajado por conseguir esto! ¡Me ha costado sudor, sangre y lágrimas! ¡NO PUEDES VENIR Y QUITARME TODO! ¡MALDITO DEMONIO! ¡ENGENDRO! ¡LARGATE AHORA MISMO SIN NO QUIERES QUE…! ¡NGH…!
La frase a medias se queda, pues el demonio le ha tomado de la mandíbula con una sólo mano y lo alza, sin esfuerzo alguno. En sus ojos se refleja el terror y la súplica. “Suéltame, perdón, suéltame. Por favor no me mates. Nomequieromorirnomequieromorir no quiero que me comas yo. Todavía. Me queda. Por favor.”
Pero el demonio ya no escucha, y esboza su tenebrosa sonrisa, aquella que le persiguió desde el primer encuentro, y habla potente, cruel, horrible. —Entonces, pereced.
Galilea no estaba pasando una tarde agradable. Había llegado tarde a su trabajo, su café se había regado sobre su traje blanco, y el archivo en el que había estado trabajando todo el mes se había perdido. Además, su jefe le había gritado al enterarse, golpeándola incluso, y ahora un moretón comenzaba a hacerse presente en su pómulo.
Se permitió ponerse los audífonos cuando las ganas de llorar eran inevitables, y se relajó al ritmo de una banda de rock cualquiera. Con los ojos cerrados y la respiración comenzando a ralentizarse, hasta que unos gritos de horror traspasaron sus audífonos aprueba de sonido ambientales. Se levantó de un salto, quitándose los audífonos y encaminándose a la puerta de su jefe.
—¿Se encuentra bien, señor? —Pregunta a la par que con sus nudillos toca la puerta. Pero no responde, y decide abrir para observar el interior.
La imagen con la cual se encuentra es una que se quedará por siempre en su memoria, incluso décadas después, cuando el Alzheimer la haya atacado, su única memoria será esa.
La oficina echa un desastre, de pies a cabeza. El escritorio está al revés, tirando hasta un extremo, los cables de la computadora rotos. Los vidrios de las ventanas están cuarteados, y las luces del techo están caídas. Pero aún no he llegado a la peor parte.
Se cubre la boca y la bilis sube por la garganta cuando ve el cuerpo de su jefe hecho… un desastre. La sangre mancha el piso en su totalidad, parece que sus huesos se han desvanecido, y sus órganos están esparcidos por el suelo. “El rostro, oh Dios mío, el rostro”.
Galilea sale corriendo de ahí gritando; el rostro sin cuencas, pero con la expresión de terror más profunda que ha visto en su vida grabada a fuego en su memoria.