Electricidad. Todos los errores de mi vida se reducen a la electricidad de tu mano sobre mi espalda, por accidente, una descarga en un punto no muy lejos del final de mi columna vertebral. ¿Y yo cómo voy a tener el valor de negarme otra vez? Cuando todo lo que me das es vida.
Hay un sonido de fondo, música, pero lo único que mueve mi cuerpo es sentir el tuyo cerca. No soy rítmica, lo sabes, tú haces que lo sea. Cuando mis medias notan el roce de tu pantalón, me controlas. No quiero saber lo que pasará el día que se marchen. Acabo de mentirte, quiero. Quiero.
El tacto de tu cuello en mi mejilla me debilita las piernas, como una bajada de tensión, me dominas, me dominas y no tienes la menor idea. Tu piel, la descarga más intensa, la morfina más sedante. Me echas a perder.
Cuando tu brazo derecho me rodea las caderas y me acerca más a ti. Sentir la palma de tu mano extendiéndose al final de mi espalda, presionando, electricidad, maldita electricidad. ¿Qué será de mi el día que pierdas esa chaqueta que aferras con tanto empeño en tu brazo izquierdo? Será mi fin, mi dulce fin.
Me pierdes. Me pierden tus ojos, que agarran mi mirada cuando se la cruzan y no la dejan marchar. Me pierden tus labios cuando se ríen de mi, conmigo, o hagan lo que hagan. Y cuando pienso que llegó el momento de respirar, tus dientes asoman tímidos entre esa línea recta que hace tu labio superior, que se viene a encontrar con la curva, oh la curva, del inferior. Tu sonrisa, tu arma de mi destrucción masiva.
Mientras, tú me das vueltas en una habitación vacía y un sonido martillea en mis oídos, pero yo sólo puedo mirarte. Yo sólo puedo sentir tu cálida piel en mi mejilla. Sólo puedo aferrarme a tu cuello, a tus hombros, a tí, para no caer. Mientras, tú me das vueltas.
A veces, cierro fuerte los ojos, me concentro en el calor que emana de tu ropa y que se encuentra con el mío en alguna capa de tejidos. A veces descubro tu mano al final de mi espalda y me fallan las piernas. Pierdo el conocimiento envuelta en ti, pero qué más dá, si vas a cogerme cuando caiga. Siempre me recoges cuando caigo.
Cuando me tocas te elijo a ti sobre todas las cosas y, al final, siempre encuentro por quién cambiarte. Nunca por alguien mejor. Si lo hiciera, no podría volver. Siempre volveré.
Llego como un tornado, absorbiendo todo lo que me quieres dar, y lo que no quieres, y después me marcho. Y nunca miro atrás. Hasta que me rompen. Y corro a ti, a que me sanes, a que me pierdas, a la locura que es tu piel.
Eres la última persona en el mundo a la que le haría daño. Sin embargo, eres a la que más daño le he hecho. Y ahora vuelvo a ti, con mi injusticia, para reclamarte sin derecho. Y aquí vienes tú, a envolverme en tu perfume natural y dejar que pierda el conocimiento en tus brazos, aun cuando sabes que voy a romperte. Otra vez.
Nunca debí marcharme. Nunca debí salir de tu habitación. Menos mal que siempre encuentras el final de un pasillo en el que esperarme, menos mal que mis pasos siempre me llevarán a ti, venga de dónde venga. Y, menos mal, que tus pasos siempre marcarán mi camino cuando yo no sepa, sin rencor. Eres mi morfina, mi felicidad, mi electricidad favorita. Nunca dejes de perderme.