Va a llegar el día en que los camiones aljibes nos repartan el agua, cual cuerpo enfermo que depende de asistencia para mantenerse con vida. Y seguramente ya será demasiado tarde.
Quedará esperar y ver m*rir a toda la provincia, quedarse y dejar que las ruinas colapsen sobre uno o su*cidarse y partir con ella, como aquel productor de quesos que jamás podré olvidar. Quizás él fue el primero quien vio con desesperante claridad ese futuro que el resto se negó a creer posible.
O quedará escapar. Ser un refugiado de la crisis. Lamentarse y recordar la destrucción con escasas consecuencias legales, las lagunas ya secas, las venas de los ríos intervenidas con maña y malicia.
Pero, por ahora y entre lo que tarda en llegar el peor de los escenarios, nos martillan con culpa la conciencia por el agua que se gasta en las duchas, al regar los jardines, al lavar los autos. Jamás a la gran industria que prospera a punta de negar el futuro, a punta de matrices productivas incompatibles con la vida.