The Killing of two Lovers
(Robert Machoian, 2020)
Paisajes áridos, fríos y grisáceos de la América rural como metáfora de la desolación que acompaña una crisis de los sentimientos. Amplios planos estáticos donde los personajes parecen actores en un escenario. Rodada casi enteramente con cámara fija y casi siempre muy alejada de los personajes.
Un sonido incesante y molesto de fondo acompaña toda la película: el de una arma amartillada, para que no olvidemos ni por un segundo la ira, la furia que subyace en el alma, como lava a punto de estallar. Incómoda y sórdida, capta la atención del espectador desde el primer fotograma, disfrazándose de thriller sin serlo. Es, en cambio, un grito de dolor. Nos habla de sufrimiento y lo hace desde el punto de vista de un hombre herido e incapaz de aceptar la derrota. Es fascinante ver como Machoian consigue describir los personajes y dibujar las emociones a través de una precisa composición del plano. Vemos todo desde lejos y eso hace que tengamos en el cuerpo una sensación de permanente nerviosismo. El final se presta a diferentes interpretaciones, y abre un debate entorno al concepto de familia y a lo que significa un “happy ending”, jugando sutilmente con nuestras creencias.










