Ahí estaba. En la extensa fila del baño de un club nocturno atestado, con su móvil peligrosamente en su mano mientras respondía una llamada. — Estoy bien, ¿vale? Si me pagaste éste maldito viaje, ¿por qué vienes a preocuparte ahora? —Replicó por centésima vez, en un tono grosero, sin distinguir si eran las copas o el odio ante su única autoridad familiar. — Dios bendiga esos más de dos mil kilómetros de distancia, no te soporto. —Su tono se endureció. Había un cosquilleo en ella que le decía: ‘cielos, en verdad estoy haciendo ésto’, y le gustaba. Bueno, le gustaría por lo menos hasta la mañana siguiente. Oyó la voz preocupada de su madre preguntarle por su ubicación. — No lo sé, o no me importa. Cualquiera de las dos pero tengo que colgar. ¡Adiós! —Dijo lo último en una voz cantarina y finalizó la llamada. Le dijo a la persona a su lado: — Son un dolor en el trasero.














