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Hoy en día las empresas le dedican tanto tiempo y recursos a que la experiencia de compra del cliente sea algo extraordinaria que se olvidan casi por completo de lo que pasa después de… Ahí radica el reto en el proceso de atención a clientes. Vale la pena que te preguntes si realmente tienes políticas y personas, desde el que barre hasta los que toman las decisiones, enfocadas100% hacia el cliente una vez que ha adquirido uno de tus productos o servicios.
Conversación con el Diablo
— ¿Qué pasó, Diablo? ¿Cómo está la vaina? — Bueh, bien. Aquí, llevándola. ¿Tú? ¿Qué tal? — Coño, mejor imposible. De pana, todo está yendo de maravillas, Diablo, y eso tengo que agradecértelo a ti: la salud, los negocios, las mujeres, la familia. Todo viento en popa desde que te vendí el alma. — Bien... me alegro. — ¡Coño, Diablo, tienes el entusiasmo a mil! ¿Qué pasó? ¿Por qué esa cara larga? ¿Te puedo ayudar en algo? — Sí; de hecho, precisamente de eso te quería hablar. Este... necesito darte de vuelta tu alma y que me devuelvas mi vaina. — ¿Qué? ¡Estás loco, Diablo! ¡Ese negocio está hecho, y en la letrica chiquita decía que ambos estábamos satisfechos con el contrato! — Sí, yo sé, pero es que... coño, no sabes el rolo de peo que me armó mi mujer: que si ya estaba harta, que le tenía la casa llena de almas por todos lados. Me dijo incluso que las almas o ella. Imagínate tú. — Mmmmm.... — Sí, me salió con esa: que si ya no podía seguir gastándome la plata en esa compradera así a lo loco, que tenía que madurar, qué hasta cuándo iba a estar en esa vaina, que esa es la herencia de los carajitos y que si seguía gastando así, no les iba a quedar nada, y todo ese rollo. Y bueno, nada, chamo: se me prendió ese peo en la casa con la señora. — Ya veo. — A mí me da muchísima pena contigo, pero coño, vengo aquí a decirte que voy a devolverte tu alma y bueno, chamo, lo siento, quitarte todo lo que te di. Vas a tener que buscarte la manera de resolver tu vaina tú mismo, sin mi ayuda. — ¡No, Diablo! ¿Y entonces? ¡Yo pensé que tú eras gente seria, francamente! ¡Las cosas no pueden ser así! ¡Ese negocio fue palabreado, firmado, sellado y notariado! — Sí, lo sé, bróder. Pero coño, ¿no me puedes hacer esa segunda? — Mira... no.