Gorila
Había que dejar de apostar. Apostar no te conviene, te apega, te hace sentir parte de ellos. Si es que el día de mañana tu favorito comete un error, vas a dudar unos segundos, vas a pensar que tambien son personas como tú, que tienen derechos y sentimientos. Esa vacilación puede costarte la vida.
Quizá en los pisos mas altos no, pero aca abajo, todavía en el subsuelo? No podía permitirse un momento de descanzo. Los de aca abajo eran peor que escoria humana, no piensan, solo peleaban, el premio de la libertad siempre al alcance de la mano.
Todavía recordaba cuando era así. Dia a día, pelea a pelea, sangre y sudor Pero uno aprende, uno mejora, solo tiene que saber por donde corren mejor los vientos, y unirte a un grupo, tener nuevos compañeros, y una malla para donde caerte.
E ignorar que en el momento que alguno de sus comparemos cometiera un error, el tenía que hacerles pagar. Lo que lo llevaba al desagradable asunto en que se encontraba acutalmente.
Los tres hombres saltaron de sus mesas cuando la puerta rebotó en la pared, casi derrumbandose. Sus platos de sopa se removieron, derramando la mitad de su contenido por los hoyos de las mugrientas tablas, formando un charco lodozo en el piso. Las muecas de disgusto y rabia murieron pronto a medida que el reconocimiento llegaba a su cerebro, seguido por el pánico. Los tres reconocían al hombre que los había interrumpido.
-Apostaste contra Weintar.
-Espera, espera. Yo no tuve nada que ver con la pérdida, yo no estaba en el equipo del chico, no se me había...
El rostro del pinche de cocina se encogío ante la mole que se le acercaba. El hombre tomó aliento, volvio a hablar, como quien le explica las reglas a un niño
-Apostaste contra Weintar.
- S...sí- Admitió, temblando. Sus dos amigos se habían levantado de la mesa, separandose hacia los extremos de la pieza. Buscaban la confirmación para poder salir, pero nadie parecía reparar en ellos.
- Weimar media hora antes del combate estaba con problemas estomacales. Tres minutos antes de salir de la arena, vomitaba. Tú tienes acceso a las cocinas. Tu apostaste por él.
-Espera, no vas a pensar que fui yo el que hizo algo verdad. Yo estaba vigilando al corredor ese, ese era mi trabajo, enserio, no tenía tiempo para hacer cosas como....
Una mesa volcándose era una de las mejores maneras para acallar a las personas. Los platos procaron un estuentro mientras se quebraban en el piso, lanzando esquirlas por todo el cuarto. Sopa salpicó a los dos pobres diablos que se habían visto envueltos en esto por error, temblando. El hombre se palmeo las palmasy cogió uno de los pedazos de plato. ¿Ceramica? Vaya, sabía que se había vuelto popular, pero tanto como para entrar incluso en casas tan pobres como esta. Pasó un dedo por el corte irregular de su interior, dejando que una pequeña estela de sangre confirmara que estaba, en efecto, filoso. Se lo pensó unos momentos antes de descartarlo, esparciendo mas polvo y pedacitos de cerámica
-Ya compré mi libertad- El pinche intentaba mirarlo a los ojos sin temblar, con un inusitado valor que nace del pánico, de sentir que tu vida peligra. - Solamente la guardia puede llevarme presa, no un mercenario a sueldo de un maestre o de una banda. No soy ya un esclavo o un hombre bestia para que me hables así - El hombre asintió. Podía respetar aquello, intentar ocupar cualquier cosa, una silla, una promesa, o una ley, para progeterse del inminente destino.
Mala suerte que la ley aplicara tan poco en estos momentos
-Sí, compraste tu libertad. Pero eres un ex-esclavo rebelde,que esta conspirando con otros luchadores de las arenas para crear una revuelta. - Apuntó con la cabeza a los dos pobres diablos que se habían envuelto en esto - Es una suerte que tengamos un topo en tu organización que nos contó todo, y nos dio nombres.
Las miradas se intercambiaron, los amigos del tipejo, temblaban, pero había todavía un brillo en sus ojos que no los hacía asentir. ¿amistad, lealtad? El hombre dejó que se extendiera un poco mas el silencio, antes de encogerse de hombros y añadir
- O bueno, capturamos a uno robando y en la tortura admitió eso, no recuerdo bien la historia. Se giró bruscamente hacia el pobre diablo de su derecha. Sus ojos abiertos minetras se daba cuenta de la implicación. - ¿Me lo recuerdas?- Añadió, un surruro calmado, sin una pizca de amenaza, como quien te pide que le entreges el vuelto de la compra.
Fue el de la izquierda el primero en balbucear, en romperse, arrodillarse, y lanzar la linda canción de como ocurrió todo, inventandose juntas, lugares, bares y reuniones, planes secretos para atacar a los maestres en la siguiente pelea, y como estaban probando el veneno en los peleadores para certificarse lo fuerte que sea. Cuando empezó a balbucear en los nombres, el otro empezó a suplirlos, temeroso que se escapara el suyo entre los que caerían.
Credito al pinche de cocina. No se arrodilló, no pidió clemencia llorando desamparado, no, el había sido un antiguo peleador de la arena. Cogió uno de los platos, el menos roto de los tres, y se abalanzó corriendo contra el acusador, gritando como un poseso. Sin embargo, el mercenario parecía contar con aquello, interpuso su brazo contra la vajilla rota, la cual se rompió con un estruendo causando un cruento corte en su antebrazo izquierdo. El derecho, sin embargo, se había cerrado en un puño, que se estrelló con toda velocidad en el rostro del acusado. Un codazo lo siguió cuando este se tambaleó, y para cuando cayó al piso, una certera patada en la nuca lo dejo fuera de combate.
- Sois testigos. Si la cantora de la verdad pregunta, el fue el primero en atacarme. Defensa personal. -Apunto a los dos presentes, sus movimientos bruscos y amenazadores. Los dos asintieron nerviosos, observando el codo del guardia goteando, e intenando ignorar ese horrible sentimiento en el estómago que su vida pendía de un hilo.
El mercenario en cambio, apenas reparó en ellos, el trabajo estaba echa. Estiró su manga para cubrir su corte, y luego salió a las mugrientas calles del Colossum, en busca de un curandero. Una vez que estuviera bien parchado, se presentaría ante su maestre, para reportarle que quien causo el envenenamiento de su peleador había sido herido, que el se había encargado personalmente, y que el pinche de cocina sería castigado por su falta. En ese exacto orden, y con esas palabras exactamente. En la noche, se reuniría en el bar con el Zorro, para recobrar las ganancias y avisarle que todo marchaba sobre ruedas.









