mom
Es curioso lo fácil que se puede romper a una persona, quebrarla en miles de pedazos, pero es aún más curioso como cada pieza rota puede dañarte mil veces peor.
Siempre recuerdo a mi madre, tal vez, si ella se hubiera quedado no sería la asesina que soy hoy, pero me alegro que no se quedase conmigo.
Recuerdo esa cabellera negra cayendo sobre los delgados hombros, cargando a un pequeño bebé que solamente lloraba y lloraba, día y noche, sí, ese era Mao; recuerdo el aroma dulce, no era perfume, ni algún caramelo, era un olor maternal, suave al olfato, como el de una flor, tal ver una gardenia, o una. Sus manos eran suaves y sumamente delgadas, eso lo recuerdo, sus uñas siempre estaban cortas y normalmente llevaba un color rosa pálido en las uñas, sus labios eran pequeños y muy rosados por naturaleza como si hubiera comido una paleta de cereza.
Mañana de primavera, o por lo menos eso recuerdo del calendario, tenía cinco años, jugaba con los niños de la aldea, ellos querían salvar a la doncella, pero esta doncella los salvaba a ellos con espada en mano. Recuerdo los ojos de furia de mi madre al verme jugar “cosas para niños”, las mujeres a su alrededor se burlaban de su pequeña niña de manos sucias y a los segundos mis muñecas se encontraban atrapadas entre sus manos, de un jalón me metió a la casa, antes de ponerme diez golpes en la espalda, siempre aumentaba un golpe cada vez que me encontraba jugando con los niños. Sí, ella era un ángel, cuando no te metías con su reputación, pero yo no podía dejar de intervenir en su imagen de esposa perfecta. Tenía que serlo, pues papá ya no estaba ahí y ella aún tenía el título de la mujer perfecta, hasta esa noche.
La misma noche de primavera, cayendo el sol y al mismo tiempo ella caía en las manos de los Hunos. Siempre fui demasiado exigente con lo que quiero, y mis gustos tan exagerados la quebraron. No es secreto que el té de ginseng es mi favorito, pero tiene que ser especialmente un tipo de ginseng y cortado reciente, ella salió como casi todas las noches, normalmente la esperaba sentada en las escaleras de la casa, con mis sandalias de Hello Kitty y mi vestido de pijama, pero yo ya era una niña grande y tenía que aprender a hacer lo que mamá hacía. Nos vestimos y salimos en busca del ginseng que tanto amo, me encargué de la linterna, alumbrando los pasos de mi madre, aunque realmente la estaba llevando al matadero.
Las niñas no podemos aguantar tanto nuestra vejiga, y la naturaleza me llamó a hacer mis necesidades, todo estaba bien, hasta que escuche el grito desgarrador de mi madre, el grito de dolor que se ha quedado marcado en mí, en mi cabeza, en mis oídos, incluso lo siento en la piel cada vez que pienso en esa noche. Corrí hasta donde la había dejado, pero en vez de encontrarme con la sonrisa de ella, la encontré en el suelo, sin su vestido amarillo que tan lindo se le veía, debajo de un hombre que definitivamente no era papá, su rostro contra el suelo y las mejillas húmedas. Él la apretaba tan fuerte que la hacía gritar de dolor, la lastimaba, frente a los ojos inocentes de una niña de cinco años, si hubiera sido mayor la hubiera salvado, pero no, obviamente no pude. Mi alma se parte cuando recuerdo como alzó la mirada a su pequeña niña, la niña que ahora ya no era valiente, era una bolita de miedo, un cuerpo paralizado que ni siquiera comprendía que pasaba pero sabía que no era bueno. Recuerdo las preguntas tan tontas que me hacía en ese momento “¿Por qué mami está llorando? ¿Por qué ella grita? ¿Por qué él la lastima?”.
