“Permítanme cerrar este capítulo con un pequeño apólogo a sopesar muy bien antes de reírse de él.
Que haya sido Shakespeare el que tenía el papel del ghost en Hamlet es quizás el único hecho capaz de refutar el enunciado de Borges: que Shakespeare era, como dice él, nadie (nobody, niemand).
Para que el psicoanálisis, en cambio, vuelva a ser lo que jamás dejó de ser: un acto aún por venir, es importante que se sepa que yo no desempeño el papel del ghost, y por eso firmo.”
- Jacques Lacan, 1968. De lo que firma Lacan, “Introducción de Scilicet como título de la revista”, en: Otros escritos, Paidós, 2012.
El autor de "Sobre el poder determinante de los nombres" soporta el peso del suyo. A tal punto que, en las primeras ediciones de Escritos de J. Lacan al buscarlo en el Índice onomástico se nos envía a esta frase de Lacan: "Sin dudas el cadáver es por cierto un significante, pero la tumba de Moisés está tan vacía para Freud como la de Cristo para Hegel -Abraham no ha entregado su secreto a ninguno de los dos"
Karl Abraham, el otro de Jung, el cristiano, para Freud, se aproximó al problema del monoteísmo y al del nombre antes que el Moisés de Freud y encontró a la madre en ese origen (algo que Freud le corrige señalándole la mayor importancia del padre en el asunto). Recordemos que cuando Lacan dice que el Edipo siempre es el de la madre se refiere al deseo femenino en juego, el deseo por el cual Freud termina preguntándose al final de su vida.
Lamentablemente para el psicoanálisis Abraham terminó produciendo lo que podemos llamar una "religión de objeto" en su desvío kleiniano.
SOBRE EL PODER DETERMINANTE DE LOS NOMBRES (1911)
En su texto sobre “Las implicaciones de los nombres”(1) Stekel ha llamado la atención hacia las relaciones ocultas tanto entre nombres y ocupaciones como entre nombres y neurosis. Como el autor demuestra con abundantes ejemplos, el portador de un nombre a menudo siente que tiene un deber hacia el mismo; en otros casos, un nombre puede suscitar ciertas reacciones psicológicas tales como la obstinación, el orgullo o la vergüenza. La pregunta de Stekel ciertamente merece nuestra atención. Intentaré contribuir a su clarificación.
Puedo confirmar la observación de Stekel debido a mi experiencia con pacientes neuróticos. A modo de ilustración, puedo mencionar dos casos de neurosis obsesiva donde encontré una conexión entre el significado del nombre del paciente y el contenido de sus ideas obsesivas, y también, actualmente, estoy tratando a un homosexual cuyo nombre está en total correspondencia con sus rasgos de carácter femeninos. Quisiera agregar que, en algunas familias, un rasgo de personalidad se transmite en un nombre particular. Conozco, por ejemplo, a una familia cuyos miembros están caracterizados especialmente por su orgullo, y cuyo nombre está en completa concordancia con sus personalidades. En tales casos, un ancestro pudo haber asumido, o haberle sido asignado, ese nombre porque esa cualidad era evidente. Ese rasgo hasta pudo haber sido transmitido sin el apoyo del nombre. Esto último, sin embargo, impone un deber sobre los descendientes, de exhibir de manera peculiar esa característica particular.
Un ejemplo clásico del efecto determinante de los nombres se encuentra en Die Wahlverwandtschaften (Las afinidades electivas) de Goethe (Parte 1, capítulo 2): “… Mittler les contó las cosas que había hecho y los proyectos del día. Aquel hombre extraño había sido clérigo anteriormente y, en medio de su infatigable actividad, se había distinguido en su cargo por haber sabido aplacar todas las riñas, tanto las domésticas como las vecinales, al principio de individuos singulares, luego de comunidades enteras y numerosos propietarios. Mientras ejerció su ministerio no se divorció ninguna pareja y los tribunales regionales no habían sabido de ningún litigio o proceso que proviniera de allí. Pronto se dio cuenta de lo necesario que le era saber derecho. Se lanzó de lleno al estudio y enseguida se sintió a la altura del más hábil de los abogados. Su círculo de influencia se extendió de modo admirable y estaban a punto de llamarlo para un puesto en la residencia, con el fin de que pudiera terminar desde arriba lo que había empezado desde abajo, cuando obtuvo una considerable ganancia en la lotería, se compró una propiedad de tamaño moderado, la puso en arriendo y la convirtió en el punto central de su actividad, animado del firme propósito, o tal vez limitándose a seguir su antigua costumbre y su tendencia más propia, de no demorarse nunca en una casa en la que no hubiera ningún litigio que resolver o alguna disputa en la que terciar. Los que creían en la superstición del significado de los nombres pretendían que su apellido Mittler(2) le había obligado a seguir su raro destino.”
Ciertamente, a menudo nos encontramos con algún niño que tiene el mismo nombre propio que el de una celebridad e intenta imitarla, o muestra interés en ella de alguna otra manera. El nombre propio Alejandro, por ejemplo, puede lograr que el portador tome especial interés en Alejandro Magno y que se identifique con él en sus fantasías. Un ejemplo notable es el del historiador Ottokar Lorenz, quien escribió una biografía del Rey Ottokar de Bohemia.
También acuerdo con Stekel cuando dice que, en la elección del objeto de amor, a menudo, es aparente la influencia determinante del nombre. Me abstengo, sin embargo, de mencionar ejemplos concretos.
La referencia a la costumbre que tienen algunas personas de divertirse transformando su nombre también es interesante. En conexión a esto Stekel menciona a Stendhal. La literatura alemana contiene un caso de este estilo, particularmente curioso, el de Johann Fischart, quien hizo los cambios más extraños en su nombre, usándolos para desarrollar referencias asociativas de lo más peculiares.
La única objeción que tengo es respecto de la elección del término que hace Stekel. Él lo llama “Verpflichtung des Namens” (la obligación hacia el nombre). Esto no me parece lo suficientemente claro, ni formalmente preciso. Debería, por lo tanto, recomendar el término que he utilizado en el título de esta contribución.
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1) Zeitschrift für Psychotherapie und medizinische Psichologie, 3, Part II, 1911.
2) NT: el nombre Mittler significa intermediario, negociador o mediador.