“—Admiro su mirada. ¿Has visto ya sus ojos?, ¿qué me dices del color de ellos? Son geniales, ¿no crees?— Dijo sonriendo, mientras observaba a Julie recostarse sobre la baranda del balcón del edificio. Su atención estaba siempre en el cielo. A Eddie le gustaba ir con su mejor amigo a acompañarla. Julie siempre miraba el cielo antes de volver con ellos y seguir con el paseo nocturno que hacían todos los fines de semana.
—Vaya, sí que te gusta. Nadie nunca se había fijado en ella tanto como lo has hecho tú. Pero, ¿por qué siempre mira hacia arriba? Es como si buscara algo, ¿no?— preguntó Jean, algo confundido por la actitud de ella.
—No. No busca nada, ya lo encontró. Está mirando las estrellas.
—¿Estrellas? Debes estar tan enamorado que ni siquiera has notado que en esta parte de la ciudad no hay estrellas.
—Las hay, no se pueden ver, es diferente. Pero ella puede verlas todas, y eso es más admirable aun. Tiene un corazón tan puro que puede alcanzar a ver cosas inimaginables para nosotros—. Eddie no se equivocó. Mientras Julie parecía conversar con los cuerpos celestes, él no hacía más que aumentar su amor por ella. Estaba perdido por haberla encontrado. Y ella, buscaba en las estrellas la forma de la letra inicial de él, quería una señal antes de darle el sí, aunque en su corazón ya había aceptado antes de que Eddie le declarara su amor. Pasó casi una hora, Eddie y Jean comenzaban a perder la paciencia y decidieron acercársele. Eddie se puso al lado derecho y Jean a su izquierdo. Julie miró a Eddie con una complicidad que sólo ellos conocían y sentían. Con el pretexto de que le temía a las alturas, Jean se alejó para dejarlos solos al notar algo más que simple amistad en la pareja.
Eddie la abrazó. —¿Por qué miras tanto al cielo?— dijo —Te estaba buscando—, sonrió Julie.”