Wu-Tang Clan Enter The Wu-Tang: 36 Chambers Loud Records, 1993 320 kbps. | 130 MB aprox.
El post de hoy se antoja como el momento propicio para dar por tierra con una de las ausencias más manifiestamente injustas de la historia de este blog. Bien saben ustedes, amigos de este humilde espacio, que por acá nos hemos dado aires de respetar y apreciar las múltiples vertientes de la música negra de los Estados Unidos, pero que dentro de esa exploración hemos hecho especial énfasis en tratar de darle un desarrollo al derrotero de las que son dos expresiones muy significativas de esta cultura y su idiosincrasia. Tales vertientes, en las que hemos invertido un tiempo más que prudencial e interesante, son el jazz (por supuesto) al que le dedicamos bastantes posts tratando de desentrañar los pliegues en su historia y sopesar los motivos por los que estas músicas son tan importantes para la identidad de la porción negra del pueblo yanqui, y también su evolución lógica y callejera, el hip-hop. Por ser este un estilo que ha nacido hace relativamente poco tiempo (sus primeros antecedentes formales datan de los albores de la década del ‘80), se podría considerar a la del hip-hop -y su hermanito menor el rap- como una línea de tiempo fácil de trazar y delimitar, pero se estaría incurriendo en un error capital. Oculto por ese breve recorrido en años existe un estallido como han ocurrido pocos en la historia de la música popular, un efecto de contagio y diáspora que ha dado lugar a una riqueza inusitada en lo que a enfoques y maneras se refiere, una plétora de subgéneros que (a la manera de la música electrónica, también a su modo un fenómeno reciente) lleva inserta en sí misma mucho más que el peso absurdo de esas etiquetas sino que define una manera de hacer, con características distintivas y lineamientos éticos y estéticos bien definidos. Siendo Estados Unidos un país tan grande, no es casualidad tampoco que los estilos sean tan diversos como sus costas y fronteras, y es por eso también que muchos de ellos han quedado identificados de forma inextricable con sus áreas de procedencia, una suerte de asociación espacial que a su vez expresa que cada manera de enfocar el hecho artístico expresa también una serie de creencias, de ideas y, por sobre todo, de vivencias. No es lo mismo vivir en California que en New York, aunque los predicamentos (la pobreza, la criminalidad, el desempleo, la falopa, la discriminación, el mal de amores, la brutalidad policial) sean similares; cada territorio tiene su particular manera de desenvolver y desarrollar la conflictividad social que subyace en cada población, en especial en aquella invadida, como la afroamericana, por la marginación y la violencia latente. Por ende, no podemos esperar que el paraguas del hip-hop absorba con igualdad de condiciones todas las variantes que comprende. Cada una construye su ethos a partir de una manera de pensar, que a su vez prohija una forma definida de actuar que diferencia a los coetáneos aún estando hermanados, todos ellos, por su negritud inherente y por ende, por una lucha eterna contra la segregación. Es por eso que trazar un acercamiento temporal a la generación hip-hop como si el del género fuera un camino recto y lineal es a todas luces un error, pues aunque en cada década puede verse el desarrollo y esplendor de un movimiento predominante, cada suceso de estos viene aparejado por otras muchas tendencias que pujan por llegar a la superficie, por evidenciar que no existe una forma única de decir las cosas, que no todo es igual y que aunque todos sufrimos, hay distintas maneras de bancarse la mano cuando viene peluda.
Mencionamos esto porque viene a cuento de la semblanza que queremos hacer hoy sobre una de las obras maestras de la historia del hip-hop. Hacia finales de la década del ‘80, el hip-hop originado de los torpes ritmos que los primeros DJs dibujaban (piensen Afrika Bambaataa) ya había depurado su sensibilidad y refinado su propuesta lírica. Aparecían los primeros coqueteos del mundillo con el planeta del jazz, sus rítmicas sugerentes y orquestaciones un tanto más ambiciosas. De La Soul, A Tribe Called Quest eran ejemplos de este enfoque que buscaba transmitir a la identidad negra como un factor a exaltar artísticamente, que daba a luz grupos de alto octanaje político pero sin ser declamativos. La sola emergencia de su idea de fusión entre las dos manifestaciones capitales de la negritud era ya una declaración de principios y de identidad, sin necesidad de salir a prender fuego las columnas que mantenían el statu quo. Pero a la vez, todavía había quienes querían que el tejido social que oprimía a los negros se resquebrajara, conscientes de que alguien tenía que ser el vehículo de un descontento por siempre latente y que necesitaba expresarse a través de la acción directa. De esta variante, que representa con mayor claridad Public Enemy, se desprendió a su vez la que sería la expresión más popular del hip-hop a principios de los años ‘90, el rap de la costa oeste cristalizado en los feroces N.W.A. y su álbum debut Straight Outta Compton, que aunque salió en 1988 fue de capital importancia para todo lo que se desarrolló en la década posterior, en especial en términos de sonido y contenido lírico. Ya el título es toda una postura ante las cosas, porque define a los muchachos que muestran sus rostros endurecidos y amenazantes a través de su barrio de pertenencia, que a su vez no es uno de esos lugares residenciales sino un complejo entramado de viviendas sociales y asentamientos de dudoso origen de donde salen unos muchachos que de pequeños se enfrentan con lo más crudo del mundo del hampa y el sálvese quien pueda. Su sonido áspero y directo es la perfecta compañía para unas rimas de imágenes sórdidas y marginales, que revelan sin ningún tapujo el mundo complicado y contradictorio que respira y vive en las calles de Compton, pobladas de pandillas y aspirantes a gángster de poca monta. Por supuesto, esta realidad podría ser extrapolada a casi todos los barrios de negros pobres de Yanquilandia, allí donde conviven a diario la falopa, los fierros y los estúpidos que no saben usar ninguna de las dos cosas. Y de hecho eso fue lo que los raperos de la costa oeste aprendieron hacia 1993, cuando se editó este Enter The Wu-Tang: 36 Chambers que hoy compartimos con ustedes y que, como su nombre lo indica, fue la presentación en sociedad de uno de los secretos peor guardados del hip-hop under neoyorkino, el Wu Tang-Clan que había fundado y dirigía Robert Diggs, RZA, desde hacía ya un año. Básicamente, el Wu-Tang Clan era un colectivo de raperos (una decena, aunque los números cambian y se confunden) que se había organizado en torno a la idea de RZA de entretejer relatos que combinaran la dura realidad de la New York de la época con un tono místico devenido de las películas de kung-fu de las que el grupo tomó su nombre (Shaolin & Wu-Tang, The 36th Chamber Of Shaolin y así), todo envuelto en un sonido minimalista y hosco, de fuerte impronta samplera y mucha actitud. El estilo compositivo y de producción de RZA -la mente maestra detrás no sólo de Enter The Wu-Tang sino de toda la mitología y estética del grupo- se transformó de buenas a primeras en un estándar para muchos de los raperos neoyorkinos de ese tiempo, lanzando un reverdecer de la música de la costa este que le hizo bocha de competencia a los gángsters de la costa oeste con su propia visión, una un poco menos reaccionaria y más sarcástica pero no por eso menos impactante.
Todo empezó aquí, en una de las grandes joyas de la música negra estadounidense.










