Ya se acabó. Después de diez días de cine, fantasía, terror, zombies, gore y películas de autor, el 45º Festival de Sitges cierra las cortinas hasta el año que viene. Ha sido una buena edición para un festival que ha sabido encontrar su espacio en la maraña de certámenes sin renunciar a su esencia y aspirando a conquistar a todo tipo de público. En ese sentido, además de la variada sección oficial, otras secciones paralelas como Noves Visions, Casa Asia y Anima't permiten llegar a todo tipo de aficionado cinéfilo y destacar aquello que les une, el cine; y no lo que los separa, los gustos.
El premio a Holy Motors demuestra muy bien el carácter poliédrico del festival: ciencia ficción, sí, terror, sí, pero mucho más.
Este es mi particular palmarés.
Holy Motors (Leos Carax, Francia, 2012): Boutade ridícula u obra maestra. Una patochada caprichosa de un niño mimado del cine, o un análisis concienzudo, sorprendente, fresco y original sobre la sociedad contemporánea, sobre el aislamiento, la incomunicación y el propio cine y sus mentiras de cartón piedra. Hay que mojarse, por lo tanto, me inclino por la segunda opción. Leos Carax presenta un film que sin lugar a dudas necesita de varios visionados para ir quitándole las capas, como si se tratara de una cebolla, y poder disfrutar de él en su máximo esplendor. Una propuesta arriesgada que merece el reconocimiento ortorgado.
Pietà (Kim Ki-Duk, Corea del Sur, 2012): Si Holy Motors es una película a ratos fría, con afán diseccionador, Pietà es todo lo contrario. Una película de entrañas, de vísceras emocionales, de vida y muerte y soledad. El director surcoreano ha logrado, después de una fase depresiva, culminar un clásico. Los que vimos Hierro 3, pensábamos que no la igualaría, pero lo ha logrado. En esta película se puede oler a Rossellini, a Dreyer, pero también, y sobre todo, a Kim Ki-Duk. Su estilo lo impregna todo: la violencia, la atracción fatal y una capacidad única para dominar el tempo fílmico.
Vous n'avez encore rien vu (Alain Resnais, Francia, 2012): Con 90 años ya cumplidos pero con una capacidad de hacer cine intacta, Resnais vuelve a escena con esta adaptación del mito griego "Orfeo y Eurídice". Una adaptación en la que vuelve a demostrar su profundo conocimiento tanto de la puesta en escena como de la dirección de actores. El francés se permite representar por partida doble una obra de teatro en pantalla (o en dos) y mantener el interés durante todo el metraje. No es necesario decir que los actores, desde Sabine Azéma hasta Mathieu Amalric, dan una auténtica lección. Un placer de película, ingeniosa, emocionante y como ya es habitual en Resnais, muy inteligente.
Cosmopolis (David Cronenberg, Canadá, 2012): Las virtudes de Cosmopolis son tantas que costaría que sus defectos la minasen. El dominio del espacio, del diálogo como presentación de un mundo que se resquebraja, son de auténtico maestro. No cabe duda de que Cronenberg lo es. Y de que ya sólo por el riesgo de adaptar a un autor otrora inadaptable como Don DeLillo, se le debería valorar muy positivamente. Aun así, hay algo que subyace a esta película que no acaba de cuajar de la manera en que podría. ¿Falta de ritmo, de atmósfera, de alma, al fin y al cabo? Quizás. Otros argumentarán que todo esto es propio del universo del que habla el libro, de ese capitalismo de casino y bisturí. Pero no podemos obviar que en la adaptación a imágenes, no todo puede ser igual. Se necesitan los cambios normales al pasar de un lenguaje a otro. En la novela de DeLillo, uno se permite leer las mismas frases dos, tres, cuatro veces, y reflexionar sobre ellas. En una película no hay tiempo. Es por eso que en ocasiones se le echa en falta mayor poderío visual. Aun así, estamos ante una gran propuesta, una de las mejores películas del año y con unas actuaciones brillantes tanto del vampiro Pattinson como de los secundarios.
