“…No puedes irte a Auradon como si fueras parte de la realeza, porque no lo eres Asmodeo.
-Sabes que no me gusta que me llames así.
-Bueno ¿Y cómo quieres que te llame, Asmodeo Tremaine?…”
Esa noche estabas tan molesto conmigo que quería arrancarme el corazón y dárselo de sacrificio a Satanás. Fue la última noche que tuve el placer tus ojos, ojos que solamente brillaban cuando me miraban a mi.
¿Recuerdas como nos conocimos? Porque yo recuerdo cada segundo, cada palabra y cada movimiento de aquella noche.
Desde que escape de la Mansión Tremaine me dediqué a sobrevivir –Como todos en la Isla- y a observar a los habitantes del lugar, pero tú eras –Eres- especial, eras tan pequeño y adorable que solamente quería llevarte en mi bolsillo, sí, así de diminuto eras.
Siempre nos encontrábamos en las mañanas, en la misma azotea, ni siquiera hablábamos, pero ahí estábamos, en nuestras formas salvajes, observando el alboroto de la ciudad, a un lado del otro.
Una de las tantas noches que me dediqué a cazar encontré a un pequeño murciélago intentando robar una fruta de otro chico que al parecer también la había robado, eras tú, intentando cien veces más que nosotros por sobrevivir, pues lo único que puedes comer es el néctar de esa fruta.
Sonará mal, pero agradezco que salieras lastimado esa noche. El chico desconocido te jaló demasiado fuerte de las alas, lastimándote la izquierda, ya estabas tirado en el suelo y el desconocido preparado para pisarte la cabeza, no lo iba a permitir, ni siquiera muerto hubiera permitido que te lastimaran. Ya había tenido multiples peleas en la calle, fue como un entrenamiento para enfrentarme contra el humano. Me lancé sobre su cabeza, arañando todo su rostro, creando heridas profundas, quería marcarlo por si me lo encontraba un futuro y hacerlo pagar por tu ala rota, me alegro de haberlo hecho, porque lo encontré, pero no te lo dije. Cuando la pelea terminó tu seguías en el suelo, los ojos cerrados y tu respiración más rápida que el aleteo de un colibrí. Me acerqué a ti, moviéndote un poco con mi hocico y pasando mi nariz por todo tu cuerpo, esperando que estuvieras bien. Te tomé en mi hocico, para llevarte a aquella azotea en la que compartíamos nuestras salidas del sol, te dejé dentro del “fuerte” que había creado para dormir y bajé por la fruta por la cual habías quedado tan jodido.
Pero Oh Vaya, la sorpresa que me di al regresar, ya no estaba el pequeño murciélago negro, era un chico delgado de ojos cafés haciendo juego con tu cabello castaño. Al principio tuve miedo de acercarme, pues todos los humanos con los que me había encontrado antes de ti me trataron como una cucaracha, tuve miedo hasta que sonreíste, y te maldigo por tener una sonrisa tan dulce. Dejé la fruta en tus manos para después convertirme en humano yo también, tomé tu brazo roto analizando cada centímetro de él, no hacías ni un sonido, pero se notaba que te dolía como si estuvieras pisando clavos. Lo siento, siento haber acomodado tu brazo sin antes avisar, pero era necesario. Tu grito de agonía y mi risa fueron los únicos sonidos que emitimos esa noche, la noche en la que oficialmente te conocí.
Por 5 meses compartimos nuestras mañanas, por 12 fuimos los mejores amigos y por 24 estuviste enamorado de mi –Sí, yo también lo estuve y quien sabe, tal vez aún lo estamos- Por 41 meses estuvimos juntos, vimos más de mil amaneceres, compartimos cama alrededor de cuatrocientas noches, me besaste unas veinte veces, te besé unas diez y nos besamos otras docenas de veces.
¿En qué momento comencé a robar? En el momento que necesitaba tenerte a mi lado. Necesitaba mantenerte con vida, porque eras lo que mantenía mis ganas de seguir con la mía.
Incluso aprendí a escoger la mejor fruta con sólo mirarla, sabía cuáles son tus favoritas y donde las podía conseguir. Por alguna razón los ratones siempre confiaron en ti, tal vez porque pareces uno –Lo digo con amor- tu traías ratones y yo los mejores duraznos de la isla.
