Vivir sin afán
A menudo está uno haciendo lo contrario: viviendo con afán. Corre uno para llegar en la mañana a la oficina, también al medio día para almorzar pronto y alcanzar a hacer cosas personales, los trámites más aburridos, como ir a un banco, a una notaría o alguna entidad de esas en las que hay que hacer filas, discutir, reclamar… perder el tiempo. Corre uno para llegar de vuelta al trabajo, para (intentar) terminar lo pendiente, para volver a agrandar la lista de tareas sin haber finalizado las de antes.
Corremos para llegar a tiempo a reuniones agendadas fuera de la oficina, muy a pesar del tráfico en esta ciudad, para terminar informes, entregar propuestas, cumplir funciones. También para poder tomar café conversado después del almuerzo, para hacer visita, para llamar a saludar. Y así, de afán, nos despedimos muchas veces sin quedarnos por varios segundos o minutos (lo que haga falta) en ese abrazo que tanto queremos (o necesitamos) o que tanto quiere o necesita el otro.
Vivimos de afán y tengo la sensación de que no siempre nos resulta molesto. No uso reloj; debo usar alarma para despertarme; he ofrecido propinas a los servicios de taxi, a pesar de que sepa que no es lo correcto, para que aún siendo ‘hora pico’, pasen por mí y me lleven (como sea) donde debo ir, a la hora que corresponde.
Varias veces (más o menos todos los días) siento que el tiempo no me alcanza, pero ahora caigo en cuenta que he ido dejando de sentir angustia cuando tengo que correr para lograr hacer a tiempo lo que debo. Creo que me adapté, quizás fui aprendiendo o me fui acostumbrando a no tomarlo mal. Es algo como correr… pero con buena onda, sin amargura. Por ejemplo, he corrido en la mañana porque la mayoría de veces he preferido (y he amado preferirlo) quedarme un rato más (de diez a cuarenta minutos) en la cama, después de que suena el reloj despertador, cambiándome de costado, volviéndome a tapar con las cobijas calientes y tomándome el tiempo que creo necesitar para reaccionar.
Correr sin sufrir. Eso es lo distinto. Es correr sin enfermarte, sin provocarte una gastritis (como si eso valiera la pena), sin que el estrés absurdo y tantas veces inevitable se lo lleve a uno por delante… Es más bien hacer lo que uno quiere y debe con el tiempo que tiene. Ahora que lo pienso, así como corro en un día laboral también lo hago en otras situaciones que, como varias cosas en el trabajo, disfruto, me hacen falta o me gustan. Corro, también, para llegar al cine con mi sobrina de veinte años y mi hermana, al menos una vez al mes, entre semana, para ver la película de la que nos hemos ido antojando. Corro para llegar a tiempo a cuidar a mi sobrino o sobrina, los que están a punto de cumplir seis años; para llegar a la piñata, al almuerzo o la celebración familiar en fin de semana; para ir a clase de yoga a la hora que es; para ver a las amigas, amigos y familiares en algún momento; para no perder vuelos por viajes de trabajo o personales; para que el sábado, el domingo y los días festivos sean días para hacer solo lo que quiero, sin la más mínima obligación o deber: amar, descansar, divertirme, abrazar y cuidar de quienes están cerca.
El tiempo es eso: tiempo. Lo tenemos y ahí está corriendo sin detenerse. Y eso es algo que no va a cambiar así a veces nos parezca que es muy poco. Con tiempo y quizás hasta con algo de afán (sano, disfrutable, ojalá emocionante) es que se logra estar, hacer, vivir todo cuanto nos puede hacer bien.
Canción recomendada para este post: Tiempo, de Jarabe de Palo
Sumo lo mencionado por Ginna Morelo (@ginnamorelo). Así.
“Vale decir preciso o sea necesito digamos me hace falta tiempo sin tiempo”.
Benedetti.











