Hagalaz:Salve
Salve a la tormenta que trae consigo transformación.
La calma que la precede es traicionera:
adormece, apacigua, desarma,
hasta que su ventisca veraniega irrumpe sin aviso.
En el instante en que te entregás a la emoción pasajera,
desciende el diluvio.
A veces tan intenso
que podría apagar un incendio forestal.
Amapolas bajo el sol.
Después del caos,
la estrella solar cumple su función
y renueva
todo aquello que la tormenta creyó perdido.
La tierra escuchó
y no se defendió.
Abrió grietas para que el agua entrara,
cedió raíces,
permitió que el barro se mezclara con la ceniza.
No negó la tormenta.
La reconoció como lenguaje.
El viento pasó por los árboles
y ninguno pidió quedarse intacto.
Las hojas cayeron
porque sabían
que no todo lo que se pierde se rompe.
Cuando el diluvio cesó,
el suelo respiró distinto.
Más hondo.
Más honesto.
Las amapolas no preguntaron por el antes.
Se alzaron rojas,
testigos breves
de que la belleza también nace
donde hubo exceso.
Y el sol —
sin prometer permanencia—
volvió a ocupar su lugar.
No para borrar la tormenta,
sino para recordarle al mundo
que incluso el caos
necesita luz
para volverse sentido.











