Zhenxi Dislexaù.
No lo entendía.
¿Por qué esta vez lo arrinconaron?
Había seguido el proceso de siempre. Se había asegurado de entrar en la hora menos concurrida posible y había memorizado los caminos más fáciles… y de todas formas el guardia había logrado atraparlo en medio del robo. Y no había forma de negarlo: las Garras de Haas que sostenía lo delataban.
No iba a arriesgarse a rendirse, porque significaba perder su ganancia… y lo único que lo motivaba era eso. El dinero. No la historia de los objetos que arrebataba, ni las personas que los poseían; le daba igual lastimar a alguien, si de todas formas luego iban a recibir de los mejores auxilios posibles.
Supuso que eso era lo bueno de robarle a los millonarios. Tenían de todo. Que les falte una cosa no les iba a afectar.
Pero él no tenía aquella suerte. Su abrigo, el cual le había ayudado a escapar de varias batallas gracias a la magia que poseía, era su pertenencia más preciada… y era a su vez su robo más importante. Y ahora estaba lleno de balas, quemado y manchado con sangre, todo por ese maldito que se había encargado de arruinar su plan. Decir que estaba enojado era poco.
Sus manos ya dolían por la fuerza con la que sujetaba las empuñaduras, como si aquello reabasteciera su energía. Sabía que si no cambiaba el ritmo de la pelea, él iba a terminar perdiendo; sus navajas ya habían dejado de ser eficientes, pero el arma de fuego impropia no daba señales de desgasto.
Apartó los cabellos de su rostro para poder observar con atención a su enemigo, ignorando el dolor que sentía en todo su cuerpo. Una de las balas había logrado darle en el lado derecho de su torso y toda aquella zona ardía como los mil demonios, pero no podía darse el lujo de descansar. Era una ráfaga de balas tras otra y lo único en lo que podía pensar era en que debía buscar una forma de detenerlas o iba a ser su fin.
Utilizó su brazo no lastimado para agarrar dos navajas a la vez, y cambió su técnica en un intento de despistar a Ezra. Era dejar a un lado toda su costumbre pero no tenía otra opción. Volvió a pararse de forma rápida y, mientras trataba de no concentrarse en el dolor de sus músculos, comenzó a correr hacia el enemigo otra vez. Lo bueno de haber estado una hora peleando contra él era que ya había empezado a memorizar sus ataques; gracias a ello pudo notar la repentina tensión en el brazo adverso, y supo que debía saltar para evitar las nuevas balas.
Con su gran agilidad logró elevarse por los aires, sacando así su última reserva de poder. Era su oportunidad. La cuchilla que había tirado hace unos cuantos minutos había sido retirada del hombro de Ezra, pero eso no quitaba el hecho de que había logrado dañarlo. Al empezar a perder el impulso de su salto, aprovechó su caída para apoyar su pie sobre la herida que había provocado en el adverso. Aplicando toda su fuerza posible, utilizó el cuerpo de este como nueva base de apoyo para volver a saltar.
Mientras Ezra se quejaba audiblemente por el dolor, Zhenxi dio una voltereta en el aire y trató de enfocar su vista que ya empezaba a nublarse. El enemigo era zurdo al disparar su arma, así que con la mayor precisión que pudo, tiró una de sus navajas hacia el hombro izquierdo impropio. Una leve sonrisa apareció en su rostro al aterrizar en el suelo con cierta dificultad, sintiendo como la fatiga se expandía por todo su cuerpo, pero eso no le importaba. Lo que importaba era que había funcionado. Ezra ahora tenía sus manos vacías.
Su agarre en el arma se había perdido.
Zhenxi recordó que todavía no era todo. Al segundo, su enemigo se dio vuelta para correr hacia él con furia en su expresión. El ladrón no hizo amagos de esquivarlo, sino que abrió sus brazos como bienvenida. La navaja que sostenía era la última y se encontraba escondida bajo su manga en la posición que le había enseñado su maestro, ahora en su brazo lastimado. La empuñadura apuntaba hacia dentro, y el metal ligero apenas estaba sobresaliendo por la punta de sus prendas. «Es parte del plan. Lo estoy haciendo por eso» se dijo a sí mismo. «Tan sólo tengo que dejar que…»
Su respiración se interrumpió al sentir el frío cuchillo abriéndose paso por su hombro, sus nervios enviando un dolor insoportable a cada una de sus extremidades. Sabía que aquello iba a pasar, pero no quitaba el hecho de que su cuerpo pedía a gritos que escape. Había visto el cuchillo que tenía escondido Ezra y era consciente de que lo iba a utilizar como última opción, se recordó, así que no había otra forma que sufrir para poder ganar. Y el adverso había lastimado su brazo sano, tal y como había previsto. Su plan estaba funcionando.
Bajó rápidamente su mano con la navaja escondida, haciendo que esta se precipite y empiece a caer. Su maestro le había dicho que aquella técnica debía ser utilizada como un recurso desesperado, porque era pura suerte. Supuso que tenía razón, porque sus dedos apenas alcanzaron a sujetar la empuñadura del arma, el dolor todavía haciendo presencia y de hecho aumentando más por el esfuerzo.
Llevó la navaja en dirección a la mano ajena, la que sostenía el cuchillo que había herido su hombro, y no dudó en clavar el metal con toda su fuerza posible. La sensación del material atravesando la carne le llenó de un asco inmenso, pero no le dio tiempo de sentirse culpable pues debía seguir con el plan. Era su vida o la adversa.
Mientras Ezra se alejaba a pasos torpes, mirando con lágrimas en sus ojos su mano ahora atravesada y ensangrentada por la navaja, Zhenxi tuvo que reprimir las ganas de pedirle perdón por lo que iba a hacer. Tomó las Garras de Haas que había robado, las que habían empezado todo eso, y aprovechó el momento de debilidad de su enemigo para poder dar el golpe final.
Aquélla iba a ser la primera vez en la que sus ataques tenían la intención de matar. Y mientras aquél artefacto se abría camino entre el pecho del otro, de a poco manchando sus propias manos con sangre, también se dio cuenta de que era la primera vez que robaba algo que ni los ricos podían recuperar.
Su vista se vio repleta por lágrimas. Cerró sus ojos para no ser testigo de la escena que tenía frente a él, maldiciendo su trabajo, sus decisiones y todo lo que lo habían llevado a ese punto.
Por primera vez, había robado la vida de alguien más.

















