"Era un dulce sentimiento de abismo, de revoloteo de mariposas hambrientas de algo indescriptible en la boca del estómago, de parkinson imposible de detener u ocultar cuando él estaba cerca, de dormir abrazada a la almohada con la esperanza de que se transformase en él, de una estúpida, ridícula y hasta denigrante necesidad de su olor y voz, un agridulce deseo de permanecer para siempre en el espacio que hay entre sus dos pulmones. Al mismo tiempo, venía acompañado de esas ganas de suicidio y asesinato, de dormir para siempre, de películas tristes, de querer y no poder, buscar y no encontrar, ahogarse irremediablemente en las dudas. ¿Por qué? Porque le había quitado el sueño interminables veces, porque le había tomado la mano y le había besado la frente, porque nunca la había dejado en ridículo frente a nadie, porque la hacía reír y la miraba como nunca la habían mirado, por esos labios que aún no se habían tocado y estaban tan deseosos uno del otro, porque las oportunidades se acaban y la gente se cansa y se entristece, porque se miraron en esa canción, porque se estudiaron perfectamente y se parafrasearon a su gusto, porque se hablaban sin poder descifrar los códigos, por el paseo en el parque y las noches en vela...Por eso y porque aún, después de todo, seguían soñándose de vez en cuando." - Carmela Vera.









