El ropero como símbolo
Hay, en casa de mis padre, un ropero negro ya descarapelado que ha perdido un poco su solidez. Ahí mi madre guarda su ropa bien ordenada y una caja fuerte cuyos únicos objetos de valor no tienen un alto costo en pesos. Reliquias de su madre, fotos de su juventud, unas viejas monedas ya sin valor. Tal vez un par de rosarios que sólo ella sabe a quién pertenecieron.
El ropero en sí ya tiene un símbolo de lo perdido, el closet le ha ganado, al parecer, en definitiva su puesto más práctico en las casas. De modo que mirar ese ropero en casa de mis padres resulta como la materialización de lo que se va desgastando y que va, claro está, más allá de las maderas de ese viejo mueble ya pronto desechable. Es como si ahí mismo viéramos el descascararse de la propia casa, el inexorable paso del tiempo que todo lo va reduciendo a polvo. Gasto que también vemos en las grietas de las bardas y en las de la calle. Y de repente todo se vuelve viejo y desgastado: las lámparas que cuelgan de los postes, la iglesia que ha perdido sus cúpulas, y hasta el mismo árbol del interior del jardín va mostrando su vejez a pesar del verdor de sus hojas.
Y no pasa mucho tiempo para que sintamos el propio desgaste en nosotros y quienes nos rodean. Las familias que crecieron felices y que ahora, ya adultos nuestros amigos, también se van desgajando en problemas.
Yo mismo me miro en esos espejos y me siento agotadamente viejo.
















