Fue la misma canción, sonando de fondo, y sin embargo se tornó distinta por el simple hecho de quién le dio al play. Pensé que sería un déjà vu desastroso, una repetición inevitable de aquello que dolía, pero, al contrario de mi presagio, fue liberador descubrir que la canción no tenía culpa de nada. Que nunca fueron los versos, ni las melodías… sino que la primera vez la bailé con la persona equivocada. Culpé a la música, a cada palabra, a cada nota, cuando la tonta siempre fui yo. Y ahora, solo espero que, sea esta u otra, sigas bailando… hasta que nuestros pies se cansen, y no queden risas robadas por una noche más.
Same Song, Different Hands — from Letters Never Meant for Heaven













