Despertamos muy temprano, la ruta de hoy incluye cruzar al Peloponeso, y llegar hasta Olympia, lo que nos va a suponer unas 4 horas de viaje en coche.
Bajamos a desayunar. En el porche de un hotel perdido en el último rincón de Grecia, con los pajaritos cantando, los aspersores regando y comiendo un desayuno casero preparado por la dueña... no os imagináis la sensación de paz en ese momento.
Terminamos el rico desayuno, cargamos las mochilas al coche, y nos despedimos de nuestros anfitriones por una noche para comenzar el camino del día a eso de las 9 de la mañana. Se nos ha hecho tarde, pero no podíamos romper el momento desayuno con las prisas por salir.
Para llegar hay que cruzar por el puente de Rio-Antirio, la última localidad de la península y la primera del Peloponeso. Este puente se inauguró en 2004. Hasta ese momento, la forma de cruzar de una orilla a otra era usar transbordadores o desplazarse hasta el itsmo de Corinto, lo cual supone horas de viaje. El por qué se tardó tanto en construir un puente entre los dos lados es debido a su longitud, aproximadamente 25 campos de fútbol, los 65 metros de profundidad del agua, la inestabilidad del fondo, y que cada orilla está una placa tectónica distinta, con lo que la actividad sísmica es enorme. Todo esto lo convierte en una obra colosal de ingeniería.
El peaje para cruzar el puente cuesta 13,30€. Sí, únicamente por cruzar el puente, pero ya sabéis, su construcción no ha sido fácil.
El GPS nos lleva sin problema hasta Olympia, pero entramos por la parte de atrás, es decir, en vez de llegar al pueblo y de ahí al recinto arqueológico, entramos directamente a las ruinas. Como no sabíamos muy bien qué había al otro lado de un pequeño puente lleno de gente, pensamos que sería mejor darnos la vuelta y dejar el coche en un rincón que habíamos visto. Después resultó que en el pueblo hay aparcamiento, y está, literalmente, al lado.
La entrada a Olympia cuesta 12 euros por persona, y está incluida la visita al museo. Como habíamos salido tarde de Arta, llegamos a Olympia prácticamente a la hora de comer, sobre la una y algo del medio día. Decidimos que ir a comer en ese momento quizá resultaría en no poder visitar bien el lugar, así que nos comemos unas manzanas y unas barritas energéticas, y para dentro.
Acertamos en nuestra decisión, y cuando nosotros entrabamos, los grupos grandes salían, así que pudimos pasear por el lugar tranquilos, y sin grandes acumulaciones de turistas.
Olympia es la ciudad en la que se llevaron a cabo los primeros Juegos Olímpicos. La primera vez que celebraron fue en el año 776 a.c., y tal como se hace ahora, dejaban pasar cuatro años entre cada celebración. Durante los juegos, en Grecia era obligatoria una tregua sagrada, de forma que los atletas podían viajar sin peligro de encontrar actividad bélica en el camino.
Actualmente, la llama de la antorcha olímpica sigue encendiéndose frente al Templo de Hera, desde donde parte en su recorrido a la sede elegida para la celebración de los Juegos Olímpicos.
Además del Templo de Hera, podéis recorrer el estadio olímpico, una explanada rectangular, donde las gradas eran los taludes que lo rodeaban.
También se pueden ver las ruinas del Leonidaion, que era el edificio más grande, y se usaba para albergar a todos los visitantes e invitados distinguidos de los Juegos Olímpicos. Así como recorrer el Prytaneion, residencia de sacerdotes y magistrados.
Y durante nuestra visita, entrando y saliendo de las ruinas, sufrimos el ataque de las avispas gigantes. No he visto avispas de ese tamaño en la vida. Si nos pican nos hacen un buen estropicio.
Pero sin duda, el punto más importante es el Templo de Zeus, aquí se encontraba la estatua de Zeus, que mediría 13 metros de alto, y fue una de las maravillas del mundo antiguo. A pesar de no quedar más que ruinas, se puede apreciar su magnificencia echando algo de imaginación.
Salimos del recinto sobre las tres y media, y nos dirigimos al pueblo a buscar algún lugar para comer. Estamos hambrientos así que no nos lo pensamos mucho. Entramos al primero que vemos. Nos sentamos en la terraza y pedimos una cervezas bien frías y unos gyros que nos saben a gloria, más una ensalada por 26 euros.
Y durante la comida, volvemos a sufrir el ataque de una avispa, eso sí, ésta de tamaño normal. Pero el bichito no paraba de rotar entre la mesa vecina y la nuestra y el camarero se partía de risa viéndonos saltar de la silla a cada poco.
Terminamos de comer y vamos de nuevo a la antigua Olympia. El camino no tiene misterio, es una calle larga y recta.
Con la entrada que habíamos comprado, estaba incluido el museo, así que allí que vamos. Tardamos apenas una hora en recorrerlo, no es un espacio muy grande. Allí se pueden encontrar fragmentos reales de las ruinas tales como los frontones del templo de Zeus. El de la foto muestra la lucha de las mujeres lápitas que tratan de resistirse a su secuestro por parte de los centauros.
También se pueden contemplar el Hermes de Praxíteles, una de las grandes obras del antiguo arte griego, que fue parcialmente reconstruida, y representa a Hermes, jugando con el niño Dioniso. y la Victoria de Peonio hecha en marmol, y famosa por ser la primera Niké representada en tres dimensiones.
Damos por terminada la visita, y vamos a por el coche para continuar hasta el alojamiento que habíamos reservado. Un apartamento en un pequeño pueblo, Zacharo, situado en la costa Jónica.
Si antes pensábamos que estabamos en un lugar recóndito de Grecia, ahora lo hemos superado. Encontrar los Theodore Apartments no nos cuesta, el lugar está bien señalizado desde cualquier punto. Eso sí, están a las afueras del pueblo, en un rincón con las calles sin asfaltar y sin farolas, pero con la playa detrás. La noche nos sale por 40 euros los dos, y aunque no disponga de grandes comodidades, es suficiente para el tiempo que vamos a estar.
Dejamos los bártulos y vamos directos a la playa, la más alargada de Grecia, y catalogada como bandera azul, donde disfrutamos de un precioso anochecer tirados en la arena.
Volvemos a darnos una ducha y salimos a cenar. Vamos a la Taberna Filoxenia, propiedad de la misma familia que regenta los apartamentos.
Allí, en una taberna griega, cuyas pocas mesas estaban repartidas en los pequeños trozos de terreno que no estaban en cuesta, bajo parras repletas de uvas, con música típica griega de fondo y siendo los únicos españoles, y casi los únicos turistas, cenamos.
Y os aseguro que fue una cena perfecta. Queso feta, souvlakis, ensalada griega y cerveza, por 16,60€.