Welcome to our first spring event! As we head into the new season, we’re doing a week-long event starting from 5th April to celebrate the season itself. There are seven sfw prompts for the event, it’s open to anyone who wants to join and we’re using the tag #springsts2026 for the event!
Rules & Guidelines:
This is no sign-up, you can participate as much as you want. As long as you post the fanwork through 5th April to 11th April, it’ll count as participation.
This event is here to promote creativity, fun, and allow everyone to express themselves through their favourite characters. Use of GenAI or the spreading of negativity and/or discourse is not allowed.
You can interpret the prompts in any way you want, whether you use them as inspiration or general fit.
Each fanwork should be new and sfw. Otherwise, there’s no limit to how you can participate. Any type of fanworks are accepted, as long as it follows the rules above.
—— ♡ 𝖙𝖆𝖌𝖘 ➜ saint seiya, love, gay, bl, sakura (cherry blossoms), spring, first love, tragic romance, hurt no comfort, hurt, emotional hurt, implied/referenced suicide, men crying, flowers, language of flowers.
Y cómo cerezos en flor, volveré cada primavera.
Madera negruzca, flores rosa pastel, el color de tus mejillas cuando hablábamos y las hebras largas de tu cabello.
Saga aun recordaba el bonito y cálido sentimiento de estar enamorado de joven, rememorar los veranos donde los músculos le dolían, pero sus ojos podían ver entre la arena mezclada con sangre un grial, allí, con sus grandes ojos verdes que parecían hojas de invierno, con la blancura de porcelana de una piel que a cada golpe cambiaba como las estaciones dándole colores poco agradables, producto de las batallas. Pero si Saga debía ser sincero, cada mechón liláceo lo hacía contener la respiración, lo relacionaba con el florecimiento de aquellos árboles de cerezal que crecían en el país del sol naciente, Mu no era aledaño a esas tierras volcánicas y estruendosas, pero su imagen era un fiel reflejo de lo que traía la primavera.
Recordaba enredar uno de sus dedos en unos cabellos que la liga no podía acompañar, cubrían parte de su frente, justo donde las cejas cortas generaban esas expresiones honestas y crudas, cada sentimiento podía notarse puro y sin filtro cuando Mu lograba decodificar sus sentimientos y quedaba plasmado en su rostro, sin tamizar, dándole problemas que Saga aprendió a no meterse demás.
Pero las comparaciones no acababan allí.
—¿Cuándo es tu cumpleaños? —Mu mordió unas de las guindillas frescas que habían logrado conseguir, manchando sus labios de carmín en el proceso.
—A finales de mayo —Pasó su dedo por su boca, limpiando la comisura con cariño.
—Oh… yo soy a finales de marzo.
—Por supuesto, eres aries.
—Se cumple más en abril —Relamió sus dientes, borrando todo rastro del dulce néctar de la fruta —Pero me gusta más marzo.
—¿Acaso sucede algo especial?
—Mi cumpleaños —Sonrió antes negar —Bueno, realmente es una coincidencia.
—¿Algo en Tíbet?
—No. ¿Conoces los cerezos?
—¿Esos enormes árboles de madera negra y flores rosadas?
—¡Sí, esos!
—Los he visto en fotos, son muy bellos.
—¡Son muy bonitos! Además, son algo efímero, cuando menos te das cuenta ya pasó la temporada y debes esperar nuevamente verlos florecer.
—Me encantaría verlos un día.
—Quizás podemos ir a Japón en vacaciones… o cuando salvemos el mundo.
Saga sonrió, acariciando detrás de su nuca antes de acercarlo y brindarle un suave beso en su coronilla —Ni siquiera lo dudes.
Que cruel y honesto era el destino.
Cuando sus manos se mancharon de sangre, tan fresca y dulce como las guindas, Mu se esfumó como los cerezos en flor. Su estadía en la cámara papal le hacía acercarse a las escaleras y observar el Santuario, allí, en la lejanía, donde los sales gemelos de virgo hacían flotar sus pétalos como cada primavera, el viento los hacía danzar por toda la acrópolis, y él, muerto en vida, fijaba sus ojos en como desaparecían en Aries, aquel templo que había quedado como un cascarón vacío, con promesas rotas y esperanzas partidas.
¿Cómo debía afrontar la vida si sus primaveras eran secas?