Recuerdo como siempre me ganabas en “Tag” el juego de persecución, pero yo siempre gané “Hide and Seek”, el que ganará dormiría en el sillón y el otro en el sucio suelo de la casa abandonada, aunque al último ambos dormíamos sobre el sillón, tu sobre mi cuerpo mientras nos cubríamos con una cobija percudida.
¿Recuerdas esa noche en la que te arañé la mejilla derecha? Lo siento pero estabas asfixiando a este hermoso gato negro, era un juego, pero casi nos matamos. No estábamos molestos, sólo que ese día se nos fue de las manos.
Salíamos a pasear por las azoteas, con la luna iluminando nuestros caminos, que aunque si no hubiera luna, tú iluminabas el mío y yo el tuyo. Saltaba de casa en casa, contigo volando a mi lado, a veces me empujabas para molestarme y yo intentaba atraparte, hasta que te tenía entre mis patas y te llevaba al suelo, sometiéndote, dábamos cientos de vueltas sobre el frío material de las casas, pero a pesar de ser menos fuerte que yo, eres más inteligente, siempre, de alguna manera el gato terminaba siendo sometido por el pequeño murciélago. ¡Si la gente nos hubiera visto! Hubieran pensado que somos almas gemelas, la gente no lo sabe, pero la luna sí lo sabe y nos lo confirma cada noche que la observamos, ambos desde la azotea, pero ya no de la misma casa.
La vida era más fácil como animal, eso es cierto, ni confirmes. Pero verte como humano me hace demasiado feliz, porque puedo tratarte como es debido.
Todas las noches que fuimos perseguidos no hubieran sido tan divertidas y llenas de adrenalina si no hubiéramos sido el As y el Giovanni humanos. Siempre tomaba tu mano para que corrieras más rápido. Extraño como entrábamos a las tiendas a robar comida, el gato era la carnada y el murciélago el ladrón, Ah demonios! No puedo dejar de reír de sólo pensar en la madriza que nos metían, terminábamos con un ojo morado y los labios sangrantes, pero oye, siempre conseguíamos lo que queríamos.
La primera fiesta de Halloween a la que fuimos juntos, fue totalmente la fiesta equivocada. Yo iba vestido de vampiro, y tú, de perro, sentí la traición aquella noche, hasta que te cambiaste las orejas y te dibujaste unos bigotes con un delineador hurtado de la bolsa de una de las chicas del lugar. ¿Cómo hiciste para que subiera al escenario? Eso es talento, o tal vez es porque no te puedo negar nada. Estaba frente a todos, con las luces en toda mi existencia, estaba más nervioso que la primera vez que intenté volver a casa. Pero lo hice, canté frente a los presentes, y lo único que necesité para armarme de valor fue tu sonrisa pidiéndome que comenzara a cantar. Bajé del escenario, tomándote por los hombros y unos minutos después estábamos en la parte trasera, compartiendo un cigarrillo. No sé cómo pasó, tal vez fue la luna que nos suplicó hacerlo, mis manos acunando tus mejillas mientras las tuyas dibujaban círculos en mi espalda, otra vez, como de costumbre me tenías con la espalda en la pared, sin poder salir, aunque no lo hubiera hecho. Nos admiramos por unos segundos, tus ojos castaños clavados en los míos, yo observaba tus labios que aún tenían una cicatriz. No pasaron ni dos segundos cuando ya nos estábamos besando, tan lento, tan suave y tan verdadero. Lo supe, esa noche supe que me querías más que a un amigo, no voy a negar lo que siento por ti, pues sería contradecir todas mis acciones hacía ti.
Necesitaba tener más besos como esos, en los que me podía sentir querido de verdad y no tener miedo a ser reemplazado. Ese día fue mi nuevo comienzo, tú eras mi nuevo comienzo y yo era tu nueva vida.
Desde esa noche no podíamos parar, necesitábamos uno del otro como cualquier ser humano necesitaba respirar, y no hablo de un deseo carnal, era un deseo del corazón tenernos cerca. Tu cuerpo un poco más pequeño que el mío siempre estaba rodeado con mis brazos mientras tu te acurrucabas en mi cuello, haciéndome cosquillas con tu respiración.
El sillón viejo que compartíamos y la cobija vieja que nos abrigaba al mismo tiempo, tal y como debió ser, sólo a nosotros dos, sin nadie que nos molestara.
Te ves tan lindo cuando duermes, tanto que es lo primero que pienso cuando cae la noche.
