Tarokichi nació en la aldea de Okada, en la casa conocida como Katsukichi. Tal había sido el nombre de su abuelo, heredado a su vez por su padre. Tarokichi había cumplido seis aquel año e iba a guardar por primera vez el Shaka-Shaka.
La víspera Tarokichi no podía dormir. Estaba impaciente de que llegara el momento de unirse por fin a los demás niños en sus rondas del Shaka-Shaka. Los menores de seis años no podían participar, pero una vez cumplidos sus padres les decían: «Ya puedes ir con los demás al Shaka-Shaka». Así que los niños esperaban ansiosos ese día desde que tenían cinco, o incluso desde antes.
Nevaba el día quince del segundo mes. En Wakasa éste era el mes que más nevaba, a veces no aflojaba en una semana entera. Las casas tenían tejados embardados de empinadas vertientes de los que la nieve resbalaba formando altos parapetos alrededor de la casa. En torno extendían cañizos confeccionados y almacenados de antemano, para resguardarlas un poco de los recios vientos, lo que volvía el interior todavía más sombrío.
Tarokichi esperaba despierto el amanecer. Sobre las cinco escuchó la voz de un niño en la puerta de casa Katsukichi: «¡Shaka Shakaaa!».
—¿Quién es? —preguntó la madre de Tarokichi.
—Es Yasuke de Kanzaemon —dijo la voz desde fuera.
—Muy bien —dijo la madre abriendo un resquicio la puerta. Entró el viento llevando polvo blanco de nieve. La mujer, envuelta en una bata corta, sintió la ráfaga helada en las rodillas. Renegando del frío cogió un puñado de habas tostadas de un cubo que tenía preparado junto a la puerta: «Toma, para Yasuke de Kanzaemon», dijo, y le tendió las habas al niño que esperaba en la ventisca con su talega abierta.
Yasuke de Kanzaemon tenía siete años. Tirando del cordel de su saco dijo: «¡Tarokichi, oye! ¿Tarokichi, dónde andas? ¿Quieres venir conmigo?».
Tarokichi ya estaba en planta y listo para salir, sin lavarse la cara siquiera. Con la bandolera la cuello y la escarcela colgando contra su pecho mientras se afanaba en atar el cordel de sus holgados calzones de algodón.
—Yasuke de Kanzaemon, ¿te lo llevas contigo? —preguntó su madre.
—Sí —llegó de fuera.
Al oír esto Tarokichi corrió a la puerta y salió como un rayo a la racheada ventisca:
—Yasuke, llévame contigo al Shaka-Shaka.
—Vale, sígueme. Cuando yo diga Shaka Shaka, tú repites conmigo.
Yasuke tenía un año más que Tarokichi. Recorriendo las calles de la aldea bajo la nevada llamaba: «¡Shaka Shakaaa!». Al poco rato ambos muchachos estaban alcorzados de nieve.
Curiosamente el niño al que uno acompañaba la primera vez que salía de Shaka-Shaka se convertía sin falta en amigo íntimo. Así Tarokichi se hizo amigo de Yasuke. Si cuando lo llamó desde fuera Tarokichi no hubiera contestado, Yasuke se habría tenido que ir solo. Yasuke lo había invitado pensando en hacer amistad y Tarokichi había estado de acuerdo, así que hicieron juntos la ronda.
Durante dos horas Tarokichi y Yasuke recorrieron la aldea enterrada en la nieve, llenando los zurrones. Cuando acabó el Shaka-Shaka pasaron el resto del día jugando y acordaron ir juntos por la noche a la Casa de Kannon.
Así llamaban a la casa del pueblo. La techumbre de tejas apenas la guardaba de la intemperie; los muros se habían vencido y los pilares y vigas habían empezado a inclinarse. Ante el cuadrado edificio había una gran laja en la que los visitantes dejaban el calzado y se entraba directo a una gran sala entarimada. Frente a la entrada había un altar con una pequeña capilla como un cajón; sus puertas se abrían sólo aquel día. Dentro en la foscura se erguía una imagen de casi un metro de altura del bodisatva Kannon, cubierta de polvo. La efigie no tenía nada de particular, salvo que el dorado se había desprendido, dejando a la vista las venas de la madera. Tenía un brazo extendido a la altura del ombligo y el otro doblado con el índice y el pulgar formando un círculo. Delante parpadeaba en un candelero una bujia de libra. Habían extendido esteras sobre el suelo de madera y acababan de prender el fuego del hogar rehundido. Un humo gacho remolineaba sobre la leña húmeda. Aquel año había treintaidós hombres y mujeres ancianos en las sesenta casas de la aldea, pero algunos que pasaban de los noventa no podían salvar el sendero nevado hasta la Casa. Aquellos que podían caminar con la ayuda de un bastón se unirían a la junta. Pero cuando Tarokichi y Yasuke llegaron era todavía temprano y sólo estaba allí el viejo Shōza de Kamimura. Shōza era la apócope de Shōzaemon, apelativo de su casa. Cuando los niños entraron vieron al viejo sentado junto al hogar, atizando los leños ardientes.
—¿Ha prendido? —preguntaron al entrar. El anciano era popular entre los niños de la aldea. Algunos viejos lo eran, otros no; Shōza era uno de los preferidos, a menudo tenía extrañas historias que contar.
—¿Quién está ahí? ¡Ah, Tarokichi de Katsukichi y Yasuke de Kanzaemon! —frotándose los legañosos ojos miró hacia donde estaban. Tenía más de setenta y era duro de oído.
—Sí, Tarokichi y Yasuke —respondió Yasuke. Los dos niños se sentaron junto al fuego. Shōza los observó: —El niño del moral de los Kanzaemon —dijo de repente.
Yasuke dio un respingo: —¿El niño del moral? ¿Qué es eso? ¿Qué es un moral?
Tarokichi aguzó las orejas también. «Mira con lo que había salido Shōza», pensó.
—¿No sabes lo que es un niño del moral, Yasuke? ¿Tú tampoco, Tarokichi? Eres hijo de un moreral, Yasuke. Naciste en el hoyo de un moreral.
Minakami Tsutomu















