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Hoy hace 11 años que llegué a Tumblr. 🥳
The news caffe
En estas cafeterías la gente no bebe café. Al menos, no bebe café solo. Los chicos lo piden mezclado con frutillas, con jarabes de vainilla o desmesuradas cremas chocolatadas. Cafés con leche psicodélicos, tuneados con los siropes de los pancakes de las kermesse estadounidenses.
Pido mi macchiato y un joven empleado, que pareciera estar en su primer día, me explica que me van a preparar mi bebida con un café certificado como “comercio justo”. Un sello que garantiza que la empresa le pagó bien a los productores guatemaltecos y que no se usó trabajo infantil para su recolección. El muchacho, que repite con soltura el speech de responsabilidad corporativa recién aprendido, probablemente tenga un contrato temporal, o algún tipo de pasantía, cobre el mínimo y jamás se le permita sindicalizarse. El capitalismo que se mira en su propio espejo. Con profilaxis social en forma de contraseña en la cerradura de las puertas de los baños.
Yo paré durante los cinco años de mi carrera universitaria, casi todos los días que cursé, en el café “Mar Azul”. Creo que jamás, ni Francisco, el mozo; ni el adicionista, cuyo nombre no recuerdo; ni Segundo, el bachero; me llamaron por mi nombre. Creo que jamas me lo preguntaron. Sin embargo, a Nahuel (leo en un prendedor sobre su pecho) no le lleva más de quince segundos decirme “Ale” y escribirlo en mi vaso venti. Habiendo forjado mi identidad como parroquiano de café en los últimos quince años del siglo veinte, esa sobreactuación, ese esfuerzo por convertir un “no lugar” en un lugar, todavía me resulta una incómoda invasión.
Con sus mesas amplias, sus cómodos sillones, la proliferación de enchufes para cargar dispositivos, su temperatura regulada, el WIFI de más de tres rayitas asegurado y la ausencia de una vigilancia estricta del tiempo de permanencia o el consumo, este tipo de lugares se prestan muy bien para las estancias prolongadas. Allí, se deja ver el desamparo de unos escolares con padres eternamente demorados en reuniones de trabajo. Por allá, dos o tres emprendedores monotributistas que aún no alcanzan el status del coworking o la utopía (literal) de la oficina propia. En la otra mesa, en general por por la mañana, un grupo de mamis de alumnos de colegios bilingües se hidratan con grandes vasos de exprimidos de naranjas después de la clase de funcional en Megatlón, con los rostros perlados de sudor iluminados por las manzanitas fulgurosas de las MacBook y los IPhone.
Me pregunto dónde se encontrarán a beber café los revolucionarios de estos tiempos. Pero seguro tiene que ser en lugares como este. Sería imposible hacer una revolución a través de las redes sociales, por ejemplo, con la calidad del WIFI del Café La Paz o del bar La Ópera. Con mozos que no saben el nombre de la red, no conocen la contraseña o te la traen escrita, de veinte letras y números, en un papel raído, ilegible: “todo con minúscula”. No, imposible. Salones de doscientos metros cuadrados con veinte mesas o más, y apenas dos enchufes. Imposible. Si hasta para poder poner las TV, en los noventa, esos lugares tuvieron que hacer extensiones o recurrir a las insufribles “zapatillas”. No, hoy las conspiraciones precisan baterías de celdas de litio rebosantes de 220 voltios.
En estos locales se ensaya otro tipo de experimento social a escala masiva. Los puestos donde se endulzan y condimentan las bebidas, ponen a disposición del público una gama variada de productos y objetos que se pueden robar muy fácil. Sin embargo, pese a estar en un ecosistema social proclive al saqueo de “lo gratis”, pareciera ser que dentro de estas cafeterías no tienen lugar esas conductas. Como si la franquicia, creada en un país desarrollado, viniera incluida con los patrones culturales civilizatorios de origen. Los frascos de canela, cacao y nuez moscada permanecen en su lugar. La gente toma sólo los sobres de azúcar, edulcorantes o envases de miel que necesita y no más.
Aunque existe dentro de este experimento una instancia más. La última antes de retirarse. La que divide en dos, incluso a los clientes honestos y establece, en cierto modo, una jerarquía dentro del universo de los buenos modales. Estamos hablando de quiénes retiran sus bandejas y vasos sucios de sus mesas y los depositan en los lugares destinados a tal fin y aquellos que no lo hacen, y contribuyen a generar una suciedad que , por momentos, los solícitos empleados que siempre son pocos, no logran controlar.
Doña Sara entra al local, tal vez por curiosidad o porque se lo topa en el camino y es lo único que tiene a mano. Es una señora que se debe estar acercando a los setenta años. Intuyo que puede haber sido una niña de vainillas mojadas con leche tibia en La Martona. Se sienta en una mesa y espera en vano por largos minutos que algunos de los muchachos o muchachas de uniforme y gorra se acerque a tomarle el pedido, hasta que advierte que debe realizar la orden en las cajas. Observa con estupor la oferta plurilingüe de la cartelera con el menú. No llega a decodificar dónde está el café con leche. Cuando llega su turno lo pide en criollo. “Floppy” le pregunta en qué tamaño lo quiere. A Sara esos tres baldes de cartón que le muestran le parecen una desmesura. Lo pide en taza. “Floppy” pone mala cara porque deberá ir hasta la alacena para retirar una de las pocas tazas de cerámica que tienen reservadas para este tipo de clientes, y no se le será dado el gusto de poder escribir el nombre de Sara con el confianzudo fibrón negro. Igual, Floppy cumple al pie de la letra la instrucción de su capacitadora y le pregunta el nombre. Sara busca una mesa vacía en el salón y se sienta a beber. Mientras acerca la taza a los labios se pregunta: qué será “extra shot”. Se le viene a la mente la publicidad de Susana Giménez, mientras se entrega al voluptuoso y antiguo goce del café.
En su sano juicio #susanagimenez #teestamosllamando #queremosjugar #susanos (at Córdoba, Argentina) https://www.instagram.com/p/CIcQjTphdYn/?igshid=rfd778kxzogh
Shock!
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