Siempre estuve tan enamorada de las cosas...
Siempre estuve tan enamorada de las cosas… que tengo temor de convertirme en cosofóbica. El mundo es tan cososo que de suceder esto, yo, ya no tendría lugar en este planeta.
Pero es tan satisfactorio amar a las cosas.
¿Por qué cosofóbica? se preguntará usted. De la misma manera en la que su teoría relaciona horizontal y dependientemente el amor con la estupidez. Yo declaro que el amor, es más bien, inseparable de la fobia.
Los antónimos, los opuestos, el equilibrio. Cuan delicado tema. Pero estamos todos de acuerdo en que tanto el piso es tan piso como techo y que el techo es tan techo como piso. Que un brazo es tan brazo como pierna y que una pierna es tan pierna como brazo. Que la izquierda es tan izquierda como derecha y que la derecha es tan derecha como la izquierda. Y así con el resto del universo. No existe nada sin su opuesto, no existe nada tan desequilibrado. Ni siquiera la locura.
Lo maravilloso de amar a las cosas es que siempre me siento correspondida. Ellas tan dispuestas a solucionarme la vida, su interfaz, su eficacia, su personalidad, tan calladitas, tan entendedoras, tan obedientes. Todos deberíamos ser cosas.
Y ahora entiendo que no desinteresadamente llamaba “cosa” a mis amiguitas. Desde mi infancia que traigo conceptos claros. Será que soy tan inteligente?
(Todo esta -tan- cosificado. Tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tanto! ¿Cuánto?). Si existiese un paréntesis mayor que el anterior, aclararía que “tan” es la vedet de la composición como usted se habrá dado cuenta. Al parecer ésta, del mismo modo que las vedet aparece repetida y escandalosamente, sin cesar. Se auto convoca, como esas palabras que no quieren ser excluidas. Ya que así se siente por el hecho de que expresa abundancia. En tiempos de tanta escases, de tanto vacio, de tanto des-entendimiento, des-esperanza, des-precio, des-amor.
Momento de la sinceridad. ¿Quién no se ha enamorado de un pantalón al que renuncio desecharlo o regalarlo a pesar de no poder usarlo más, por su talle, por su vejez, por su gastadez?
¿Quién no ha sufrido al cambiar un auto, al mudarse de casa? Los humanos nos encariñamos más, naturalmente, con lo material que con lo humano.
Wow que posmodernos que somos estarán pensando. Pero debo decirles que no es para tanto. Que en realidad, este fenómeno ocurre porque las cosas guardan, alberguen, acobijan mejor que nadie, mejor que cualquier humano, historias, recuerdos, secretos, son confidentes, son amigas o enemigas, enseguida las asociamos a la felicidad o a la tristeza. Al amor, al odio.
Muchas veces el amor se reprime o se guarda en algún lugar… y queda ahí entre las medias o entre los cubiertos o entre las monedas, en los cajones.
Como toda cosa que se guarda en cajones puede permanecer allí mucho tiempo, quizás años, y no nos acordamos que está depositado allí, como no lo vemos, lo desconocemos, lo ignoramos. Creo que mi amor a los seres humanos se encuentra en ese lugar. Guardado en las cajoneras.
Lo que pasa es que las cosas honran tanto su especie. Y los seres humanos se encargan de desilusionarse, decepcionarse, desencantarse todo el tiempo, son tan, tan, tan, tan, tan, tan. Son tanto, que no se que son.