El viejo Comídetes
Cuando Miranda era una niña pequeña, no es que fuera una niña mala, mucho menos traviesa o rebelde. Más bien era tímida y contemplativa. Esa misma naturaleza que tenía la hacía no participar en ninguna labor doméstica, por más sencilla que fuera.
Un día su abuela la miró fijamente y con una voz tranquila le dijo:
-Te hace falta conocer al viejo Comídetes-
La madre de Miranda escuchó y asintió. Miranda no había escuchado nunca hablar del viejo Comídetes pero al parecer, ese señor había entrenado a su bisabuela y a sus tías en aspectos importantes y básicos de la vida. Su propia madre apoyaba que el señor viniera a conocerla. Así que se pasó el tiempo imaginando como sería ese personaje y qué cosas le enseñaría.
Una mañana llegó el señor Comídetes. Era alto, vestía como un catrín, su aspecto era pulcro e impecable. Su postura y sus movimientos corporales le hacían tener un aspecto de persona importante. La miró, se agachó y preguntó:
-¿Tú eres Miranda?- su voz era imponente, pero amable y suave
-Sí- respondió.
-Bueno, tu abuela y tu madre me hicieron una petición especial para enseñarte ciertas cosas que son apropiadas para tu edad. Empezaremos barriendo las escaleras desde el techo hacia la entrada-
-¡Pero son muchas! Y además, mi abuela no me lo ha pedido-
-No te pregunté si lo pidió, te dije que lo hicieras- respondió amablemente el señor y se dirigió a otro lugar en la cocina.
A Miranda le parecía tedioso escuchar la voz del señor Comídetes. La ponía a realizar muchos recados y labores domésticas. Inclusive, la hizo ofrecerse a cuidar los frijoles, alimentar a los animales, a lavar servilletas de tela en la casa de su tía abuela y demás cosas que no tenía al caso llevar a la mente. Terminaba agotada y no tenía mucho tiempo para jugar.
Esas vacaciones fueron abrumadoras. Miranda volvió un poco hastiada y perdió contacto con el señor Comídetes.
Para cuando había vuelto a la casa de su abuela, la señora amablemente le comentó a Miranda, que el señor Comídetes había dado buenas referencias de su trabajo hace un par de meses.
-No sé por qué dice que soy buena, sólo me puso a hacer labores domésticas y a encargarme tareas que no me correspondían- respondió un poco irritada, al recordar todo el trabajo que había realizado.
-Y es por ello que tu tía abuela, tus tías, tus primas te agradecen. Al ofrecerte a ayudarles te recuerdan con mucho cariño y preguntan por ti. El señor Comídetes no te puso a hacer tareas al azar, te ha enseñado que en cualquier lugar debes ser servicial y generoso, aunque no poseas más que tu tiempo. La persona que hace eso en cualquier casa es recordada y recibida con gusto, porque eres oro y no representa jamás una carga-
Miranda se quedó pensando en todas las labores que había hecho sin que se lo pidieran. O en aquellas veces que se ofreció a ayudar estando en una casa ajena. Y en lo felices que estaban sus parientes y amigos por tenerla ahí. Todo ese trabajo duro había valido la pena si eso aliviaba un poco la carga de sus conocidos.
No volvió a ver al Viejo Comídetes en su vida, es cierto. Sin embargo siempre que llega a un lugar, siempre que está con alguien, siempre que va con sus parientes, lo primero que dice después de saludar es repetir las palabras que decía Don Comídetes cuando llegaba a algún sitio: “Díganme en qué ayudo”.
[Mi bisabuela Alejandrina hizo una representación bella de viejo Comídetes, una personalización de la palabra “Acomedido”]









