La noche caía debajo de sí, miró las estrellas comenzar a aparecer, la luna que clamaba su momento de protagonismo al sol, casi tomándolo a la fuerza. La sangre se tornaba negra por los tonos que obtenía del la tierra húmeda que los sostenía; Un cuerpo muerto (inocente, sin culpa, con un destino sangriento), un asesino (cruel, bizarro, sin culpa alguna de su temible y aberrante acto), lamió sus dedos como si del premio de victoria se trataba. Frente a él y sobre el suelo se encontraba el cuerpo sin vida de un joven que no podía ser descrito con otra palabra más que bello, la pura belleza de la juventud, ingenuidad; Su piel blanca iba desde la frescura de los pétalos de rosa cubiertos por el rocío de la madrugada, hasta la suavidad de la piel de un recién nacido aún cubierto por la sangre que le dio la vida.
Bajó su postura para poder acariciar esa piel que ahora estaba cubierta por su propia sangre, el contraste de su blanca piel con lo rojo de su sangre le daba la satisfacción de su pecado. Con su mano derecha comenzó a acariciar su rostro, su sonrisa no podía decir nada más que la tiranía de retirar el alma de un cuerpo que tenía un futuro brillante, un espíritu salvaje que controlar con la vida.
Se sentó a su lado, lo que había sido el cuerpo musculado de un joven ahora era poco más que un montón de tripas, trozos de sus ropas desgarradas, sanguinolentos pedazos de piel; Nadie reconocería un cuerpo humano entre todo eso, sin embargo la fascinación de Jeffrey era dejar intacta su cara, mirar la expresión de miedo una vez que sus dientes fueran enterrados en su cuello, directamente en la carótida para que en menos de un minuto su cuerpo se encontrara debilitado, más cerca de la muerte que de la esperanza. En es mirada azulada, expresión de horror pero calidez por sus labios, recordó entre las penumbras la primera vez que dio un beso, justamente porque la persona que recibió su primer beso inocente fue alguien que sería una versión infantil del joven asesinado.
Comenzó a acariciar el cabello dorado de su victima, haciendo memoria:
Sus diez años habían pasado hacía algunos días, sin embargo aún se encontraba vagando por una cuidad que apenas conocía, la noche lo golpeaba sin embargo sus fuerzas sobrenaturales lo ayudaban demasiado, desde que se fue de su primera masacre había despertado la atención de los jefes de policía, incluso de algunos federales debido a la misma conexión entre muertes. El parque de la cuidad era el lugar más seguro hasta que aumentaron la seguridad del lugar, seguía caminando por las calles hasta que encontró una casa que parecía cálida, la rodeó para ver que en el patio había algo así como una castillo lo suficientemente grande para que un niño pudiera jugar en el. Saltó la valla y sin hacer mucho ruido, abrió la pequeña puerta del castillo , pudo entrar sin problemas, el plástico no era lo más confortable del mundo, pero era mucho mejor que dormir en el concreto de una calle, con el frío, el peligro, sin saber bien cómo controlar su maldición. Cerró los ojos hasta que la calma fue cu canción de cuna, imaginando que estaba en su casa, con sus padres, era cierto que los extrañaba, pero era de una manera enferma, imaginando que renacieran de lo que les había hecho, con sus rostros ensangrentados, viendo TV, la imagen fue lo que lo llevó a los sueños.
Justo en la mañana pudo abrir los ojos, rebelando que un niño lo estaba mirando, se espantó y su primera reacción fue alejarse, pero no pudo hacerlo lo suficiente, la pared de plástico lo detuvo. El pequeño niño, que suponía era dueño del castillo lo miró sin juzgarlo, de hecho le dedicó una sonrisa, lentamente sacó de su bolsillo una barra de chocolate, Jeffrey no confiaba de nadie, pero el niño que podía imaginar tenía su edad o un poco más pequeño salió de su castillo, dejando la barra de chocolate. Pasaron minutos hasta que el hambre lo llevó a abrir ese dulce y comerlo completo, descubriendo que de hecho el sabor no era malo, no lo saciaba de la manera en que la carne humana lo había hecho, pero sentía que el control regresaba a sus manos poco a poco. Esperó en ese lugar algunas horas, no quería peligrar saliendo y que los padres del infante lo llevaran a la policía o algo así. Llegó la tarde y miraba entre las ventanas del castillo si no había nada, y no lo había, sólo movimiento dentro de la casa, un padre, una madre, nada más que eso, pero en varias ocasiones el niño de cabellera rubia y ojos como diamantes azules miraba por la ventana que daba directo al patio desde su habitación en el segundo piso. Era una sensación extraña, justo en ese momento se sentía como la mascota secreta del otro niño.
