Ciudades v/s Uber: ¿la única manera?
En todas las ciudades en las que se ha instalado Uber, se han levantado de manera corporativa contra ellos los taxis tradicionales, logrando en muchos casos desde regulaciones hasta prohibición de funcionamiento. Pero, ¿Por qué prohibir?, ¿Por qué quedarse en una lógica del “versus”? ¿Por qué no abordar el problema desde una lógica de reciprocidad? Por ejemplo, Uber levanta diariamente data importante acerca de flujo de vehículos, horarios de uso, perfiles de usuarios, hotspot por comuna, etc. Información riquísima para un Ministerio de Transporte y la posibilidad de uso para la toma de decisiones en el ámbito transporte público. Entonces, ¿Por qué no explorar acuerdos de colaboración entre los organismos públicos pertinentes y Uber? ¿Por qué a cambio de autorización de tránsito y negocio, no pedir a cambio esa data?.
Por otro lado, en un contexto dónde términos como civic hacking o emprendimientos cívicos son tendencias en países con una potente relación innovación y ciudad, ¿Por qué no tomar y mejorar estos modelos privados desde lo público, con recursos públicos?. ¿Por qué no estimular nuevos actores en este tipo de tecnologías pero usando el transporte oficialmente instalado, y generar una competitividad que permita un buen servicio?.
Hay tantas maneras de abordar este problema, que por cierto es relevante, pero la prohibición y la consecuente perpetuación de un mal servicio (pésimo servicio) no es la vía en el contexto en el que estamos. Hay tantas respuestas innovadoras, participativas, y fácilmente testeables que permitirían definir y abordar políticas de otra manera, que nos permitieran enfrentar los desafíos de la ciudad desde una mirada centrada en el ciudadano, y no en el monopolio que puede tener un gremio que ha demostrado a lo largo de los años tener cero interés en sus pasajeros, ni en la imagen país que generan al transportar turistas
Los taxis tienen muchas externalidades negativas como para tener el sartén por el mango.












