Sus iris cristalinos se deslizaban por aquellas palabras impresas en la carta que había recibido, no hacía muchas horas. Extrañaba estar en casa, rodeada de sus hermanos pequeños y de las delicias que su nana horneaba cada vez que veía demasiado pensativa a su niña; a ella, Vivianne Della Roux, la próxima heredera de Francia. No quería estar allí, en otro continente totalmente desconocido para ella, en el cual hacía más frío aunque la edificación contara con su propio sistema de calefacción. Quería estar con los suyos, necesitaba oírlos más que meros segundos por el comunicador electrónico, que era todo lo que tenía permitido desde que se le adjudicaron tareas como al resto de las seleccionadas. Seleccionadas... más de treinta doncellas sin título había llegado al palacio de Lykaios para conquistar a su futuro rey. Algunas permanecieron, otras se fueron por voluntad propia y solo algunos por ser eliminadas de la competencia. Competencia, una de la que ella formaba parte y en la que era la más desleal de las candidatas a pesar de no haber sido su deseo principal. Es verdad que intentó sabotear a sus compañeras, pero siempre se arrepintió al último momento, ganándose el insulto de su progenitora que repetía constantemente que tenía la belleza de la mismísima Bella Durmiente del bosque. Podría conseguir hasta el mismo rey si ella así se lo proponía; comentario que, por supuesto, escandalizaba a Vivianne.
Decidida a alejar todos aquellos sentimiento negativos, se colocó de pie mientras que dejaba que la dichosa carta proveniente de su tierra natal se resbalara de sus manos. Ni le interesó guardarla, solo se encaminó hacia su gran ventanal porque unas risas que ella conocía muy bien se alcanzaban a escuchar. Su mirada viajó fuera del cristal, encontrando a dos figuras en pleno jardín, tomados de la mano. Tal vez por eso le costaba tanto hacerle caso a su madre: el príncipe ya estaba enamorado de otra, alguien sin título pero con el encanto que cualquier princesa envidiaría. Se recargó en la ventana, cerrando sus párpados, con miles de pensamientos revoloteando en su mente hasta que pareció tomar una decisión, no demorándose ni un segundo en dejar su habitación y, luego de comprobar su imagen actual en uno de los espejos del pasillo, se apresuró a descender las escaleras. Era hora de ser un poco más como Margarette, y menos como Vivianne.