In the way to feed 15 madrileños
‘‘Te deseo una vida de éxito’’
En cuanto crucé el puente supe que era el inicio del fin.
No me preocupé más por la cantidad de días, ni las horas, ni los planes, estaba atravesando una experiencia estética increíble; el puente de luces, doy la razón: no le pide nada al puente de San Francisco.
No esperar nada, Expect Nothing como escuché alguna vez de un traveler hipstersón mexa, pero... si no estaba esperando nada, ¿por qué me siento tan triste de nuevo?
Aun no descubro el término que define esa sensación de entendimiento, de conocimiento pleno pero inexplicable de la aceptación de lo que está por suceder. Tenía que ser estoica, sí. Lo he entendido estos días, en los distintos aspectos de mi vida.
-Una de las canciones de cultura profética dice: ‘’Cada miedo esconde un deseo [...] y yo, más y más lo quiero’’. Creí que no lo decía para mí, pero después acabé por darme cuenta que no lo dije de dientes hacia afuera. Hubo cosas que me hubiese gustado hacer, pero el momento no dio partida a ellas, ¿para qué forzar lo que no sucede naturalmente?
El miedo a las etiquetas, ¿esconde mi deseo por tener una?. Lo pensé como un eco, al final permití que se lo llevara la brisa del mar, dejé que el viento no sólo helara mis pies, envolví en una crisálida salina mi corazón, porque a fin de cuentas los caminos están decididos, y cualquier cosa que pueda o deba ser volverá a trazar en las rutas un punto de encuentro (o eso me gusta pensar).
Es difícil crecer y darse cuenta de que ya no se pueden solucionar los asuntos con berrinches, (y aun así pretendo afrontar la realidad con vasos y vasos de tinto de verano), tal vez no es evadir la realidad, sino encontrar una forma rápida de restarle importancia. La penúltima vez pude huir, hacer como si no me importara, como si fuese asunto de diario, cosas que pasan, y que se superan al instante, qué buena soy engañándome, ajá. Esta última vez, esta última vez, (porque al parecer no hay más después de ello) le hice frente, como soldado valiente, dije adiós con una sonrisa, pretendí que no me dolía, ahora que veo las cosas en retrospectiva creo que en realidad el adiós se ocultó tras el recorrido en las calles, en la búsqueda del tesoro, en el silencio cargado de palabras que por orgullo (al menos mío, lo acepto) no se dijeron, en los trozos de tensión que cada despedida lleva consigo, de esta mañana.
No hay adiós ni hasta siempre, es una historia corta de un párrafo y puntos seguidos, una leyenda, un recuerdo onírico y vago, dentro de unos años, algo menos en la bucket list.
No hubo palabras exactas de principio, pero pude percibir con cada poro la claridad, leer entre líneas y aceptar la realidad.
Por más que digo que ya no me quedan ganas de querer, de compartir, de hacer en equipo, la verdad es que detrás de ello está el vago deseo de escuchar si me apetece un beso, de un abrazo al dormir, de un buenos días dicho al oído al despertar, de morning sex, de quién primero se va a duchar, de pedir lo mismo que el otro al ir a un restaurant, de compartir puntos de vista, de descubrir palabras nuevas de la boca del otro, de contar lunares, de acariciar el rostro del otro hasta entrar en REM, de andar tomados de la mano, de sentir un brazo tras la cintura, de besos exprés, de entender con tan sólo ver a los ojos.
No hay punto y aparte, no hay más punto y seguido, no hay coma, no hay puntos suspensivos, sólo un párrafo sin puntuar al final, un verso de canción esperando la posibilidad de ser continuado o si el silencio es lo que seguirá.