No uso los anillos que compartimos, pues no quiero que la gente pregunte sobre la persona que de verdad ama cada estúpida célula de mi existencia, muy muy estúpidas, porque yo te dejé.
Si no vienes a mí, mi corazón irá a buscarte.
En el último año conocimos a Caleb y Connor, el par de gatos siameses que aman armar drama y peleas, siempre y cuando no los incluya a ellos, hasta nosotros fuimos parte de su juego, pero aún así, son nuestros mejores amigos.
¿Cuál juego? El de Gianni besando a Caleb, para él no era un juego, pero sentí como si estuvieran jugando baseball con mi corazón.
Me encantaría describir cada beso que nos dimos, cada risa que me dedicaste, e incluso cada ronquido que hiciste, porque hasta eso era adorable de ti.
Sólo describiré el último, en el coche de Connor, los siameses habían entrado a un lugar que ni siquiera puedo recordar bien donde era. Pero tú y yo nos habíamos quedado solos, como antes de que los conociéramos. No necesitamos hablar, solamente nos dejamos llevar, seguiré culpando a la luna, ese día era enorme y brillante, tal vez porque sabía que era la última vez que nuestras almas estarían unidas.
Subiste a mis piernas y sin dudarlo tus labios estaban pegados a los míos, mis manos dentro de tu camiseta acariciando la suave piel que estaba debajo. Querías más –Y yo también- te alejaste de mis labios para dedicarte a quitar mi sudadera y camiseta, dejando mi torso descubierto, yo solamente podía reír y no era porque me estuviera burlando, sino que me parecía la mejor escena de mi vida. Tu camiseta ahora en el suelo del coche, sacaste los dientes para dejar marcas en mis clavículas, marcas que ya no son visibles en mi piel, pero están presentes 24/7. Intenté recostarte en el asiento y te golpeaste la cabeza, tu cara de dolor me mató de risa, una risa que callaste con otro beso, sabías como controlarme, a pesar de que yo soy el top –DIGO-. No, esa noche no lo hicimos, porque no lo necesitábamos para existir, simplemente necesitábamos tener un poco más del otro, más sentimientos, más cariño, más lugares para marcar y decir “eres mío”, Literalmente lo dijiste, en el último beso, recuerdo bien esa voz ronca y dulce tuya diciéndolo.
Sé lo mucho que odias a los Tremaine, en especial a Bel y a Mishell porque a pesar que tú eras lp único que tenía, yo siempre volvía a la mansión a ver cómo iba todo, para ellos era horrible, pero para mí era peor ver como fui reemplazado de forma tan fácil y tan rápida. Pero ellos no tienen la culpa de que los quiera demasiado, y tampoco es mi culpa por preocuparme por mi familia. Era tu inseguridad, no querías que te dejara, aunque siempre decía que no lo haría. Era tu rabia porque a veces te pedía que hicieras cosas por mí, para Bel y Mishell. Pero Giovanni, tu siempre fuiste el primer lugar, no hay porque odiar a mi familia.
No había pasado ni una semana del beso en el carro cuando te conté que me iba, había encontrado la manera de entrar a Auradon… y buscar a Mishell. Te conté, la noche anterior a mi partida. Y si pudiera volver a escoger, lo lamento, pero volvería a escoger irme ¿Por qué? Porque también lo hago por ti, porque quiero que vengas conmigo y quiero encontrar la forma para que puedas disfrutar de la vida plena que te mereces.
Gracias, a todos ustedes por salvar a Bel e intentar sacar a Dizzy, pero te agradezco mil veces más a ti, porque sé que tuviste que ir en contra de tu mente y corazón para sacar a mi hermano de ahí. Prometí que una vez Bel estuviera en Auradon cambiaría mi apellido, y ya no usaría Tremaine, fue lo único que me pediste por salvar a mi hermano. Ya no cargo ese apellido, tienes que adivinar el nuevo, tu mismo lo creaste para mi.
———————————————————————————————————–
Giovanni, si no me hubiera ido, ¿Dónde estaríamos ahora? ¿Jugando en las calles, abrazándonos en medio de la calle, esperando que nos mataran de una vez, o nos estaríamos besando en la parte trasera del coche –robado- de Connor?
Me salvaste, me salvaste muchas veces de mi propias acciones, te salve cien veces más, del mundo en general.
Dije que me iba porque quería dar lo mejor de mi para ti y para Bel, pero creo que lo mejor de mi eras tú.