RELIGIÓN: Solemnidad Nuestra Señora de los Ángeles (Patrona de Costa Rica).
Por: MSc. Carlos Luis Canales Barrantes
Hoy celebramos a Dios en la persona de María, nuestra Señora de los Ángeles. Nos alegramos porque ella es la madre común a quien llamamos nuestra Negrita, a quien centenares de fieles visitan con fervor y devoción para agradecerle su intercesión amorosa y pedirle su protección maternal.
La historia de la Virgen de los Ángeles, se remonta a la primera mitad del siglo XVII, en el año de 1635, cuando una mujer joven e indígena y pobre, a quien se ha llamado Juana Pereira, al caminar por el bosque (Los Ángeles de Cartago hoy), descubre una pequeña imagen de la Virgen, sencillamente tallada en una piedra oscura, visiblemente colocada sobre una gran roca en la vereda del camino. Al principio se le dio a la imagen el nombre de Virgen Morena por su apariencia. Luego, la llamaron Virgen de los Pardos, por el poblado donde fue encontrada y después Reina de Cartago por ser la provincia en la cual se dio el hallazgo.
Por último, decidieron poner a la imagen el título de Nuestra Señora de los Ángeles, por habérsela encontrado un 2 de Agosto, cuando la Orden Franciscana venera a su Patrona como Santa María de los Ángeles.
En este solemne día la Virgen Madre nos enseña a escuchar la palabra de Dios. En el texto de la primera lectura que hemos escuchado, nos encontramos con el elogio que la sabiduría personificada hace de sí misma. Estamos en el centro de interés del libro del Eclesiástico. La sabiduría, como si fuera una persona, se alaba a sí misma. También habla en su nombre, el sabio que la posee.
La sabiduría nos presenta el proyecto de Dios sobre el mundo y los seres humanos. Va más allá de la razón humana, porque viene de Dios. La Iglesia aplica este texto a María, la Madre de Jesús, al llamarla “Trono o Sede de la Sabiduría” ¿En qué sentido? María es sede de la sabiduría en el doble sentido carnal-biológico, porque llevó en su seno al Hijo de Dios, que es la sabiduría encarnada; y en el sentido ético-espiritual, porque acogió la Palabra de Dios, haciéndola objeto de amorosa custodia, en lo íntimo de su corazón.
Interpretando al apóstol san Pablo, hoy la contemplamos como la mujer en la cual el Hijo de Dios se hizo hombre y, por medio de su maternidad divina, somos adoptados como hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. Por medio de ese espíritu de adopción que hemos recibido, podemos llamar Abba a Dios, es decir, Padre y liberados de toda esclavitud, desde la redención de Cristo que, desde aquel primer Viernes Santo, nos la ha dado como Madre de la Iglesia y de la humanidad.
María de Nazaret cumplió una misión en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañado a su hijo hasta su sacrificio definitivo. Desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María, que brota directamente de la hora pascual de Cristo.
La Virgen María es bienaventurada tanto por haber dado a luz a su Hijo según la carne como por haber prestado fe a la Palabra del Señor. Incluso la misma maternidad divina fue consecuencia de su pronta obediencia al querer del Padre Celestial.
La Madre de Dios se dejó guiar por la fe. Ésta la llevó a creer a pesar que parecía imposible lo anunciado. El Misterio se encarnó en ella de la manera más radical que se podía imaginar. Sin certezas humanas, ella supo acoger confiadamente la palabra de Dios.
María también supo esperar, ¿cómo vivió María aquellos meses, y las últimas semanas en la espera de su Hijo? Sólo por medio de la oración y de la unión con Dios podemos hacernos una pálida idea de lo que ella vivió en su interior. También María vivió con intensidad ese acontecimiento que transformó toda su existencia de manera radical. Ella dijo “Sí” y engendró físicamente al Hijo de Dios, al que ya había concebido desde la fe.
No olvidemos que un día ese Dios creció en el seno de María, y también puede crecer hoy en nuestros corazones, si por la fe creemos, y si en la espera sabemos dar sentido a toda nuestra vida mirando con valor al futuro.
Tal es también la vocación de toda la Iglesia. También ella es llamada a escuchar y penetrar incesantemente el sentido de las Escrituras. Los signos de los tiempos, los acontecimientos del mundo en medio del cual vive y obra, especialmente cuando sopla la tempestad y todo parece naufragar; cada acontecimiento concreto, tanto en la historia de la Iglesia y del mundo como en la pequeña historia de cada creyente, nos sirve para confrontarnos con la palabra profética de Jesús: "Yo estoy con ustedes siempre..."
