“Muchos viajes, muchos estudios, empecé siendo pintor artístico, exponiendo en varias ocasiones llegando posteriormente a ser profesor en Tarancón (Cuenca) algo que me llenaba, pero mi espíritu me decía que mi camino era otro muy distinto, ser alquimista, algo que no me podía quitar de la cabeza.
Así, es preciso decir que creo sinceramente ahora que todos mis trabajos, viajes y estudios, formaron parte de un plan establecido para prepararme para lo que después me esperaba en la vida, tanta variación de matices y situaciones, y la acumulación de las experiencias vividas parecen destinadas a que ganase en sabiduría ante los avatares del mundo.
Empecé por cambiar mi nombre por un seudónimo, “Simón H.” (Tal como se me indicó que tenía que hacer). También es necesario decir que después del tiempo pasado y de los avisos recibidos, es ahora cuando estoy tomando conciencia de todo, pues antes muchos de los sucesos de todo tipo, que me veía obligado a pasar en la vida, a menudo cosas alejadas de lo normal y sencillo, me resultaban extraños.
Tenía que encontrar, el camino pero ¿el qué y cómo? Yo esperaba, sin saber que ese milagro de Dios, iba a producirse.
Poco a poco, con el estudio, ya conocía los escritos de los grandes maestros, y di por cierto que en nuestro siglo XX, hacia los años 20, hubo alguien llamado Fulcanelli, de quien se decían cosas asombrosas, pero de ninguna manera podía pensar entonces que después llegaría a comprender todo aquello.
Cayó en mis manos un librito que me dio algo de luz; su autor Ireneo Filaleteo, aunque dentro de la oscuridad y los símbolos, mezcla cosas, por ejemplo las materias. Primero dice y luego desmiente, oro que no es oro, “vía húmeda” y “vía seca”… no aclara muy bien donde empieza una o donde empieza la otra; la confusión era constante, aprendí que eran maniobras para despistar, confundir; no obstante a todo esto, encontré que Filaleteo decía verdades, algo disfrazadas, pero que había que tener en cuenta; entendía que eso era así, y también que por la gran diversidad de cosas que se describían, sería imposible siquiera conseguir el conocimiento de las materias reales.
Ya lo decía él mismo, en una de sus obras “con la lectura de los libros, solamente, si Dios no pone el dedo es imposible conocer y hacer la Obra”.
Habiendo tomado nota de lo anterior y cotejando a otros autores, después de mucho estudio, llegué a comprender que, efectivamente, tendría que producirse un milagro.
Repasaba la historia, ¿Quiénes fueron los alquimistas reales?, unos pocos sabios de todos los tiempos, más bien pocos, empezando por los antiguos sacerdotes egipcios, filósofos eminentísimos, santos y hombres muy excepcionales, y… quién era yo, al lado de esas gentes, pues nadie.
Estaba bien claro que, hasta entonces, solo había dado palos de ciego, lo único en lo que no dudaba era en mi fe en Dios, y no sabía si eso era suficiente.
Por fin el milagro se produjo llegó el día que tuve la gran sorpresa.
Ese día se abrieron mis ojos para contemplar no una fórmula, propiamente dicha, sino una clave, de momento no pude saber, de dónde provenía, pero era la llave certera que abrió la puerta a lo desconocido.
Y desde ese instante empecé a comprender aquellos opacos textos que fueron escritos bajo oscuros símbolos hace siglos, llevándome la sorpresa de que muchos de aquellos hombres no mentían.
Entonces por medio de sueños llegue a ver al Maestro que me guiaba meticulosamente.
También se me mostraron vidas anteriores en las que pude ver que ya muchos siglos antes había sido alquimista y otras muchas cosas, desde Sacerdote en Egipto, filósofo en la Edad Media, Cardenal cristiano y hasta hereje (por ser alquimista) que en otro tiempo fui quemado por la Inquisición. (Sé que a muchos esto les parecerá una fantasía, pero eso es lo cierto).
Pero, volvamos a los hechos, gracias a la ayuda del Maestro, yo tomaba notas en la noche, pero llegué a comprender que poner todo aquello en práctica no tenía nada de fácil, porque me decían lo que había que hacer, pero no cómo hacerlo.
La confianza era que si Dios y el Maestro me ayudaban, y me habían concedido conocer los primeros pasos, tendría que trabajar mucho, pero ya no estaba solo.
Y también hay que decir que una especie de fuerza inexplicable me hacía andar hacia delante y me libraba de los males que aparecían en el camino, a veces se me pedía que me apartase del mundo en meditación y oración; pero lo malo era (lo más doloroso) la incomprensión de los que me rodeaban, mi fuego interior sólo lo veía yo.
Pasó un año en el que hice muy poco. Último día del mes de Agosto de 1981. ¿Cuándo podré llegar a la Gran Medicina? La verdad es que me hacía falta; estando enfermo de litiasis me estaban tratando con muy pocos resultados, este problema de salud es algo que ya venía arrastrando desde mis trabajos en Francia, por estar expuesto a diferentes venenos en un laboratorio de pinturas, donde trabajaba como técnico en colorido, al tiempo que estudiaba. Ese año pasaron muchas cosas. Mi actividad no cesaba, me publicaron un Libro en Barcelona “La Puerta Cerrada”, “Diario de un alquimista”. Aparecieron entonces comentarios de este libro en varias revistas, que tuvo más éxito del que yo esperaba; mí llegada a la Alquimia fue una sorpresa para todos, cuando esta ciencia ya se consideraba una reliquia del pasado…
Realicé la Gran Obra, con mucho trabajo y penalidades, y encontré la Gran Medicina con la que me curé de mis enfermedades, luego curé a muchos otros.
Así se empezó a cumplir una de las predicciones que me habían hecho: “Serás Maestro de muchos. Es necesario que esparzas la semilla”.
El hecho de encontrar una Medicina como la alquímica, siempre será un invento más, de entre tantos como hoy existen. Al menos eso es lo que creen muchos. Pero no es cierto ni la alquimia ni la medicina que aporta tienen algo que ver con la ciencia actual.
Se da el caso que esta ciencia apareció en el mundo hace muchos siglos, más bien milenios y, por si fuera poco, en varios continentes a la vez.
Muchos años he dedicado al trabajo y a la enseñanza, hasta que al llegar a los 85 años he dejado que prosiga el más pequeño de mis hijos, Jesús, que parece que se está defendiendo muy bien con algo tan difícil.
Hoy sigo recibiendo llamadas de algunos de mis discípulos (dos de las mejores personas que he conocido) escribo y repaso todo aquello que he vivido en tan largos años.
(Simón H. – en Huesca a 24 de Diciembre de 2013.)