Por trece años lo hizo, marchito en fe, levantó el imperio en seco, se prohibió observar las flores, noches enteras en Star Hill, se plantaba por horas a ver las estrellas, a lamentar en silencio las pérdidas de su boreal, el ramiro estelar observaba desde el cielo su desgracia, el lento pasar del tiempo le generaba malestar, pero uno aprendía a vivir con los ojos grises. Las hojas secas del otoño siempre lograban llegar a la entrada del templo, aunque siempre eran barridas, parecían un vago recuerdo de lo que le hacía querer arrancarse la piel, en cambio, sumido en pena catatónica, prefería abrir una botella, empaparse los labios en vid y dejar que el corazón haga su orquesta de lamentos.
En medio de ese invierno cruel, durante los otoños que su conciencia se marchitaba y él veía solo a los bueyes acarrear las cargas. Mu se sentaba en la terraza de su torre, envuelto en sus cobijas, el té humeante creando figuras junto a las nubes, en aquel cenit solitario se permitía estar, siempre mantenía cerca unos pétalos, queriendo cumplir con una promesa que solo él debía recordar. Empapó su boca de la infusión ámbar y se dejó llevar por otra oleada de nostalgia, antes de sacudir la cabeza e intentar, como todos los días, borrar algo que ya había dejado huella.
¿Acaso esto era otro cruel juego del destino?
Las visitas no planeadas a la cúspide del mundo le trajeron más problemas que alegrías, aun así, no esperaba tener que retomar rumbo a lo que una vez llamó hogar. Grecia parecía contenta con las últimas gotas del invierno en sus calles, el frío no era igual de intenso que en Jamir, pero los árboles ya daban indicios de volver a crear follaje. Lo notó al instante al llegar al Santuario, elevó el mentón subiendo cada escalón, aunque se sintiera Sísifo teniendo que rodar con sus sentimientos desde el infierno.
Saga sentía aquel molesto picor en los brazos, ya sus uñas estaban grabadas en su piel. El casco pesaba y la túnica se sentía sucia en su cuerpo, fue entonces cuando el viento le trajo su tan esperada primavera.
Y ahí estaba, entre la gran tempestad, su cerezo había regresado al Santuario, hecho hombre, valiente, decidido. Él apreció su belleza por un segundo, mientras su Diosa le brindaba un perdón, el alma se le calmaba y como las flores en Japón, la belleza de Mu fue efímera antes de que deba encender los inciensos en su lecho. El menor miró la escena estoico, como la sangre formaba un lirio de araña, su sangre manchaba el vestido de su Diosa quien lloraba la pérdida de un alma penada, Mu suspiró cerrando los ojos, ayudando a mover el cuerpo y dándole los últimos momentos de libertad a aquella pequeña niña, sabiendo que en sus hombros llevaría el destino cruel de defender a la humanidad que tanto amaba.
Él tuvo que volver, traer todo de sus montañas de vuelta al mármol polvoso y lo clásico, salir de su patria a volver donde el corazón se le acicalaba. Pidió ir a Japón tan pronto pudieron resolver los diluvios, dispuesto a dar una mano en condición de Santo, como asiático podía mezclarse con la multitud. Las calles de Tokyo parecían tranquilas luego de las fuertes lluvias y los cerezos estaban a punto de florecer, Mu observó como su cumpleaños se pasaba entre rayos y pétalos, saliendo una tarde a caminar debajo de un puente, observando el río donde encontró su reflejo, los kois nadaban en cardúmenes, como si nada de las tragedias los hubieran afectado.
Mu se soltó el cabello un momento, cruzó brazos sobre el barandal y se permitió alzar el rostro para ver los cerezos. Los pétalos y las gotas de agua le cubrieron el rostro, sintiendo la suavidad de ese perfume primaveral que avecinaban las lluvias de abril, sintió el pecho comprimirse, pensando en las efímeras que habían sido las charlas de antaño y las risas pasajeras, quizás el peso del luto llegó ahí, en su cumpleaños, viendo aquellos árboles que en su momento charlaron con tanto ímpetu ser ahora un pacto frustrado.
—Desearía que estuvieras aquí, ingrato rompe promesas.
Sus mejillas se empaparon en lágrimas dulces y el sonrojo bochornoso de ese amor que pudo sentir, aunque sea un instante, cuando le ofreció cuerpo y alma a su Diosa, pero Mu era una musa, una lluvia de primavera y en su alma una caricia cálida.
La tormenta borraría las penas y los cerezos pactada su estima en cada pétalo, cada marzo que pasaría.