Me fui a dormir llorando. Con 19 años no es la primera vez. Pero hoy no es como el resto de las veces. Hoy ese llanto ni siquiera es llanto, es amargura, decepción, impotencia, por una clase política que se cree omnipotente, que hoy decide extender una agonía.
“¡Vamos todavia!” exclamó la vicepresidenta de la Nación al darse a conocer los resultados, como si se tratara de un River-Boca. Pero esto no es fútbol. Se ponen en juego 41 vidas por hora.
41 vidas estimadas porque en la oscuridad de la clandestinidad, no hay certezas. No hay derrota, porque estoy convencida de que tarde o temprano la ley va a salir. Pero en el país de los viejos vinagres, de los dinosaurios, hoy creen que ganaron. Hoy ganamos un año más de muertes, un año más de dolor, un año más de negar, como dijo Pino Solanas, el derecho al goce. No sólo negarlo, sino punitivizarlo. Hoy les jóvenes debemos enfrentarnos a una sociedad adulta recalcitrante, punitivista, envalentonada, una que castiga el placer femenino, las disidencias, la autonomía. Una que aún cree que la vida puede ser regida por un Estado-Iglesia puritano, como en la Edad Media, que nos ha dado a entender que preferiría dejarnos morir “por putas” antes que interrumpir un embarazo que nos pone en riesgo, que nos hiere física, psicológica e identitariamente. Porque al fin y al cabo, es eso. No les importan las vidas, no les importa la educación, no creen en la justicia: quieren atacar y boicotear las identidades femeninas, feministas, trans, disidentes. Y lo hacen sin escrúpulos dentro de esa burbuja imaginaria de un deseo mayoritario que no se condice con las estadísticas y encuestas reales, ni con la realidad de un país cuya militancia joven, cuyo futuro, ha hablado. Hacen oídos sordos a las voces de la ciudadanía que los eligió, para dar lugar a sus valores e intereses personales.
Consideran que “hay cosas más importantes” y sin embargo sólo lo recuerdan cuando deben oponerse a un derecho que les genera repulsión.
La libertad, el placer y el poder sobre el propio cuerpo les da asco, pero por sobre todo miedo.
Temen el otorgarnos poder sobre lo que se nos ha negado durante siglos.
Estamos verdes, y no de inmadurez. Estamos verdes de pañuelos, de decisión, de argumentos reales y tangibles, coherentes. Porque nos han dejado más que claro que es hora de una renovación, y más rápido que nunca. Porque la juventud no olvida y no perdona. Cada detracción, cada ego, será recordado. Porque llegamos al Senado, y volveremos a llegar, cueste lo que cueste.
Son las 5am y todavía no me puedo dormir, pensando en lo que hoy se nos negó, y en lo que está por venir. El futuro lo hacemos nosotrxs segundo a segundo, y quienes hoy y en estos últimos meses detractaron la ley ya quedaron lejos, no sólo del futuro sino del presente. Del siglo XXI en general.
Si nos hacía falta un último empujón para dar el volantazo, nos lo acaban de dar. Piensan que ganaron, quizás en el paleozoico. Pero nosotrxs ya estamos en el Congreso, ya nos organizamos y llenamos la plaza, y este es sólo el comienzo.
Será ley, y será nuestra.