AMA A LATINOAMERICA ODIA AL IMPERIALISMO GRINGO
Esa dominación se metió hasta los huesos de la educación, donde el eurocentrismo sigue mandando como si fuera la única verdad. En escuelas y universidades de todo el continente casi no se enseñan lenguas ni historias de pueblos originarios: se presenta a Europa y Estados Unidos como modelos inalcanzables de progreso, y lo nuestro como “atraso” o “curiosidad”.
La filósofa peruana María Lugones en La colonialidad del género [2008, pág. 93] explica que este adoctrinamiento divide a los latinoamericanos entre sí, borra vínculos comunes y nos hace mirar con desprecio lo que nace aquí, mientras imitamos lo que viene de fuera.
La educadora mapuche María Isabel Quintriqueo en Currículos que borran [2019, pág. 117] comprueba que en Chile, Argentina y Brasil menos del 3% de los contenidos escolares refieren a conocimientos originarios, y que las carreras universitarias siguen formando profesionales “con ojos ajenos a su propia tierra”.
Ahora se suma una segunda colonización religiosa: las iglesias neopentecostales, financiadas por fundaciones y organismos vinculados al gobierno de Estados Unidos, avanzan sobre territorios indígenas, persiguen ceremonias ancestrales y repiten que la pobreza es “falta de fe”.
La socióloga brasileña Ana Claudia Braga en Evangelismo como arma geopolítica [2023, pág. 54] demuestra que estas redes reciben fondos regulares para promover la sumisión a modelos extranjeros y debilitar cualquier organización que defienda la tierra propia.
Los medios, la música y el cine imponen un único patrón de éxito: consumir lo que venden ellos, vivir como ellos dicen, olvidar quiénes somos. Mientras tanto, empresas estadounidenses como Albemarle y EnergyX extraen litio en Chile, Argentina y Bolivia; Newmont explota oro en Perú y Ecuador; Chevron y ExxonMobil operan hidrocarburos en Argentina, Venezuela y Guyana; Solvay contamina fuentes de agua para procesar minerales críticos. Estas compañías presionan para expulsar comunidades de sus tierras, violan mujeres y niñas, secan acuíferos y dejan suelos tóxicos. Todo esto para llevarse recursos de millones de dólares, mientras las poblaciones locales no reciben ni el uno por ciento de lo que se roban.
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