Capítulo I, Sekai y los Ícteos
Las profundidades del océano fueron alguna vez dominadas por los ícteos. Fieras y atemorizantes, el implacable oleaje y sus nada amistosas criaturas eran un sitio digno para comentar respecto a uno de los que siguieron a Absalom: el imparable Sekai.
Proveniente de la casi inalcanzable Dvaraka, Sekai, al igual que cualquier ícteo, poseía una piel conforme los colores y diseños que alguna vez la Madre de los Mares brindó a los millones de seres acuáticos. Pese a su parentesco con seres de las superficies, esta raza no tenía nariz en sus rostros, mas en su cuello respiraba con finos orificios alargados. Sus manos y pies eran como los de las ranas y demás criaturas que entraban y salían de las turbias aguas. Dientes de cuchillas y ligereza en el nado los volvían terribles seres dominantes del mar. Pero, inclusive tras aquel inmenso poder, eran siervos de los devas.
Tras varias batallas ocultas en los Libros Arcanos, los ícteos fueron doblegados y convertidos en ignorantes como cualquier raza que los dioses deseaban humillar. Y, con el mismo resultado que con los humanos, estos seres se volvieron devotos y temerosos de los mandamientos de las deidades. De su vasta gloria y poder, los ícteos vivían ahora en carpas hechas con cueros y telas, seguían labores primitivas de recolección y caza a medida que las ruinas de su antes avanzado reino eran convertidas en arena y océano. Su cultura era ahora medida como igual de sumisa a los ojos de los dioses. Y, por su antigua gloria, eran de constante vigilancia por la armada divina de los Tanathos: seres de hierro y vísceras chispeantes que obedecían ciegamente los comando de los dioses.
Sin embargo, Dvaraka era inmenso y repleto de sitios poco visitados, o vigilados. Tarde o temprano habría visitantes que encontrarían dicho sitios sin buscarlos. Y, poco a poco, llegarían quienes buscarían ir más allá. Seres que no se satisfacían con sólo obedecer a los dioses, ni de ser simples y sumisos. Entre los mismos estaba Sekai, quien, junto a Ariadna, investigaba en dichas grutas lo poco que podía moverse o ser de utilidad. Poco a poco fue volviéndose más que un pasatiempo oculto a los dioses; fue convirtiéndose en una bizarra obsesión de placer y conocimiento. Pronto, y con escaso saber, nuestro ícteo conocido creó un rústico mapa de lo que había visto. Escondido en un jarrón de noche y en una bolsa de día, Sekai tenía cerca dicho mapa por seguridad propia y de Ariadna. Elementalmente dicho artefacto de conocimiento era pagano y merecedor de muerte o peor.
Sekai pronto se dio cuenta de que su obsesión por el saber le había consumido ya tres años. Como cazador, era de esperarse que trajese alimentos con frecuencia, pero dichos números eran menores que un recién allegado al grupo. Debía, por tanto, demostrar que su servicio era útil, de lo contrario sería exiliado él y Ariadna. Su lanza primitiva no era lo bastante fuerte o práctica para dicha labor, por lo cual debía optar por medios nuevos y complejos. Medios que él pronto encontraría.
En su agobiante esfuerzo de aplacar la casi inevitable expulsión, hallose en un extraño cuenco de material transparente con figuras de luz y color unos objetos de apariencia peligrosa y nada conocida. Redondos, oscuros y con botón que contrastaba dicho tono era su forma. Poseyendo aquel extraño pero carismático don de la curiosidad, Sekai se acercó a tal objeto al punto que lo tomó y se ocultó en una cueva fuera de la visión de los dioses. En un sitio donde el agua ocultaba su entrada mas no llegaba, el ícteo puso en el suelo de roca aquel bolso extraño. Las luces seguían firmes, parpadeantes y cambiantes en figuras que nunca había visto o entendido. Si tan sólo Ariadna estuviese con él, ella sabría qué son. Debía llevarlo a donde ella.
Con esfuerzo y riesgo en su camino, Sekai logró mover entre basura y carnes el objeto que tanta curiosidad le brindaba. Ariadna, en un principio alegre, cambiose su rostro a pánico a medida él entraba con dicho objeto.
- Sekai – le dijo ella al ver tal raro objeto -, ¿qué objeto tan extraño y atemorizante a mis ojos traes? ¿No basta con las ya peligrosas escapadas que nosotros hemos hecho y hacemos en las tierras y aguas que los dioses no rigen?
- No te los traería a ti si no fuese por el mismo temor tuyo – respondía Sekai a medida que él se aceraba a quien alejaba lentamente -. Este objeto – alzó el artefacto de miedo - similar a un jarrón pero cual contenido veo me ha intrigado. Emana de sí luces, mas no está vivo o yace en lo profundo. También parece querer comunicarse proyectando cual Tanathos luces con símbolos que no entiendo, mas tú sí. Tú sabes su lengua, te imploro me digas que anuncia este envase.
Con desagrado, Ariadna aceptó tal petición. Estudió cada signo hasta entender que no entendía. “PRECAUCIÓN” era lo único que decía. No había más. ¿Era acaso una artimaña de los devas? ¿O bien dicho objeto era más que una señal del pasado? El mal que a Sekai le dio, pronto intoxicó a Ariadna para conocer más. Y, como cualquier descubrimiento, un accidente mostró que el envase poseía una boca. Un ligero y curioso destello mostraba cómo abrir dicho punto, y un poco de presión volvía a sellar las fauces. Era un ser fascinante a los ojos de los dos ícteos. Pero, ahora que podían tocar sus entrañas, sacarlas, apreciarlas; incógnita que surgió en sencillez fue saber su uso y su rara figura.
Y justo allí cometieron un error.