Pasaron más horas cuando sus nervios ya estaban abajo, escuchó la puerta abrirse y el niño entrar. No le dijo nada, acercó dos barras de chocolate y un paquete de ositos de gomita, no entendía en qué momento le diría a sus padres que había un niño en su castillo de juguete, pero antes de que lo hiciera se iría. — ¿Te quedarás aquí a dormir? — Pudo escuchar por primera vez la voz infantil, notando que posiblemente era menor que él. Jeffrey se encogió de hombros, tomó las barras de chocolate y se las echó a la boca sin ningún tipo de modal, comía con la boca abierta, dejaba que algunos trozos de gomitas salieran de su boca, era un completo desastre. El rubio sólo sonreía por su forma de comer. — Puedes ser mi amigo, yo te cuidaré. — El Wendigo lo miró con cierta desconfianza, pero asintió, no le veía nada de malo tener a alguien que lo cuidara y le llevara de comer, era algo positivo. Pero entendía que en algún momento debía irse.
Pasaron dos días más, los padres del otro no habían notado nada de lo que pasaba, el menor le había dado dulces para desayunar, comer y cenar, le llevó un par de frasadas para que no pasara frío. Era una criatura realmente dulce, pero aún así el mayor no tenía toda la confianza del mundo en él. Por la noche entró, llevaba una almohada y un paquete de tiras de regaliz, se sentó a su lado y le miró por unos cuantos minutos. — ¿Qué? — Respondió Jeffrey por su mirada. El rubio negó con la cabeza y se acercó para besarle la mejilla, una sonrisa, y salió del castillo.
No había entendido que había sido eso, nunca había sido besado por un niño, pero no se sentía mal, de hecho algo dentro de sí lo hizo recobrar cierta cordura, esa misma noche durmió entre lágrimas, hasta que la inconsciencia fue su salvación de los recuerdos.
Al despertar había regresado el hambre, habían pasado cuatro días sin comer nada más que dulces, lo controlaban pero eso no serviría para siempre, por primera vez salió del castillo, no había nadie en casa, así que entró por la entrada del perro que no tenían, se preguntaba si habían comprado la casa así o su perro había fallecido.
Siguió por los pasillos, tratando de buscar la cocina, con suerte encontraría carne de cualquier animal, eso calmaría más sus ansias de alimentarse de la piel cálida de un humano. Minutos después se puso de malas ya que no había nada que le sirviera en la cocina, escuchó un par de pasos por las escaleras, se escondió detrás de un mueble en la sala, tratando de observar. — ¿Jeffrey? — Le dijo su nuevo amigo, el segundo día que había estado en el castillo se dijeron sus nombres. — Luke. — Levantó la mirada de detrás del mueble, mirando que el chico estaba con su pijama de dinosaurio. — ¿Qué haces aquí?, ¿tienes hambre? — Jeffrey asintió, pero en sus ojos estaba la desesperación de un demonio en busca de saciar sus necesidades primordiales, como cualquier animal el cazar era su instinto nato. Sentía sus garras comenzar a crecer, sus dientes cambiar de forma y volvió a esconderse detrás del mueble. Luke caminó hasta verle. — ¿Qué te pasa? — El Wendigo comenzó a temblar, el olor del rubio penetraba sus fosas nasales, sus glándulas salivales secretaban más saliva. — ¿Dónde están tus padres? Ve con ellos, aléjate de aquí. — Dijo Jeffrey. — No están, fueron a visitar a mi abuela que está enferma, pero no puedo ir porque puedo contagiarme, no tardarán. — La respuesta del rubio no lo convencía, pronto los ojos del pelinegro se tornaron nublados. Su conciencia estaba perdida, lo único que veía era la comida frente a él, el miedo en los ojos del infante lo hicieron correr, gritar, el miedo se apoderaba de su cuerpo, Jeffrey comenzó a perseguirlo, lo atrapó en las escaleras, ese dulce niño que le había dado cariño por esos días, mostraba el peor de los miedos, un monstruo lo atacaba sin piedad, arrancando sus prendas en el tono más adorable de verde, Luke lloraba, suplicaba, buscaba esos ojos azules de los cuales había sentido un cariño infantil puro y sagrado. Pero ya no estaban, la esperanza de salvarse estaba cada vez más lejos, y pronto su cuerpo se quedó sin fuerzas de luchar, la vida había sido arrancada de su cuerpo ensangrentado. Entre la piel que despedazaba en sus dientes, Jeffrey cambió su forma en un momento, miró lo que había hecho, la sangre corriendo por los escalones de madera, la expresión de horror en esa piel de porcelana, las lagrimas que se combinaban con la sangre. Fue la primera vez que el Wendigo sintió que el mundo se caía a sus pies, el dolor penetraba en su cuerpo como la mayor daga ardiente. Pero su mente comenzó a torcerse, sus demonios tomaron nuevamente control de su cuerpo, de sus sentimientos, miró con confusión ese cuerpo muerto, su piel cambiaba de temperatura poco a poco, el brillo de esos ojos tiernos se había ido, mostrando el dolor en una neblina semi transparente sobre éstos. Por la mente del pelinegro pasó el momento en que besó su mejilla, esa suave piel de sus labios rozando su mejilla.