Hubo un tiempo en que todo ardía, en que la risa bastaba para sostener los días. Pero el fuego se volvió brasa, y la brasa, ceniza. No quedaban discusiones ni pasiones, solo una calma extraña, como si el amor hubiera cambiado de piel.
Ya no era el abrazo que enciende, sino el gesto sereno de quien desea lo mejor a la distancia. No era pérdida, tampoco victoria; era simplemente la certeza de que lo que un día fue hogar ahora debía transformarse en recuerdo.