Looper (Rian Johnson, Estados Unidos, 2012): La cinta que cerró el festival tiene todo lo necesario para convertirse no ya sólo en un blockbuster, sino en todo un clásico de la ciencia ficción mainstream. Con un sólido guion, un universo propio y un ritmo endiablado, lleno de giros, vueltas y tirabuzones que harán las delicias del espectador más necesitado de ellas, esta película sólo tiene un problema, y es de forma paradójica la base de su éxito: el tufo a comercialidad. Está en casi todo: desde las soluciones narrativas hasta el casting, pasando por la poquísima reflexión y digestión y la demasiada acción que muestra. De todas formas, estamos hablando de una película sólida, muy entretenida y, en ocasiones, incluso brillante.
Beasts of a southern wild (Behn Zeitlin, Estados Unidos, 2012): Considerada como uno de los estrenos del año tanto al otro lado del Atlántico (donde ganó como Mejor Película en Sundance) como en este (premio FRIPESCI y Cámara de Oro en la sección "Un certain regard" de Cannes), estamos ante un film difícil de abarcar. Por una parte, hace falta rendirse a su torrente narrativo, que al igual que la tormenta que articula el film, lo arrasa todo. La descripción de una forma de vida en libertad, del choque eterno entre civilización y caos, es ejemplar. Una escena inicial única, magnífica, para ver cien veces. Aun así, varios tics del director lastran el resultado final. Primero, la elección de la voz en off como elemento filosofador del film, que coarta la libertad del espectador. Segundo, una redundancia en las escenas emocionalmente duras que provocan hartazgo. Con un estilo más crudo, más relajado, menos melodramático, estaríamos hablando de una gran película. Aunque si fuera así, seguramente no podríamos disfrutar de determinados picos talento visual y narrativo. Al fin y al cabo, tenerlo todo solo está reservado a los grandes. Y Benh Zeitlin, por el momento, no lo es.
Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas, México, 2012): Seguramente no estamos hablando de una mala película. Arriesgada en sus formas y en su argumento, el film de Reygadas plantea y construye secuencias realmente interesantes, pero no logra dar con un resultado convincente, un acabado que permita obtener una obra completa y sólida. Con picos de genialidad (los menos) y valles de ridiculez (los más), Post Tenebras Lux queda como lo peor que he visto del festival, aunque cabría decir que tomar riesgos a veces lleva a intentos fallidos. Sigue intentándolo, Reygadas.
A Fantastic Fear of Everything (Crispian Mills, Chris Hopewell, Reino Unido, 2012): Una comedia de terror tan irregular como magnífica, tan creativa como (posiblemente) intrascendente. El debutante Crispian Mills subió a presentarla en el Auditori Melià de Sitges con un pose hipster: hombros caídos, gafas de sol oscuras, ropa moderna. Como si no le importara estar ahí, como si los lugares grandes no fueran lo suyo. Siguiendo la estela de films como The Shaun of the Dead o series como Psychoville, A Fantastic Fear... esta cinta es como un postre: vale la pena, lo disfrutas enormemente, pero si no te lo tomas, no pasa prácticamente nada.
Henge (Hajime Ohata, Japón, 2011): Descubrimiento del festival. Una cinta con presupuesto de serie B pero que no se enorgullece de ello. No es esta una de esas películas con sangre fácil, de risa floja y cartón piedra. Pese a que se trata de una obra pequeña, hecha con poco presupuesto y más por el empeño de su director o sus actores que otra cosa, estamos ante una película más que interesante, que bebiendo de La metamorfosis ahonda sobre el concepto del terror en lo cotidiano y sobre el conflicto del ser individual contra la sociedad.
Sound of my voice (Zal Batmanglij, Estados Unidos, 2011): El cine indie estadounidense ha dado muchas de las propuestas más interesantes de la última década. Con poco presupuesto pero muchas ideas, la llegada del cine digital dio a una cantidad ingente de creadores la posibilidad de contar sus historias. Este es otro caso más. Es una película pequeña, con un argumento ya visto aunque no por ello menos atrayente, y que reflexiona sobre la necesidad del ser humano para creer y para ordenar(se). Además, el hecho de no tomar partido del conflicto le confiere una cierta personalidad. Muy recomendable.
Mientras el festival agota sus últimas horas y las películas ya vuelven a sus camiones o estuches, los espectadores piensan en los 355 días que quedan para la próxima edición, aun con los últimos fotogramas de aquella película que descubrieron impregnando sus retinas. Hasta el año que viene, Sitges.