A veces el destino se equivoca de nombre…
Esta noche, con el océano respirando lento y las estrellas temblando como si tuvieran frío, me acordé de ti, Leonina.
De lo que fuiste, de lo que no quisiste ser, de lo que el destino ese bufón cruel, decidió arrancarme de las manos.
Te pienso y me pregunto quién decide estas cosas:
¿Cupido? ¿La vida? ¿El caos? ¿O simplemente la suerte de enamorarme de quien decía que no estaba listo para amar(me)?
Porque tú, Leo, eras magia en estado puro. Eras chispa, risa, arte, el primer respiro después de meses de ahogo en aguas profundas y turbulentas.
Eras esa sensación rara, esa que uno tiene a los siete años cuando descubre que el mundo puede brillar sin razón alguna.
Pero claro, la vida siempre tiene su sentido del humor torcido.
Y lo torcido ganó.
Hoy estás con un idiota vacío, un hueco con piernas, una sombra sin poesía, uno de esos hombres que no saben mirar el cielo porque tienen miedo de sentirse pequeños.
Un hombre que no sabría qué hacer si tú le contaras que las estrellas titilan distinto cuando uno está triste.
Pero a veces lo simple le gana a lo verdadero, y tú elegiste simple. Elegiste seguro. Elegiste el pasillo sin riesgo mientras yo era la puerta que daba al cielo infinito y una expedición al universo.
Y aquí estoy yo, rodeado de mar y noches que huelen a despedida, pensando en cómo el amor parece tenerme bloqueado, como si no quisiera volver a tocar mi puerta en un largo, largo, larguísimo tiempo.
Quizá es castigo, quizá es karma por ser un gran hijo de puta, pero uno honesto y verdadero, sin máscaras y sin armas. Quizá es sólo que el destino se revuelca de risa cada vez que cree que estoy a punto de encontrar a alguien increíble a quien ofrecerle mis latidos…
Pero aun así, bajo estas estrellas temblorosas, te juro que no te culpo.
Ni al cielo, ni al amor, ni al tiempo.
A veces el universo sólo se equivoca de nombre.
A veces pone a la persona correcta en el momento incorrecto. A veces te regala magia para arrebatártela justo cuando empiezas a creer.
A veces, Leoncita, la vida nos cruza sólo para enseñarnos cuánto podemos sentir antes de rompernos.
Y esta noche, con el mar oscuro mirándome sin juicio, entiendo que no hay remedio, no hay regreso, no hay cura.
Hay sólo un hombre… Yo. Alguien que aún espera, muy en el fondo,que algún día el amor recuerde dónde vivo y se atreva a tocar a mi puerta.