Me hice ovillo en el pastizal, cubriendo mis oídos con mis pequeñas manos, intentando bloquear los sonidos, los gritos, los gemidos y quejidos de mi ángel, los ojos cerrados con fuerza intentando sacar la imagen de mi madre llorando de dolor con el rostro lleno de tierra, pero la memoria eidética no ayuda para nada. A los pocos minutos dejé de escuchar los quejidos de mi madre, incluso descubrí mis orejas para escuchar alguna señal de vida y la había pues aún escuchaba los sonidos de ambas pieles golpeándose, abrí los ojos y dirigí la mirada hacía ella, ya ni siquiera se veía con vida, estaba exhausta, ni quejarse podía, a este punto sólo podía quedarse quieta aunque más lastimada ya no se podía. Él se fue, no sin antes escupir sobre mi madre, cuando ya no estaba cerca me arrastré hasta ella, una de mis manos acariciaba sus mejillas, intentando limpiar la suciedad que la cubría, su cuello estaba lleno de marcas alrededor, clara señal de que la ahorcaba, sus muñecas se encontraban igual de lastimadas y yo solamente podía preguntarle porque no se levantaba, porque no íbamos a casa a preparar té, a que me contara una leyenda china para dormir, ni sus manos movía, sus ojos cristalinos eran lo único que me indicaban que seguía viva y cuando una sonrisa de dolor se presentó en su rostro, me recosté a su lado, tomando uno de sus brazos para colocarlo sobre mi abdomen, dormí al lado de mi madre casi muerta.
Otra mañana de primavera, seguía sobre el pastizal pero ya no sentía el calor de mi madre, ella ya no estaba, probablemente se levantó en la madrugada pues faltaba la linterna que usamos la noche anterior. El corazón me latía a mil por hora, miraba a todos lados en busca de su silueta, o alguna señal que me dijera que estaba cerca, me levanté para comenzar a correr por todo el lugar, tropezando más de un par de veces, raspando mis rodillas y palmas, incluso mis pies se atoraban en las ramas de los arboles creando marcas que se parecían a las que mamá tenía la noche anterior. No me di cuenta en el momento que llegué al precipicio, ni siquiera sabía que había uno cerca, pero su vestido amarillo ahora roto y sucio estaba en la orilla, me asomé un poco buscándola en el agua, pero claramente no la encontré. Hayabusa me encontró a mi cuando estaba decidida a bajar por las rocas para buscar a mi madre, siempre odie que fuera tan fuerte, no era justo, él pudo cargarme como si fuera una pluma más, sujetando el cuello de mi camisa me arrastró por el lugar, aunque no fue fácil hice todo para quedarme en el lugar, sujetándome de las rocas, las plantas incluso apretaba mis manos contra el suelo, haciendo sangrar mis manos y mis uñas que se levantaban por la fuerza que ponía sobre ellas. Siempre admiré a Hayabusa por no rendirse, esperó a que estuviera lo suficientemente exhausta para llevarme con facilidad hasta la casa que pasó de ser un hogar a ser una construcción más en menos de doce horas.
Ahí tomó su forma humana, y para entonces yo ya les temía a los hombres grandes como él. Detrás aparecieron dos pequeños, sus hijos, y una señora que no era nada hermosa comparada con mamá. Eran como monstruos ante mis ojos, monstruos que esperaban cualquier movimiento de mi parte para poder acabar conmigo de una vez por todas, y siendo sinceros, eso no hubiera sido mala idea. Pero en cambio la niña se acercó a mí para tomar mi confianza, luego la mujer, el niño fue el tercero, pero Hayabusa solamente miró por unos segundos antes de desaparecer por la ventana. Ellos me levantaron del suelo, la mujer me dio una ducha y me vistió con un vestido amarillo que era similar al de mi madre, me mire frente al espejo, era la clara imagen de mi madre, por eso no uso amarillo, no es mi color, es el color de mi madre. La señora me tomó de los hombros para dedicarme una sonrisa falsa y abrazarme tan vacía de corazón a comparación de los abrazos que me daba mi madre.
Como si nada hubiera pasado, como si mi madre nunca existió, o como si yo aquella noche de primavera nunca llegó, salí de casa, con mi espada de juguete en mano, buscando al huno de la noche anterior.













