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Transición
Del lápiz al boli
¿Os acordáis de cuando en el cole pasasteis del lápiz al bolígrafo? Es el auténtico paso de la infancia a la madurez. Cada vez que cogías el boli, ya fuera el bic cristal o el gordo de varios colores, te sudaban las manos. Ya no te podías equivocar. “Pero existía el típex, Nuria”, me diréis. Sí, pero ese mojón blanco que dejaba relieve, esa planicie manchega nevada, no hacía más que recordarte que te habías equivocado y que, por eso, la hoja pesaba más al pasarla. Pesaba más, se hacía más consistente; tú te hacías más consistente, más firme con cada error.
Luego estaba el papel del profesor que odiaba que utilizaras el típex. “Táchalo con una sola raya y ya está. Queda más limpio”. Quedaría más limpio, pero también más visible. Con el típex no veías el error, con el tachoncito sí. Con la solución de la plasta blanca podrías volver a cometer el error; con el del tachón, no. Tachón fino, claro. No esos tachones espirográficos y enérgicos que traspasaban la hoja. El error te perforaba. Mejor dicho: intentar ocultar el error te perforaba. Era peor el remedio que la enfermedad.
Entonces, tenemos el típex, el tachoncito o el tachonazo. ¿Cuál es vuestro método para corregir vuestros errores?