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Odio ese cartel de prohibido que se asoma en tu sonrisa cada vez que empiezo a disfrutarla. Que hace que no pueda salir de esta locura, que tan bien doy en llamar espiral de autodestrucción. Y hoy lo has colgado.
Odio esa incertidumbre de saber que lleva implícito un vuelvo enseguida que nunca me da alas, porque nunca sé qué soy, ni hasta dónde he llegado. Siempre atada las cadenas de si esperarte o marcharme, y te espero, hasta que un día no vuelvas más.
Odio la manera en que cierro los ojos para vivirte hasta la saciedad, esa que nunca llega, y cuando los abro, ya no estás, ¡ya no estás!… ¿por qué no estás? Cada vez que alcanzo a abrazarte te marchas, al otro lado, te cobijas tras el muro, y todo vuelve a empezar.
Odio la manera en que tienes una opinión substancial para todo lo que pasa en este mundo, y me importa. Poder discutir horas sobre las razones por las que este mundo va tan mal, que me detestes por idealista, que te aborrezca por materialista.
Odio saber que me das el tipo de vida que quiero hasta el final de mis días y sólo puedo saborearla en la punta de mi lengua para que te marches más lejos de lo que nunca te has acercado. Y vuelvo a seguirte, a los confines del mundo que hayas elegido, para traerte de vuelta a mi.
Odio que seamos así, pero contigo no podía ser de otra manera.
Odio que me hagas hacer lo que más me gusta, llorarle a un folio hasta embellecer mi tristeza, y acabarla anhelando cuando vuelves y te la llevas, cuando la cambias por una sonrisa. Y vuelves a empezar.