Entrevista a Eugenia Pérez Tomas en el marco del Festival Novísima Dramaturgia Argentina
Aprovechando el cierre del Festival Novísima Dramaturgia Argentina, Originarte quiso entrevistar a la dramaturga y directora de Las casas íntimas, Eugenia Pérez Tomas.
¿Considerás que hay algún elemento en común en las poéticas convocadas al Festival Novísima Dramaturgia Argentina?
Eugenia Pérez Tomas: En su particularidad, cada una es un recorte en sí mismo de una propuesta. Son gestos muy contundentes, no son el mismo gesto, ni siquiera gestos familiares. No los veo como representantes de estéticas, sino que puedo ver artistas con gestos, gente que está proponiendo algo, está viendo algo y construye desde ese lado. También me pasa que vi trabajos anteriores de algunos directores y puedo armar cierto relato de esa misma persona, no en relación a los otros, sino en la producción misma de ese artista. Es lindo ver, acompañar el crecimiento de un creador. Ver cómo siguen apostando a ciertas textualidades, representaciones o cambios, decisiones nuevas, cosas que antes no estaban en su poética; es un privilegio para mí. En cine pasa mucho, porque ves la filmografía completa de un director y ves para dónde va. En teatro todo esto es en vivo porque la persona está produciendo al lado tuyo y es evanescente, ya no podés ver las primeras puestas.
¿Desde dónde empezaste a escribir Las casas íntimas y cuánto de todo el trabajo fue concebido con Candelaria Sesín?
E.P.T.: El trabajo con Candelaria fue anterior a la obra. Ella primero vio Un futurista ciego, la primer obra que hice con Cristian Jensen, y a partir de ver ese trabajo, de manera intuitiva y generosa me dijo que le gustaría que trabajemos juntas y que tenía ganas de hacer un unipersonal. Pero, al ser ella una mujer, hay una opinión medio obligada a hacer sobre el género, o una posición a tomar, a fundar y me dijo “me interesa trabajar con vos a partir de este universo que se despliega en Un futurista ciego.” Entonces, esa obra me sirvió para decir “llegué a un lugar”, y sus palabras hicieron que yo viera que venía otra cosa. En base a esto, pensé en lo que ella me había dicho sobre el universo femenino que, a la vez, también me hacía pensar desde cierto prejuicio, como algo trillado y pensaba en “¿qué es lo que hay que defender?, ¿qué es lo que hay que fundar?” Me aparecieron un montón de preguntas y empecé a trabajar con muchas lecturas para ver qué pasa con autoras en la literatura. Yo desde hace muchos años que leo –ahora no tanto– a Clarice Lispector, o Banana Yoshimoto, los diarios y los relatos eróticos de Anaïs Nin… Buscaba cómo produce subjetividad la mujer en la literatura y, en general, había temáticas comunes que eran la soledad, el amor, pero más que nada, el ser en soledad y su relación con las cosas. De ahí busqué ver a dónde desembocaba mi escritura. Con Candelaria compartimos lecturas, en su momento armamos un blog privado donde subíamos imágenes, videos, material para compartir un universo, ciertas textualidades materiales. Hablábamos de una superposición de capas, de sueños, de realidad, de la fragmentación, donde no hay un espacio y tiempo fijo, como se da en las películas de Michel Gondry.
Después empecé a escribir, pero al principio no era una mujer que cuidaba casas sino que estaba más ligada a un personaje de la literatura fantástica, como si ella no fuese una mujer, un ángel caído en la tierra. Posteriormente, un relato que me sirvió mucho fue Cocina de Banana Yoshimoto, que habla sobre una mujer que empieza a tener una relación muy especial con la cocina y con los objetos de la cocina. De ahí me interesó esto de comenzar a vivir a través de las cosas. Luego, por una cuestión muy personal de las dos, al ver que ambas nos mudábamos mucho, cuidábamos muchas casas, quise tomar eso para el personaje. Y hay una anécdota que, parcialmente es real, pero que está extremada, cuenta que con mi mamá íbamos los domingos a ver casas. Es decir, no era un hábito, pero me sirvió para pensarlo como una obsesión con las casas.
¿Cómo sentís las experiencias de trabajar como actriz por un lado y hacerlo como dramaturga y directora, por otro?