Quiero destacar algunos testimonios de la Santísima Virgen María que nos pueden ayudar en nuestro camino de fe.
Sin duda que en primera instancia se destaca su capacidad de entrega a Dios. “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según su voluntad” (Lucas 1:38). El consentimiento de María es una ofrenda total a Dios y manifiesta toda la fuerza de entrega, confianza y de amor, propia de la mujer.
Seguidamente, su capacidad de entrega al prójimo. En el pasaje de la visita a Santa Isabel se manifiesta la capacidad de la mujer de entregarse al prójimo. María se fue con prontitud a la región montañosa de Judá y se puso al servicio de Isabel en el momento de su necesidad.
Además, nos enseña su capacidad de iniciativa en las bodas de Caná cuando intuye y se dirige a Jesús y le convence para anticipar su hora. El milagro le revela como Salvador y suscita en los discípulos la fe que salva.
Como muchas madres, María nos muestra su fortaleza en la prueba. En el momento del sufrimiento manifiesta su fortaleza moral, su fidelidad absoluta y el seguimiento generoso al Señor. Junto a la Cruz ella testimonia que en los momentos dramáticos la mujer es constante, es fiel y es fuerte. En ella el amor al Señor es más fuerte que la turbación del dolor.
Nuestro Dios quiso que en su plan de salvación María fuese un baluarte que elevara la dignidad e iluminara la vocación de la mujer y del hombre en todos los estados de su vida, en la vida de la Iglesia y de la sociedad.
Por eso, en este día solemne oramos por todos los seres humanos en sus situaciones particulares, familiares y sociales. Pidamos especialmente, por las personas que queriendo peregrinar hacia la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles en Cartago, no pudieron hacerlo a causa de la pandemia pero de igual forma su fe y su esperanza sean confortadas, sus tristezas recibidas y cobijadas por la ternura de la Virgen Santísima. Igualmente, oremos por tantas personas que por impedimentos de salud, por estar presos, por ser perseguidos, por dolor provocado y por cualquier injusticia, no han podido celebrar este día ni acercarse a los pies del Señor en el altar de su Madre Santísima.
La figura de María recuerda también el valor de la maternidad, y en ella, el infinito e innegociable valor de la vida humana. En el mundo contemporáneo no siempre se da a este valor una justa y equilibrada importancia.
Como nos recuerda el Papa Francisco, “las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el sabor a hogar. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”. (Jornada Mundial de la Paz 2017)
Por si fuese poco, la solemnidad de hoy nos permite obtener una gracia especial que se llama indulgencia plenaria. Se trata del perdón del Señor sobre nuestros pecados. Esto es posible porque en el año 1216, en una visión, San Francisco de Asís le pidió al Señor, que se encontraba junto a la Virgen y sus ángeles, que le concediese una indulgencia a cuantos visitasen la Iglesia dedicada a la Virgen bajo la advocación de María de los Ángeles. El Señor aceptó y le ordenó que se dirigiese al pueblo de Perusa, para obtener del Papa el favor deseado. Esta indulgencia conocida como "la indulgencia de la Porciúncula" o "el Perdón de Asís", fue aprobada por el Papa Honorio III.
Cada año todos los fieles que visiten una iglesia franciscana en cualquier lugar del mundo desde el mediodía del 1 de agosto, y todo el 2 de agosto, podrán obtener la llamada indulgencia plenaria de la Porciúncula. Este don requiere además las condiciones habituales de confesión sacramental, comunión eucarística y la oración por las intenciones del Papa.
El legendario obispo brasileño, Pedro Casaldáliga, escribió un poemario dedicado a la Virgen María, titulado Llena de Dios y de los hombres (1965). Recupero para ustedes estas frases: “María es Niña del sí, Mujer de cada día, Negra, Campesina, Comadre de suburbio, Señora de la ciudad, Madre de los ausentes, Soledad, Vencedora de la muerte, Alegría y Madre del mundo nuevo”.
Qué gran misterio es el de nuestra fe porque, aunque los efectos de la pandemia actual han puesto al mundo entero de rodillas, el sonido del evangelio liberador de Jesucristo nos hace levantar la mirada hacia Dios implorando su misericordia.
Que el manto de la Santísima Virgen María nos proteja en este momento de tanta incertidumbre y que clame al todo Poderoso, para que su mano protectora nos proteja
Ave María, ruega por nosotros. Así sea.