Carencias //(Escritos-sobre-la-ansiedad)
La acción de llorar se asimila bastante a la de vomitar. Más allá de detalles fisiológicos, que desconozco a estas horas; Si el vomitar implica una contracción del estómago y demás órganos cercanos, el llorar debería implicar un impulso similar… imagino que de los órganos referentes a la vista, ya que de ahí es de donde se secretan las lágrimas. Hoy cuando lloraba, cansada ya de hacerlo por quinta, secta vez en la semana, con ese nivel de desconsuelo implicado; me preguntaba, más allá de él porque es un proceso que no puedo frenar aunque quiera (al igual de lo que procede a la náusea), ¿porque es tan confuso detallar con exactitud qué es lo que duele o molesta en ese instante?
Una presión en los ojos, eso está claro, pero además una presión en el estómago, en el pecho, y en otro lugar que no sé bien donde localizarlo... Seguido de un temblor y desvanecimiento del cuerpo en todo su conjunto. Por un rato, a veces más de lo que precipitó, me abandonan las ganas de establecerme en este tiempo y espacio, me despabilo sobre la superficie en que me encuentre y no puedo pensar en otra cosa que la dicha que acarrearía el abstraerme de mi existencia por un momento, por un instante, o por la incerteza de un para siempre.
Ese para siempre que hace un tiempo se dotaba de otro significado, de otros planes y de otras voces. Para siempre hace tan solo unos meses, era una noche estrellada arrimada a un plato caliente y un lugar habitable. O cuando no, a un frío espeluznante pero cobijada entre la compañía de quienes te hacían recobrar la esperanza.
Es extraño pensar en la inexactitud de un para siempre cuando esté emerge de la dicha de saberte cómoda. Y más extraño es el sentirte cómoda cuando las carencias físicas son múltiples, y aun así hay algo más que te llena.
Ese algo más que ahora busco insaciablemente, cuando me era dado parecía un componente inherente a lo cotidiano, no me preguntaba de donde salía, solo lo tomaba, lo sentía, lo degustaba, y sin ya plantearlo lo disfrutaba sin saber que quizá era parte de una reserva que con el correr del tiempo íbamos desabasteciendo.
Ahora hace ya casi dos meses que no vómito, supongo que la presión de no saber muy bien de dónde sacar con que recargar el estómago devuelta en caso de vaciarlo influye en ello.
Me preguntó si con los días pasará lo mismo con el llanto, si el deseo de saberme querida se sepultará quizá en un lugar que no está a mi alcance, y el solo hecho de plantear retomarlo se volverá tan frívolo, cuando no irrisible, que simplemente ocupar las horas con ello se vuelva impensable.
Quizá la nueva comodidad no consista en saberme del todo cómoda, sino aunque sea, en habitar un lugar sin emergencia constante de derrumbe.