E.P.T.: Yo empecé siendo actriz porque siempre quise serlo. Pero después, cuando empieza a aparecer cierta necesidad de materialización del deseo con respecto a mi trabajo o, por ahí, al estar en proyectos que me interesaban hacer, empecé a tener falsos encuentros con la actuación. No terminaban de sucederme con alegría. Entonces, me corrí de ese lugar y fue ahí que naturalmente desemboqué en la escritura. Estuve alrededor de cinco años en el taller de Ariel Farace, escribiendo mucho, haciendo también poesía. En el medio, escribiendo con Cristian Jensen, a quién conocí actuando y hoy es mi amigo, dijimos “¿y si el que actúa sos vos?” Es decir, fue cuestión de ver por dónde, de probar. Al principio me daba vergüenza porque creía que no era un lugar que me correspondía o, por momentos, me aparecía la idea de que otros son los que dirigen o los que escriben, no yo. Yo sería la que actúa, pero tampoco estaba actuando, entonces algo tenía que hacer. Después, con Cristian hicimos una inversión de roles, él tuvo su experiencia como dramaturgo y director –en Cumbia Nena–, yo actué en su obra junto con Sara Pastor, y lo disfruté mucho porque fue una experiencia muy interesante. Pero ahora lo que más me convoca a hacer –o me da curiosidad y me da placer– en el teatro, es escribir. La instancia de dirección la estoy disfrutando mucho también. No sé si son cosas que se sostienen mucho tiempo, pero sí creo que los actores son las personas más geniales del mundo. El mundo sin actores no podría existir. Cuando veo una obra de teatro, veo a un actor y no puedo creer que alguien haga ese trabajo. Yo, como actriz, siento que no puedo, por eso también ahora escribo. Siento que pienso las cosas desde la dirección, desde afuera de la escena y actúo, pero con más trabas. Hasta cierto momento, todo lo que hice en el teatro fue con las herramientas de la actuación y después comencé a trabajar eso que suelen perseguir los actores al seguir un impulso y darle forma en el tiempo y el espacio. Por y desde ahí comencé a dirigir e intentar armar un código que resuene y esté vivo. El triángulo que se arma con lo que escribo y con lo que después pasa con el actor en el espacio es insuperable. El teatro tiene eso, es algo colectivo pero a la vez tiene instancias de mucha intimidad y el momento del estreno es una instancia de abrir esa intimidad a lo social, por eso genera extrema felicidad y, a veces, es un poco traumático, es decir, se te mueve todo. Por otro lado, creo en el actor creador. Las casas íntimas no la podría haber montado si no hubiese sido con Candelaria. Porque el actor puede ser una palabra, pero la palabra está tan cargada de sentido como vacía, y todas las asociaciones y multiplicidades de sentido que aportan ese cuerpo y esa sensibilidad, hacen que descubra sentido y abone a nuevos sentidos. Hay cosas que ya vienen empaquetadas de sentidos y hacer estallar eso para que aparezcan otros es un trabajo de diálogo entre la actuación y la dirección. Eso es lo que me gusta de la dirección. Hay actores que fundan dramaturgias, no solo repiten palabras, son como una máquina de poesía.
Contanos acerca de tu nuevo proyecto a estrenarse en abril, Rodolfo, Beatriz y el fantasma unicornio.
E.P.T.: El proyecto empezó para el Festival El Porvenir. A mí me convocó Inés Urdinez, quien hizo El Porvenir del año 2012 y me pasó la posta para el del 2013. Yo tenía imaginarios muy vagos de lo que quería hacer. Tenía un libro que me gustaba de Saint Anna, donde un capítulo es una carta, otro es una relación muy siniestra entre tres personas, otro es un interrogatorio policial y había algo de la relación entre el deseo, la realización de ese deseo y el extrañamiento acerca de todo ello que me llamó la atención. Pasaron mil cosas en el medio, y en el Festival presentéRodolfo, Beatriz y el fantasma unicornio, pero en ese momento sólo estaban Rodolfo y Beatriz. Era un encuentro de dos personas atravesadas por algo, una cierta conciencia a flor de piel, un intercambio de soliloquios. Yo trabajaba pero siempre en monólogos. Entonces, pensé qué pasaba al enfrentar dos monólogos. Esto quedó ahí y el plan con los actores fue que yo termine de escribir la obra y ponernos a ensayar para estrenar. En el Centro Cultural Matienzo nos dieron la posibilidad de estrenar en abril. Por eso tuve diciembre y enero, lo que me permitió tomar la modalidad de tener tanto tiempo para escribirla, tanto para ensayarla. Ahí apareció el fantasma como personaje, un híbrido entre el humano y el soliloquio. En el texto, que va a estar editado por Libros drama, el personaje del fantasma unicornio primero se presenta como la voz de las didascalias pero luego se las roba el personaje. Ese procedimiento me entretiene e intenté darle más peso a una especie de trama. Igualmente, termino dándome cuenta que es un trabajo por capas. Hay una línea de peso en el lenguaje, en la trama, la progresión y otra línea concentrada en lo poético, en cierta conciencia a flor de piel. Hay una fábula y un por qué, pero termina siendo más superador lo otro. Por momentos gana terreno la importancia de resolver lo que van a hacer y por otros momentos la trama se desentiende de lo que iba a pasar, porque el tren se fue, ya pasó.
Las casas íntimas forma parte del cierre del Festival Novísima Dramaturgia Argentina; función única el jueves 20, a las 21 horas, en el Centro Cultural de la Cooperación (Avenida Corrientes 1543).
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